17 de octubre de 2021, 20:12:45
Opinión


Alfonso Guerra, del recuerdo y de la historia

David Ortega Gutiérrez


Es Alfonso Guerra un personaje desconcertante, igual te castiga con cualquier frase al más puro y tradicional estilo del antaño conocido dales caña Alfonso, como que te regala una profunda reflexión de largo recorrido y puntada fina. El caso que hoy nos ocupa se centra en el segundo supuesto, cuando hace pocos días, al rememorar nuestra transición política señalaba: “la presión psicológica que ejercía entonces la guerra civil, hizo que se pensará más en los nietos que en los que realizaban la transición”. Creo que merece la pena reflexionar un poco sobre esta acertada afirmación y lo que ella implica, dado el actual clima político que vive nuestra Nación española.

Detrás de las palabras de Alfonso Guerra se traslucen varias interesantes ideas para la vida política. En primer lugar, la importancia que siempre tiene la Historia, y como ésta es la maestra de la vida, tal y como nos recordaba Cicerón. El pasado nos condiciona y su conocimiento nos enriquece y nos engrandece, si de él sabemos sacar las oportunas conclusiones. Pero previamente para ello, en buena lógica, debemos conocerlo. El recuerdo de la Guerra Civil nos mostró en la transición el camino de lo que no queríamos repetir, de por dónde no debíamos ir, lo que no es poco. Esto nos obligó a ceder, a ser generosos, a no sacar cuentas pendientes, a cerrar heridas, en fin, a crear más que a destruir, que es lo mejor que el ser humano puede hacer.

En segundo lugar, destaca una idea si cabe más relevante y más importante, que es la grandeza de espíritu, algo clave y fundamental en la vida, especialmente en la vida política. Ésta consiste en superar la cortedad de miras que produce el egoísmo, dicho en positivo, pensar en alguien más que en uno mismo. El aquí y ahora que domina nuestra sociedad occidental desarrollada tiene importantes peligros, que se pueden traducir en una especie de carpe diem, disfrutar el día, el presente, sin pensar no sólo en el mañana, sino también en los que estarán mañana. Y por ahí pueden entrar muchos de los males que padecen nuestro desorientado siglo XXI, por citar un claro ejemplo, el problema del medio ambiental y del necesario desarrollo sostenible, ¿qué planeta dejaremos a nuestros hijos?

De la frase de Guerra se traduce una capacidad para el sacrificio, para pensar en los otros, en los que vendrán, un cierto sentido de la humanidad como un continuum pasado-presente-futuro, de que nosotros disfrutamos de los logros que antes otros realizaron con grandes sacrificios y, a su vez, nosotros no podemos mirarnos tan sólo nuestro ombligo, debemos también guiarnos por la grandeza que requiere el pensar en los demás, en las generaciones futuras. El conocimiento no sólo se limita a la mera instrucción, uno debe saber también a qué lo apuesta, al servicio de qué causa lo pone. De ahí la importancia de la historia, la literatura, la música y todo lo que contribuye a engrandecer nuestro espíritu. Cosas que lo empequeñecen ya tenemos de sobra, basta con, en la mayoría de los casos, encender el televisor. Hay que dar de lo que falta, no de lo que sobra.

Posiblemente una de las tragedias de nuestro actual tiempo sea la pérdida de la vida del espíritu. Ya en 1916, en plena Primera Guerra Mundial, Bertrand Russell nos hablaba de su importancia en sus Principios de Reconstrucción Social: “La vida del espíritu concentra en sí los sentimientos impersonales como la vida de la mente concentra en sí los pensamientos impersonales. En este sentido, todas las artes pertenecen a la vida del espíritu [… ]. El espíritu es un antídoto para el cinismo de la mente: universaliza las emociones que brotan del instinto, […] y cuando el pensamiento está informado por el espíritu pierde su cualidad cruel y destructiva”.

En la vida tiene que haber impulso y medios, pero la clave está en los fines, y para ellos la vida del espíritu es esencial. Nuestro tiempo actual no está fallando en los impulsos o motores, ni en los medios, pues tenemos más que nunca, el principal problema está en los fines y, como con sabiduría ya señalaba Russell, ese es uno de los caminos que debemos andar si queremos reconstruir nuestras sociedades actuales.
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