25 de septiembre de 2021, 11:40:12
Opinión


No funciona

Rafael Núñez Florencio


Confieso que no he tenido que estrujarme mucho la cabeza para poner el título a este artículo. Todos los días cuando llego a mi lugar de trabajo veo en la puerta del ascensor el cartel de “no funciona”. Calculo que debe llevar puesto ahí poco más o menos desde comienzos de año -aunque la verdad es que no podría asegurar si fue antes- y no se vislumbra motivo alguno para que vaya a ser retirado en los próximos días, semanas o meses. Más bien al contrario, pues me dice el conserje que tienen que traer una pieza de no sabe dónde, pero que al parecer la fábrica ha cerrado. En cualquier caso, me aclara, daría igual porque la empresa de mantenimiento anda con dificultades, o sea, como todas... Están reduciendo personal y... “ya veremos si algo más que eso”, precisa el hombre con ese sobreentendido de malos augurios -casi un deje de fatalismo- que se ha convertido en el pan cotidiano de los últimos tiempos. Bueno, por lo que a mí respecta, me digo, tampoco es para tanto y, al fin y al cabo, un poco de ejercicio no le viene mal a nadie.

Cuando subo al tercer piso y entro en mi despacho enciendo el único ordenador disponible. Aprieto el botón siempre con cierta aprensión, no ya porque se haya convertido en mi último recurso, sino porque al lado quedan varias carcasas o cadáveres mecánicos que me recuerdan cuán efímera es la llamada normalidad y qué delicados son, al parecer, estos aparatos de los que ahora dependemos hasta para organizarnos la agenda. La conexión a internet está cada vez más lenta y raro es el día en que simplemente, a pesar de mi creciente impaciencia, “Internet Explorer cannot display the webpage”. Las impresoras no funcionan, claro, pero eso, me dicen, pasa hasta en las mejores casas. No hay que pensar en arreglarlas sino simplemente en sustituirlas, pero a corto plazo no tenemos presupuesto. Podría parecer que todas estas menudencias son simples problemas tecnológicos pero en el pasillo había un humilde dispensador de agua fresca -un objeto que no puede considerarse precisamente un artilugio de última generación- que ahora está envuelto en grandes bolsas de basura negra, a modo de precinto elemental. He perdido también la cuenta de los días en que lleva en tan desairada estampa. Me he aficionado a unas pastillitas de menta para refrescarme la boca.

No me quejo, soy un privilegiado, tengo trabajo y una nómina a fin de mes. No sólo no me lamento sino que al ponerme a cavilar sobre el tema de este artículo he caído en la cuenta de que todas las limitaciones materiales que acabo de señalar -y otras muchas que me callo porque simplemente no hacen al caso- están completamente asumidas como coordenadas cotidianas o, dicho de otra manera, están internalizadas de tal modo que ni siquiera se me ocurre reclamar, indignarme o comentarlo con mis colegas y compañeros. Si excepcionalmente surge en las conversaciones con éstos alguna referencia, constato que ellos están en las mismas circunstancias y, cuando miramos hacia fuera, encontramos que la situación es incomparablemente peor. En estas ocasiones siempre hay quien suelta una broma u ocurrencia que clausura el desahogo con un ánimo que se muestra sardónico para no confesarse directamente depresivo. Es inevitable recordar a Ortega y su alusión a la melancolía como esfuerzo inútil.

La reflexión que quiero hacer aquí trasciende naturalmente esas coordenadas personales e incluso el marco profesional en el que me inserto, el del sector educativo y de investigación. Miro alrededor, escucho a familiares, hablo con amigos, realizo gestiones, entablo contactos, recojo testimonios -todo ello como quien dice a pie de obra- y la constante es siempre la misma, desoladora siempre: las cosas no funcionan. Esta sociedad no funciona. Peor aún, en la mayor parte de los casos nos hemos acostumbrado a que el país no funcione, lo hemos asumido como el frío en invierno y el calor en verano. No quiero despeñarme por la vía de la casuística, porque sería el cuento de nunca acabar. Desde descolgar el teléfono para pedir una información o solicitar un servicio determinado hasta realizar un trámite burocrático o acudir a un centro sanitario. No digamos poner una reclamación, acudir a un tribunal o necesitar una actuación urgente. En una gran ciudad como Madrid tienes que armarte de tiempo y paciencia para cualquier gestión. Encontrar profesionalidad y solvencia es cada día más difícil.

“En un viejo país ineficiente...”, cantaba Jaime Gil de Biedma... Hubo un tiempo en que nuestros gobernantes se impusieron como tarea que España funcionase... Fue durante una época el lema de los socialistas liderados por Felipe González. Hoy, la chapuza y la improvisación empiezan en el propio Consejo de Ministros. La falta de eficiencia ha sido reconocida tradicionalmente como una de las lacras del país, un lastre que le impedía estar en el lugar prominente al que aspiraba. El “¡Vuelva usted mañana...!” de Larra ha pesado durante generaciones, no sólo en la sufrida vida cotidiana, sino en la consideración que los españoles hemos tenido de la nación y de nosotros mismos. Hoy le llaman baja productividad respecto a otras economías más dinámicas, pero en el fondo nos estamos refiriendo a lo mismo. No todos, ya lo sé, aceptan la viabilidad de esta crítica. Hay quien la rechaza por constituir una generalización abusiva. Es verdad que una estimación tan global tiene mucho de injusta, porque hay grandes sectores del país que se han modernizado o que simplemente -mal que bien- funcionan, del mismo modo que miles y miles de ciudadanos hacen bien su trabajo y, aún más, suplen con su esfuerzo encomiable todas las insuficiencias antedichas. Siendo todo esto cierto, no lo es menos que basta pisar la calle para comprobar que esta sociedad padece muchas y graves disfunciones que no sólo permanecen como taras de nuestro desarrollo y sombras de la convivencia, sino que se han agravado en los últimos tiempos, al socaire de la crisis económica.

Echo de menos en los sesudos análisis de los especialistas esa perspectiva, lo que podría denominarse una mirada a ras de suelo. Parece a veces que nos emborrachamos de macroeconomía de modo que, al revés de lo que señala la expresión, el bosque no nos deja ver los árboles concretos. Las leyes, disposiciones, informes y proyecciones planean por encima de una realidad que a menudo se les escapa. Más aún, tienden a presentar ésta en unos términos más racionalizados de los que corresponden, quizás porque los artífices de los marcos teóricos viven en un mundo de moquetas y despachos. Basta abrir las ventanas y mirar sin anteojeras al exterior para encontrar un país muy distinto, no ya al que dibujan las altas instancias políticas, sino incluso al que aparece en los medios de comunicación. Un país donde la vida mancha, sobre todo si estás en paro y sin perspectivas de nada. Un país en el que la pequeña empresa está acogotada por unas administraciones tan celosas a la hora de exigir como renuentes a la hora de liquidar. Un país donde no puedes ser emprendedor porque te aburren con las trabas legales y si sales de éstas, te machacan en cuanto despuntas. Un país en el que se está educando a niños y jóvenes, no en el esfuerzo y la excelencia, sino en la rutina y el abandono. Un país sin norte, desmoralizado, de vuelta de todo sin haber llegado a ningún sitio. Un país que vuelve a mirar a otras naciones con envidia -o, al menos, para buscar trabajo-, pero que no está dispuesto a pagar el peaje para salir del atolladero. Un país -¿por qué no decirlo?- que parece haberse acomodado al “no funciona” con un cierto cinismo.
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