27 de noviembre de 2020, 18:42:08
Opinión


Universidades y Ley de Economía sostenible

José Eugenio Soriano García


Con el lenguaje desarrollista propio de los años sesenta, y que consistía en colocar un adverbio con un adjetivo y algún anacoluto sumado a un solecismo, ayer el Boletín Oficial del Estado se despachó la pomposa Ley de Economía sostenible.

Y en ella, como era previsible, habla de las Universidades. Y habla de ellas como si fueran, efectivamente, centros de excelencia, de competitividad, de transparencia. La verdad, una risa. Porque mientras la ANECA vaya colocando de diez mil en diez mil a los profesores, habiendo sido “examinados” antes por cualquier indocumentado de la misma – en sentido estricto, puesto que son ignorantes dado que quienes juzgan desconocen por completo la especialidad de la que juzgan – el resultado será siempre que se van sumando y sumando, sin parar, miles de geniecillos locales a las Universidades, sin otro “mérito y capacidad” real que haber hecho gestión, gestión y gestión, y poco más. Así están llegando a catedráticos quienes pueden no haber publicado prácticamente nada, y por supuesto, no haber demostrado, no ya excelencia sino siquiera suficiencia. Hoy, si se le pidiera a estos miles de designados por la ANECA que expusieran una lección del programa sacada a suerte… se hundirían por completo casi todos. Porque no se saben el programa que dicen que explican a los alumnos, con lo cual ¿Qué excelencia? ¿De qué están hablando?

Hoy tres tipos cualesquiera- con todo respeto para sus personas y dicho a efectos de su competencia académica como conocedores o especialistas - que pueden ser, por ejemplo, un sociólogo, un economista y un –vaya –usted-a –saber –qué-, o un peluquero, un podólogo y, por supuesto un pedagogo, pueden decirte, si quieren, que sirves para catedrático de derecho administrativo o de las fuentes de la conquista del Perú o de cualquier otra cosa, porque todo vale al parecer en una “ciencia universal”. Y todo ello mirando solo la primera y la última página de los trabajos que se envían. ¿Se puede hacer más fácil para el que entiende la Universidad como pura burocracia?

Ninguna Universidad española tiene la menor movilidad. Ninguna tiene concurrencia y competencia entre candidatos. Ninguna tiene la menor transparencia. Es la ANECA la que crea una oferta inasumible. Hoy hay más de 10000 acreditados, cada uno con su plaza, “su” plaza, de forma que hasta existe enfurecimiento si alguien simplemente “se la firma”.

Hoy, y de por vida, cuando la ANECA “acredita” – dice – por miles y miles a quienes continuamente pueden llamar a su puerta para que les dé “su” plaza – no se sabe quien, ni cómo, ni nadie tiene la menor noticia, lo cual es totalmente contrario a la cacareada transparencia de esta curiosa Ley de Economía Sostenible – lo que hace es engrosar el presupuesto y las cargas financieras hasta límites insostenibles, valga la paradoja.

La ANECA hace insostenible un sistema de “economía sostenible”, valga la contradicción. Porque es insostenible que el BOE publique todos los días la ingente cantidad de profesores definitivamente incorporados a la función pública, cuando se restringe severamente el acceso al empleo público. Por ejemplo, y por limitarme a Derecho, cada mes se publican más profesores incorporados definitivamente, que Abogados del Estado y Letrados del Consejo de Estado juntos en dos años. ¿Cómo se puede sostener esto? ¿Qué Economía ni sostenible ni insostenible aguanta esto? ¿Dónde está la planificación y la programación al servicio del alumno, de las necesidades investigadoras? ¿Qué mínima movilidad hay cuando el 99 por ciento del profesorado firma él solo la plaza, excluyendo y expulsando así a cualquier competidor? ¿Cómo se atreve esta Ley de Economía sostenible a decir que impulsa la excelencia universitaria y ni aborda de lejos la transparencia y competencia en el proceso de selección?

Hoy nadie se cree que la Universidad española sea excelente. Ninguna Universidad está entre las primeras 250 del mundo. Y sin embargo tres centros privados están entre las tres mejores escuelas de negocios, con tres máster que ya quisiéramos en la Universidad Pública poder impartir. Incluyen a grandes líderes académicos, empresariales, vienen Premios Nobel a sus Fundaciones ¿Y nosotros qué? Nosotros nada.

Ciertamente éramos antes un poso de vanidades y egos. Hoy somos un poso de estómagos agradecidos, muy catetos y paletos, ya que solo se prospera en tu aldea, no en el mundo en competencia. Por eso ya nadie cuenta seriamente con la Universidad. Y todo ello en un contexto de economía insostenible que esta pomposa y vana Ley, suma de levedades, superflua y frívola, una integral de futilidades autoreflexivas sin el menor atractivo para sumar calidad y conocimiento, viene consagrar.

La Universidad española, sin movilidad, sin transparencia, sin competencia, es hoy muy mala, pese a que todavía quedan grandes profesores. Y, naturalmente, con esta Ley, se la entierra en paz. La paz de las aulas ha sido lo único que ha interesado al Gobierno, nada de pensamiento crítico o de ideas en competencia. No. Que nadie se mueva, que beatíficamente todos estén anhelantes porque les “orienten” les “promocionen” y acaben, como han acabado, con el menor atisbo de mérito y capacidad. El mérito y la capacidad se miden, no se otorgan. Se miden en comparación con los otros. Y eso, exactamente eso, la competencia entre candidatos, es lo que odia hoy la Universidad española, sus rectores, sus gestores y todos los que han encontrado en ella un buen sitio donde comer para siempre.

¡Que sigan los próximos diez mil anequizados lampando por su puestecito en “su” Universidad! Si mañana – y no es imposible – se crea la Universidad de Navalmoral de la Mata o de Avignotet de Puigventós (con todo respeto para estos dos pueblos tomados como simples ejemplos posibles entre otros 8000), sabemos que solamente los moralos o los aviñonenses podrán entrar ahí; que tendrán rectores, claustro y no sé cuantas cosas más. Pero sólo serían para ellos, quienes descubrirían de inmediato que todos sus vecinos son grandes físicos, químicos, filósofos... Esa es la imagen exacta de “nuestra” Universidad. ¿Es esto sostenible? Menuda Ley esta de Economía sostenible. Ni es Economía ni se sostiene. Y, con toda probabilidad, en lo que hace a la Universidad no es siquiera una Ley, sino un discursito bien sonante que no se sabe qué clase de sinsentidos dice.
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