28 de septiembre de 2021, 7:37:03
Opinión


La brecha generacional (I)

Bernabé Sarabia


Se está acentuando en todo el mundo la brecha generacional. Los nativos digitales están creando una sociedad cada vez más alejada del universo analógico. La ley Sinde o los recientes sucesos del norte de África forman parte de un conjunto de rasgos belicosos que, bien leídos, indican que la brecha generacional podría estar convirtiéndose en una crisis profunda. Es el momento de entrar en la madeja generacional. Empecemos cronológicamente.

La mejor generación del siglo XX comienza a jubilarse este año 2011. Son los nacidos entre 1946 y 1964. Quizá piensen algunos lectores que exagero. Veamos algunos datos. Para empezar es la generación más numerosa de la historia. Entre esas fechas vino al mundo más gente que nunca. 1957 fue un año record, en Estados Unidos tuvieron que pasar 50 años para que los 4,3 millones de niños nacidos en 2007 se convirtiesen en una marca que no ha vuelto a superarse.

Tras la Guerra Civil española y la II Guerra Mundial la gente quería huir del horror. El umbral de frustración era muy bajo, se aguantaba todo. Los padres de entonces formaron familias numerosas cuyos hijos – los baby boomers- comenzaron a emanciparse, casarse y vivir mejor que sus progenitores.

La generación más saludable y rica, por ahora y quizá por mucho tiempo, se quitó de encima a unos padres culpabilizados con el tifostio de mayo del 68 y con la revolución sexual derivada del uso masivo de la píldora. Para rematar, decidieron tener pocos hijos y extender el divorcio.

De esa generación son Fernando Savater (1947), Mario Conde (1948), Valentí Puig (1949), Javier Marías (1951), Baltasar Garzón (1955), José María Aznar (1953), Enric Juliana (1957) o José Luis Rodríguez Zapatero (1960).

La lista podría ser mucho más larga, no quiero aburrir. Ya sé que personajes interesantes se dan siempre y que las fronteras generacionales son difusas. Sí, es cierto, pero como han señalado José Ortega y Gasset, Julián Marías, Karl Mannheim, N. Jansen o más recientemente Juan Cueto, las generaciones crean identidades compartidas y lazos semienterrados que las cohesionan y caracterizan.

La generación del baby boom se emancipa y se distancia de unos padres salpicados por el horror de la guerra. Amanece convencida de que el mundo va a mejorar, segura de que va a construir un futuro mejor. El baby boomer se mira al espejo y se ve perteneciendo a una generación mejor.

Esta confianza no es retórica, un storytelling que diría Salmon, creada en torno a sí mismos sobre una base meramente narcisista. El baby boomer construye una autopercepción apoyada en vidas de mejora y de éxito individual y social. Ahí están, en Francia, los llamados treinta gloriosos años. En España, el despegue económico español y tantos y tantos datos como el enorme aumento de la esperanza de vida o el nuevo papel de la mujer.

Comienza a jubilarse la gran generación de la segunda mitad del siglo XX y todo indica que van a ser unos viejos distintos a los de antes. Van a cambiar el concepto de vejez, no van ceder el cetro tan fácilmente. Semienterrada, la impaciencia de las siguientes generaciones está tomando densidad. Habrá bronca. Continuaremos.
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