21 de noviembre de 2019, 20:05:56
Opinion


La raíz de nuestro problema energético

Juan Velarde Fuertes


Bien sabido es que la Revolución Industrial, que cambió el mundo, se basó, en parte considerable, en la eliminación del notable peso que tenía la energía derivada tanto de la sangre como del viento y la leña, en primer lugar por la provocada por el carbón a partir ya del siglo XVIII. El coque en los altos hornos aparece ya en 1709. Todo el siglo XIX está unido al carbón como base energética esencial. Cánovas del Castillo diseñó cierto planteamiento económico nacional español básico, esencialmente para de modo simultáneo mantener la neutralidad ante los conflictos entre las naciones europeas, y para preservar la unidad nacional dentro del modelo bismarckiano de logro de la cohesión alemana basándola en el “pacto del acero (renano, más caro que el importado) y del centeno” (prusiano más caro que el que se podía comprar en otros países). Había que procurar, como señaló Ganivet, “no tener que depender del granero ajeno”. Las cuatro bases esenciales del modelo canovista eran los textiles catalanes, el trigo castellano, la siderometalurgia vasca y el carbón asturiano.

Ese modelo, como demostró Perpiñá Grau en su “Memorandum sobre la política del carbón” (CEEV, 1935), disminuía, a causa de la mayor carestía del carbón español, nuestra competitividad y, en suma, era uno de los frenos que impedían el avance de nuestra economía. Afortunadamente para ella, en el borde del siglo XIX-XX, irrumpieron dos novedades energéticas. Una, la electricidad, al saber manejar la corriente alterna, porque así era posible su transporte a mucha distancia. Otra, el motor de explosión interna, el petróleo. Lo primero provocó un impulso grande a la construcción de saltos de agua en España. Como consecuencia del carácter torrencial de nuestros ríos, las inversiones para generar hidroelectricidad tuvieron que ser más altas que en otros países con ríos más regulares. Aun así, era una energía barata, pero ya se han agotado, prácticamente las posibilidades en este sentido. En el año 2009, la energía hidráulica, según la Secretaría de Estado de Energía, supuso únicamente el 4’8% de nuestro consumo de energía primaria.

Por circunstancias geológicas, el petróleo prácticamente ha desaparecido de España. Para agravar las cosas, existe facilidad de cartelización en su comercio internacional. Precisamente para escapar de una maniobra de este tipo, planteada en una reunión en París entre la Shell, la Standard Oil y Petróleos de Porto Pi, que tenía para España la concesión de la Nafta soviética, Calvo Sotelo creó el Monopolio estatal de Petróleos, y la empresa privada –con bastante control público que lo liderase, la CAMPSA. Gracias a esto, más la aparición de otras empresas petrolíferas, bien privadas como CEPSA, o públicas, como ENCASO, a más de una política de construcción de refinerías y de apertura al exterior, ligada a los planteamientos básicos del Plan de Estabilización de 1959, se observó que merecía la pena apostar a favor de unos crudos petrolíferos extranjeros extraordinariamente baratos. Su precio oscilaba alrededor de 1 dólar barril. Esa apuesta a favor del petróleo se halla detrás, en lo energético, del fortísimo desarrollo de nuestra economía a partir de 1959. En 1973, o sea en 14 años, el PIB al coste de los factores, en pesetas 1995, respecto al de 1959, se había multiplicado por 2’9, o lo que es igual, se había triplicado. Parecía que habíamos acertado en el modelo energético adecuado. En 1973, el porcentaje, en energía primaria que correspondía al petróleo era nada menos que el 72’9%, y el carbón únicamente el, 18’2%. Todo un amplio desarrollo industrial, directa e indirectamente, se basaba en este petróleo barato. Desde los astilleros, la industria automovilística, los electrodomésticos, toda la industria siderometalúrgica básica, a, indirectamente, la industria de la construcción y sus materiales básicos, o el turismo. Por eso, los dos sucesivos choques petrolíferos que aparecen a partir de 1974, provocan una crisis importantísima.

