18 de septiembre de 2021, 12:54:14
Mundo

Al sur de Tarifa, al norte de Espartel


Mientras Libia se insurge, la represión militar se aplica



Libia fue constituido por “sinéresis” territorial y administrativa durante el mandato turco-otomano de los siglos XVI-XVII. Luego, la Sublime Puerta comenzó a ceder gobernación a figuras descollantes, como fue Ahmed al-Karamanli en Libia y Mehemet Ali, más tarde en Egipto.

La fragilidad de aquel aparato político-militar de Libia mantuvo el país expuesto a ensayos coloniales de muy diferente práctica. El primero de ellos lo llevó a fin una Italia deseosa de ocupar su lugar bajo el sol norteafricano (1911-1944), mientras que el segundo correspondió al protectorado británico (1945-1951). Nunca hubo, en Libia, por tanto, autonomía propia, sino mandato procedente del exterior. El vasto territorio de las antiguas colonias romanas que fueron edificadas en el litoral del desierto libio, no heredó de Roma, del mundo árabe-islámico triunfante en los siglos X-XI, ni de sus ulteriores conquistadores, un legado colonial de peso. Cierto es que algunas tribus de importancia, muy especialmente aquéllas ligadas a la cofradía islámica Senusiya, plantaron cara a las oleadas de invasores, al menos, a partir de la segunda mitad del siglo XIX.

Cuando llegó la hora de la descolonización para el sistema internacional configurado por los vencedores en la segunda guerra mundial, Londres favoreció el establecimiento en Libia de una monarquía no demasiado convincente. Y como durante el período de los años 50 y 60 alcanzó su apogeo el protagonismo político de los coroneles progresistas en el Cairo, Bagdad y Argelia, un joven beduino llamado Muammar Gaddafi dio un golpe de estado fulminante en Libia durante el verano de 1969; siguiendo, sin conocerlo, aquello de “do like the Smith´s do”.

El sistema internacional reconoció el hecho consumado, Mundo Árabe inclusive. Fue así como Gaddafi inició una trayectoria dictatorial de algo más de cuarenta años de duración.

Ahora que Libia asiste al incendio causado por un reguero de protesta social contra su omnímodo presidente, jefe de gobierno, cabeza visible de las fuerzas armadas y político inventor de nuevas formas de Estado, reconocemos cómo el bloque de países euro-americano contempla con inquietud la insurrección popular libia, que ha ido “in crescendo” durante el transcurso de una semana. Primero en la región de Cirenaica -con la ciudad de Bengasi a la cabeza- y finalmente en el territorio de Tripolitania, ciudades ambas donde la represalia militar de los manifestantes se ha efectuado descaradamente.

La dependencia occidental de Libia, en cuanto exportador de petróleo y gas, es considerable. Quizá, por ello, salvo los británicos -y Estados Unidos- otras tantas capitales de la eurozona no paran de acusar y blasfemar, incluso, contra Gaddafi; ahora que, según medios fiables, parece que el dictador está al borde del precipicio. Mientras que, durante cuarenta años, se le ha permitido a su persona jugar al “enfant terrible” en el Magreb y en el Mashreq; por no hablar de las implicaciones del régimen libio en calidad de avalista de la oleada de terror que desde hace treinta años pesa y preocupa a vecinos territoriales de la ribera mediterránea como son Francia e Italia.

Si el invento de la “Jamahiriya” (o mandato del pueblo libio) se desvaneciera, nos enfrentaríamos con un vacío de poder alarmante, que poco parecido tiene con el Túnez y el Egipto posterior a las revueltas populares del 16 y 25 de enero. En estos otros dos miembros norteafricanos, ha quedado una tradición de gobierno, administración e, incluso, de mando que no está presente en Libia. Insistimos: el vacío de poder está a la vista.

Por doquier se escruta el panorama, no hay una salida cómoda para la Europa mediterránea y para Europa, en general, puesto que es mucha la dependencia de Libia que se ha generado, así como Gaddafi es muy consciente del valor de “su” petróleo para las economías -hoy resentidas- de los países miembros de la Unión.

Sin embargo, en caso de que continúe el aplastamiento de los rebeldes, no parece haber otra alternativa sino la de proceder al estrangulamiento de un régimen militar que se impuso sorpresivamente a una población, “virgen” políticamente, en 1969.

El desencadenamiento de protestas populares, y resistencia física y moral a los dictadores árabes, podrá desembocar en procesos de transición a sistemas políticos “decentes” en el Mundo Árabe; o bien se desvirtuarán algunos de ellos en el camino hacia aquella meta. El tiempo del mañana tiene la última palabra.

No es admisible, empero, que sigamos condescendiendo en el mundo occidental con sistemas de gobierno condenables a todas luces, aunque en ello nos vaya algo de la seguridad, que viene paralizando, precisamente, la percepción equitativa de algunas realidades del sistema internacional a la vista.

Indistintamente a donde conduzca esta revuelta árabe de 2011, hay que convencerse -y convencer a los ciudadanos árabes en concreto- de que todo lo que está ocurriendo podría muy bien ser sólo un principio.
El Imparcial.  Todos los derechos reservados.  ®2021   |  www.elimparcial.es