24 de septiembre de 2021, 10:35:15
Opinión


La izquierda italiana

Andrea Donofrio


Creo que en los últimos tres meses, pocas frases he oído más frecuentemente que la siguiente: ¿es posible que no exista una alternativa a Berlusconi? Quosque tandem, Berlusconi, abutere patentia nostra? Frente a la manifiesta deriva político-moral del cavaliere, la pregunta parece no sólo legítima sino necesaria. La oposición italiana debería empezar un serio debate para encontrar un líder, capaz de elaborar un discurso político serio y sensato, antagónico a la retórica populista-demagógica de Berlusconi; un candidato con autoridad que impida que la “aves fénix” hípermaquillada vuelva a resurgir de sus cenizas política y de los pelos de su trasplante. Asimismo, debería emprender una atenta reflexión crítica, serena y profunda, para entender las razones de sus últimos fracasos electorales, de su incapacidad para postularse como alternativa válida. Debería evitar la “autoflagelación” de las últimas décadas, la sempiterna división de su clase dirigente, las inútiles luchas interinas e intestinas. Debería elegir a un líder fuerte que fascine a los electores al mismo tiempo que genere credibilidad, cercano a los ciudadanos y distante del modelo berlusconiano. Debería presentar un proyecto político reformista y alternativo, que no se limite solo a la demonización de Berlusconi y entendiendo que el cavaliere es el producto de la actual sociedad italiana.

La posibilidad de unas elecciones anticipadas genera miedo en la izquierda italiana que parece no estar preparada para una nueva competición electoral. Después de casi diez años de oposición, el Partido Democrático (PD) y la oposición en general presentan los mismos problemas y fragmentaciones de final de siglo XX, desanimando al electorado nacional. Muchos nombres, alternativas, ¿pocas posibilidades? En este caótico pantano, el más carismático, coherente y complejo parece Nichi Vendola. Católico, gay, comunista, Vendola representa la alternativa más esperanzadora, reivindicando una nueva política de progreso, reforma y dialogo. Pese a su habilidad para seducir, la candidatura de Vendola presenta un inconveniente: en una sociedad gerontocrática, parasitaria e hipócrita como la italiana, la presencia de un personaje “crítico”, inconformista, algo novedoso podría ser recibido con escepticismo, como incómodo y desestabilizador del sistema. Un cambio, no gatopardiano, que podría cambiar todo: Berlusconi bien lo sabe y, preventivamente, le ataca (“mejor ser un apasionado de las chicas lindas que ser homosexual”), previniendo al país frente a la posibilidad de tener un primer ministro homosexual. Haciendo caso omiso al hecho de que, como recuerda Vendola por su parte, no sería el primero.

Además de Vendola hay otros posibles candidatos con más o menos posibilidades: en una “némesis femenina”, Rosy Bindi, presidenta del PD, investida de tal responsabilidad por el mismo Vendola y por Prodi, representa un modelo cultural, moral y antropológico diametralmente opuesto al del cavaliere, una candidata impecable pero poco atractiva para un electorado mal acostumbrado. Pierluigi Bersani, el actual secretario del PD, es una persona perbene, demasiado correcto, educado y preparado para conquistar el voto popular. ¿Massimo D’Alema? Eso no. Ni hablar, aún estoy esperando que diga algo de izquierda. Matteo Renzi, el alcalde de Florencia, astro naciente de la izquierda italiana, portavoz de los “rottamatori”, despierta una u otra perplejidad por sus tendencias conservadoras, su acercamiento a Berlusconi o sus ideas reformistas. Antonio Di Pietro, el ex magistrado de Manos Limpias, supone una alternativa poco creíble, ya que se caracteriza más por su exasperado antiberlusconismo que por su programa político. Aún así cabe destacar su apuesta por la legalidad y su coherencia dialéctica. Y finalmente la tentación de presentar un “papa extranjero”, un outsider, fuera de los juegos políticos pero capaz de despertar confianza y nuevas entorpecidas pasiones: ¿Roberto Saviano? El escritor inflama las plazas, encarna el ideal de la legalidad y del sacrificio por amor al propio territorio de pertenencia, pero, aparte de su probable rechazo a una candidatura, preocuparía su falta de experiencia política y su escaso conocimiento de los “trapicheos” necesarios para mantenerse en este escuálido mundo.

Finalmente, desaparecida, sin brújula, la izquierda parece incapaz de aprovechar el agotamiento y la inoperatividad del actual Gobierno. No se trata de un problema sólo italiano: en Europa, las formaciones políticas de izquierda están sufriendo una decadencia sin paliativos, un alarmante distanciamiento de los problemas reales de su electorado, perdiendo “el pulso de la calle”. No se trata de reavivar –tal vez reanimar- viejos símbolos o planteamientos anacrónicos, sino de reflexionar sobre los errores cometidos y planear nuevas estrategias para enfrentarse a los retos del futuro. La izquierda debe revisar su planteamiento ideológico y político, proponiendo un nuevo proyecto más atento a las necesidades y exigencias de los ciudadanos y ajeno a las luchas de partido. En cualquier país, de una izquierda saludable y con identidad-alma bien precisa, de una oposición fidedigna se beneficiaría el juego democrático. “Se puede estar a la izquierda de todo, pero no del buen sentido” (Enzo Biagi docet).

Ps. Berlusconi sigue con su indigna y vergonzosa compraventa de parlamentarios: decía Togliatti que el “Parlamento es el espejo de un país, de su sociedad civil”. Si se rompe son 7 años de malasuerte: ¿puede irnos peor?
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