14 de diciembre de 2019, 1:38:34
Opinion


El sistema y sus críticos

José Manuel Cuenca Toribio


En la bella e histórica callejuela que circunda el despacho profesional del cronista, un buido e ingenioso grafitero superpuso hace varios meses sobre su tradicional denominación un rótulo con la siguiente escritura: “He encontrado un atajo”. En tiempos ya muy recientes, otro anónimo pensador de no menor inventiva y fuerza creadora colocó más abajo del primitivo otro con la siguiente y conminatoria expresión: “Sal del Sistema”.

Por los mismos días en que se añadía a la inicial tan llamativa y pertinente leyenda, el más famoso hodierno en nuestro país de los debeladores mediáticos del Establishment veía su nombre encaramarse al puesto de honor de los ranking de lectura con un libro en el que narra, por domo sua, la lucha denodada contra los usufructuadores de una situación en la que, un punto sorprendentemente, el beneficiario de una de las fortunas económicamente más deslumbrantes en el tránsito del siglo XX al XXI semeja, de creer a su ágil pluma, no formar parte.

A juzgar por lo indicado, el combate contra el orden imperante abarca un ancho espacio, extendido desde las fronteras más radicales de los antisistema hasta el territorio mismo de los sedicentes conversos en la teoría ya que no en la praxis. A poco que se diese crédito a su bienintencionada campaña, el fin de un capitalismo al que ya no puede adjetivarse con la exclusiva denominación de “occidental”, rayaría en el horizonte de la historia…. De otro lado, la crisis actual, remecedora de sus basamentos y agrietadora de su conformismo, parecería ir por una senda no muy distanciada de la de sus enemigos.

Sin embargo, señales y barómetros más numerosos y sensibles que los acabados de citar descubren un panorama harto diferente. En un primer mundo cada vez más anchuroso, la opinión pública predominante revela una irreprimible ansiedad por retornar a la situación ante quo, manifestando como principal propósito de rectificación la corrección de aspectos no primordiales del Sistema o limitados al fortalecimiento de sus propios mecanismos de vigilancia y defensa. Empero, a la fecha, un proceso de singular magnitud todavía in fieri sitúa a aquel frente a un desafío de naturaleza desconocida y, en cualquier caso, de proporciones colosales. La revolución copernicana de los países árabes, en un principio no enfrentada con las pautas y mores de Occidente, es muy probable con todo que coloque al mundo ante una coyuntura que implicará una honda revisión de algunos de los postulados del Sistema. Tal vez quepa aventurar que dicho planteamiento no entrañe envite alguno de trascendencia para su núcleo duro; mas, en cualquier caso, varias de sus facetas tendrán que reordenase, sin que quepa descartar el que, a medio o largo plazo, tales modificaciones conduzcan a un cambio hoy por hoy tan arriesgado como difícil de precisar.

No obstante, a la espera del alumbramiento del nuevo mundo soñado por grafiteros traviesos y eutrapélicos financieros jubilados bien a su pesar de sus fruitivas actividades bancarias, sería muy positivo que los habitantes del primer mundo iniciaran, siquiera por provechoso entrenamiento, una metanoia, umbral quizá de un camino que, firmemente, lleve a metas más solidarias entre las gentes de un mismo planeta.
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