Para salir de ella, dos ministros sucesivos de Industria, Alfredo Santos Blanco y Alfonso Álvarez Miranda, plantean la necesidad de reformar de arriba abajo esa realidad energética. Recuerdo cuando, en una conferencia en la Universidad Hispanoamericana de Santa María de La Rábida, Álvarez Miranda planteaba la necesidad de modificar nuestra realidad industrial para alterar nuestra “intensidad energética”. Recientemente, en su discurso de ingreso en la Real Academia de Doctores, Fernando Becker lo ratificó, al mostrar de qué modo España, para generar una unidad adicional de PIB, precisa emplear más de una unidad adicional de energía, mientras que el resto de los miembros de la OCDE para lograr esa expansión, sólo precisan agregar menos de una unidad adicional de energía. Simultáneamente a dejar de ser así “tragones de energía”, era preciso que la primaria fuese barata. En España eso podía conseguirse únicamente con energía nuclear. De ahí que en 1979, el Congreso de los Diputados aprobase un Plan Energético Nacional que mostraba un énfasis claro a favor de la energía nuclear. A partir de 1983, con el Gobierno de Felipe González todo esto se vino abajo.

Nuestra apuesta energética, pues se fundamenta esencialmente en el petróleo y en el gas natural, ambos productos de importación porque en 2009 hemos producido sólo 107 kilotoneladas de equivalente petróleo (Ktep), de petróleo, y 12 Ktep de gas, lo que supone un escuálido 0’5% de nuestras necesidades. Y del total de nuestro consumo de energía primaria, superando las cifras porcentuales de nuestros colegas comunitarios, hemos dependido del exterior, en 2009, esencialmente a causa de nuestras necesidades petrolíferas y de gas, en un 80%. El Libro Verde de la Energía, de la Unión Europea señala que debe encenderse la alarma en cualquier país que dependa más del 50% de unas importaciones que súbitamente, pueden encarecerse. Y ahora mismo vemos cómo se encarecen.

Para agravar las cosas, esta incómoda realidad surge cuando el PIB español no crece a una tasa del 9% como sucedía en 1973, sino que se encuentra en un crecimiento del 0%. Y no olvidemos que como consecuencia de excesivos descuidos, sistemáticamente tenemos una inflación diferencial respecto al conjunto de la Eurozona, lo que origina mil perturbaciones. Para paliar alguno de sus efectos, a través de la tarificación de la electricidad, se han perturbado de tal modo sus inversiones y sus amortizaciones, que se ha acabado creando un problema mayúsculo. Hace muchos años que un trabajo conjunto de Castañeda y Redonet había puesto la señar de alarma en este sentido, pero ¿para qué tener en cuenta esos aburridos trabajos? Además nos encontramos con un fuerte endeudamiento financiero internacional, que exige mejorar la competitividad e impedir que tengamos, como sucede ahora, tras Estados Unidos e Italia, el saldo negativo mundial mayor en nuestra balanza por cuenta corriente. La apuesta, que parcialmente tenía algún sentido, pero no como se ha hecho, a favor de energías renovables, empeora tanto nuestra competitividad como el gasto público, que simultáneamente ha de reducirse. La Red Eléctrica Española no crea una península energética bien conectada con otros países, sino que, como consecuencia de mil absurdas oposiciones, genera un archipiélago. El espíritu que sobre estos temas comenzó a imperar en 1983, nos conduce a una de las situaciones más peligrosas concebibles para nuestra economía. ¡Y pensar que en 1979, tras los preludios que han sido citados, las cosas quedaban bien encauzadas! ¡Y pensar también que su liquidación no tenía base científica seria alguna, y sólo favorecer compañías demagógicas que, sin ir más lejos, Mitterrand liquidaba en Francia! Una y otra vez de la mano de Ortega, que lo expone con galanura en su “Prólogo para franceses” de “La rebelión de las masas”; leemos: “Es, en efecto, muy difícil salvar una civilización –y yo diría, sacar de una crisis económica profunda a un pueblo cuando le ha llegado la hora de cae bajo el poder de los demagogos”. Desgraciadamente, eso parece haber sucedido, y el actual choque energético muestra los daños que provoca.
El Imparcial.  Todos los derechos reservados.  ®2019   |  www.elimparcial.es