17 de septiembre de 2021, 21:01:08
Opinión


La miseria de la cultura conservadora (y 3)

José Manuel Cuenca Toribio


Los principios más elementales del mercado cultural se olvidaron por entero a la hora de difundir o socializar el credo sustentador de la vasta producción bibliográfica de la Fundación conservadora cuyo quehacer ha inspirado estos artículos que tocan ya a su fin. Ni edad, ni intereses ni formación semejaron contar poco ni mucho en el lanzamiento y edición de los numerosos y variados títulos recogidos en su catálogo. Mal sin duda de todas las publicaciones de marchamo oficial o corporativo, el desacierto referido superó las normales cotas de la inveterada desmaña editorial de las instituciones públicas.

Obviamente, los trabajos de “nuestra” Fundación abarcaron un radio más dilatado que el bibliográfico, sobresaliendo por encima de cualesquiera otros los cursos y conferencias impartidos en diferentes foros y escenarios, algunos de ellos tutelados directamente por sus elementos dirigentes. En este terreno, es más arduo y aventurado diagnosticar con cierta probabilidad las causas de la precarizada presencia intelectual de las actividades de la Fundación. Pero es lo cierto que, en el plano universitario, muy escasos graduados y licenciados asistentes a tales eventos se basaron en lo escuchado y aprendido en ellos a la hora de planificar y desarrollar sus tesis doctorales u otros estudios de entidad académica.

Mas, naturalmente, la rentabilidad de una institución pensada y configurada, al modo anglosajón, como think thank de la formación política que la subvencionaba con esplendidez, no ha de visualizarse exclusivamente, como aquí se ha hecho, en términos culturales, sino también políticos. Y, desde esa óptica, todo lo anteriormente afirmado acerca de su muy reducida fecundidad doctrinal ha de invertirse por completo. Tanto la ya mencionada empresa liderada por Antonio Fontán como, muy especialmente, la objeto aquí de leve glosa estival, nutrieron de sus componentes el tejido ejecutivo de la alta administración del Partido Popular, proporcionalmente, quizá más la primera que la segunda, hecho, innegablemente, propicio a la reflexión y muy imbricado en los entresijos y arcana imperio de los gobiernos rectorados por José María Aznar… Dado el acentuado pragmatismo que distinguiera a aquéllos, es difícil calibrar el verdadero aporte ideológico de la institución encargada de tan sustancial misión. Pero, en cualquier caso, éste debió ser muy reducido, tanto por la circunstancia acabada de señalar como por la propia inconsistencia de aquélla.

Frente a tal panorama, ha de subrayarse por enésima vez el desairado papel representado en la España del último medio siglo por la cultura de índole conservadora. Rótulos como miseria, desvaimiento o postración no constituyen en su radiografía actual préstamos de cabeceras periodísticas o de reclamos sensacionalistas mediáticos. Reflejan y traducen con incuestionable exactitud la triste realidad de un campo del pensamiento esencial para la marcha de las civilizaciones contemporáneas y la misma andadura de nuestra nación. La languidez imperante en el hemisferio opuesto -¿o, bien mirado, complementario?- no ha de servir de consuelo a nadie, salvo a los militantes arriscados de un ideario per naturam refractario a los maximalismos.

A corto plazo, no se atisba ningún cambio de esta perspectiva desoladora. Tal vez la crisis que remece con violencia la plataforma sobre la que alza nuestra existencia colectiva alumbre fuentes rezumantes de creatividad y vigor. En ocasiones, la esperanza resulta ser un eficaz antidepresivo.
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