17 de noviembre de 2019, 21:26:39
Opinion


Contra el vicio de prohibir, la virtuosa rebelión

Alejandra Ruiz-Hermosilla


Un número nada despreciable de las medidas adoptadas por el Gobierno pesa como una losa sobre quienes amamos la libertad y gustamos del vivir desahogado, es decir, sobre el 99,9 por ciento de los españoles. La sensación de opresión a la altura del pecho es consecuencia de la catarata de restricciones gubernamentales sumada a la ineficacia de las barreras que el Ejecutivo ha armado ante la inundación de la crisis económica que anega ya a un porcentaje escandaloso de familias y empresas en nuestro país.

Aquí, lo que no está prohibido es porque no te lo puedes permitir. Los padres tienen vetada la formación moral de sus hijos porque, para eso, ya está la Educación para la Ciudadanía; tampoco sabrán de las hamburguesas con las que pueden darles un capricho porque son tan insanas, según “papa Gobierno”, que no pueden publicitarse; lo mismo que el vino, que a punto ha estado de catalogarse como “peligroso” por obra de Elena Salgado; de los bollos, chucherías y refrescos en los colegios ni hablar, ya están prohibidos gracias a Trinidad Jiménez; el aire acondicionado, por orden de Miguel Sebastián, a 24 grados; ni chiringuitos ni crucifijos, borrados de las playas y de las escuelas con la goma ecoprogresista de Rodríguez Zapatero y compañía; ¿corridas de toros?, en Cataluña, ya no; fumar, prohibido en todo local público y cerrado; en las autovías a 110 kilómetros por hora siempre por nuestro bien; y la que nos espera con la Ley de Igualdad de Trato y No discriminación que preparan entre Leire Pajín, María Teresa Fernández de la Vega y Bibiana Aído.

Para todo lo demás, no tenemos dinero. La crisis dura demasiado, el empleo no deja de empeorar y tanto los impuestos como los precios suben sin consideración. El resultado es que las familias están tan con el agua al cuello que, según una información publicada este martes por El Confidencial, “están llegando al límite de sus recursos y empiezan a tener problemas para hacer frente al último gasto que dejan de pagar tradicionalmente los españoles: la hipoteca”. La razón es que no hay renta disponible y lo ahorrado hace tiempo que se esfumó. Además, suben los tipos de interés.

¿A que cuesta respirar? Por eso resulta necesaria y urgente una sociedad civil activa, que entienda que la democracia es muchísimo más que ir a votar cada cierto tiempo y resignarse ante los despropósitos de quienes nos gobiernan. Es urgente el despertar de los ciudadanos para que, organizados como más convenga -a través de grupos de presión, colegios profesionales, sindicatos serios, agrupaciones empresariales, asociaciones territorial, etc- obliguen a esta clase política mediocre que padecemos a mejorar sus capacidades y actitudes, a trabajar sin descanso por el bien de los españoles, o a quitarse de en medio y dejar paso a POLÍTICOS (con mayúsculas como sinónimo de servidores públicos; no estoy gritando) si Dios quisiera que los hubiera en esta piel de toro.
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