24 de enero de 2020, 7:54:00
Opinion


Es la hora del pueblo

Antonio Domínguez Rey


Cuando las cosas no funcionan y hay problemas graves, lo primero que se impone es identificar el problema, detectar sus características. Lo segundo, analizarlo, dividirlo en partes o secciones, ordenar estas según su grado de importancia e implicación, jerarquizarlas. Lo tercero, evaluar el desarrollo del problema así dilucidado y extraer de las conclusiones las consecuencias previsibles. Del análisis va surgiendo el horizonte semántico y fenomenológico que rodea al tema y, en él, los elementos que lo constituyen, así como sus derivaciones inmediatas, futuras.

El problema y análisis de la presente situación española habla por sí solo. Es agudo: el desfondamiento de la realidad social y, en consecuencia, el descrédito político. Sus causas, más que síntomas -lo fueron hace algunos años-, el paro, la corrupción y el vaciamiento de valores democráticos. Sobra listura, más que inteligencia, para diseccionar las partes y esgrimir argumentos. Sin embargo, o por ello mismo, la dialéctica recurre al hueco fónico de las palabras, a la floritura de la frase ahormada para el momento y la ocasión, a su trueque en imagen compacta y no en principio hermenéutico, revelador, de lo que las palabras aportan al ser depósito de la confianza y vínculo de la gente entre sí, convivencia.

El escamoteo y pérdida de confianza en el lenguaje democrático, que afecta incluso a la máxima instancia de la justicia, el fundamento de las leyes, es decir, del poder legislativo, resume el núcleo central del gran problema que nos azota. Se metamorfosea la palabra en imagen de un rostro maquillado, flotante en una luz compacta, también ahormada, cuya fluencia funciona subliminalmente y mina el fondo del discurso. El lenguaje se convierte en apéndice teledirigido de la fotogenia ambiente. Es otra vibración astillada del parpadeo digital.

Al perder su función de rostro vivo, dialogado, en busca de respuesta a los interrogantes que cada expresión formula, por más que afirme, niegue, sugiera, la palabra pierde densidad, se ahueca. Sufre de abandono en medio de la gran fiesta y algara del mitin, congreso, asamblea. Aun afirmando, desiste, abandona, e insistiendo -replicación múltiple del discurso-, angustia si uno cree realmente en el fondo articulado y acústico de la realidad democrática. Tal fondo habla en “off” como un subtono procedente del partido, grupo, sindicato, asamblea, dirección colegiada, y lo convierten en metonimia del pueblo, del conjunto de la población, país, Estado.

Los representantes sociales se han convertido en espectáculo de sí mismos, de quienes confían en ellos y de la realidad humana que lideran. Asoman en la pantalla del diario, televisión, ordenador, cartel, como maniquís de una oferta comercial cuyo incentivo y aliciente es la venta del producto, es decir, la compra de la adhesión, de la voluntad, el voto.

Para que el montaje del sistema rinda tributo resulta imprescindible metamorfosear los atributos receptores del consumidor ya alienado. La base principal de la recepción es la expectativa creada por el anuncio o actitud de enunciado. Saber reconducirla apremia aval y crédito de buen oficio. Entran ahí los agentes y técnicos de comunicación, los amanuenses del escenario y plataforma política, encargados de aquella carátula del rostro envuelto en luz compacta, pero fluyente, puenteada, subrepticia a pesar de su apariencia luminosa.

Tal escenario es parte de nuestro vivir. Lo hemos asumido como algo natural que recubre y tapia la naturaleza espontánea del rostro. Vamos con la carátula puesta y el sentimiento, si no lo anularon ya, de que debajo late, pulsa otra cosa. Y ese rostro de mirada ficticia afecta además a cuanto decimos como instaurando un discurso también fingido que se deja arrastrar por la vigencia del momento. De ahí que la creación de vigencias tras el estado de opinión sea muy importante para la escenografía política. Las vigencias imponen gestos, declaraciones implícitas en la cara de un cartel aislado en una autopista o de un busto estampado en el andén de metro, sobre los costados de un autobús urbano. Su estatismo fluye con el movimiento de la máquina en la retina del espectador. Proyectamos sobre el rostro aislado en medio de un paraje la frase, el eslogan ya asumido y recurrente en nuestra memoria como una sintaxis fónica que une el funcionamiento del intelecto con la realidad del entorno.

La prueba de este mecanismo sintáctico la obtenemos cuando, transcurrida la circunstancia, sobrepuestos los años, carente de realidad la vigencia de antes, vemos de nuevo el cartel medio rasgado, la risa amorfa de aquella cara, y sentimos abandono, desistimiento. La filosofía ha analizado muy bien la realidad concreta de las vigencias, por ejemplo Ortega y Gasset; del haber objetivamente anónimo que se cuela en la percepción y responde por nosotros a espaldas de nuestra intención y voluntad, como indican Heidegger con la expresión “es gibt”, Lévinas con el carácter neutro del “il y a”; del abandono angustiante del ser humano abocado a una sintaxis técnica que ahorma y vacía el contenido de las palabras impidiendo su fondo de libertad creadora, sigue argumentando Heidegger. Es el “hay” del haber o estar ahí, aquí, de la cosa desanimada.

El análisis está hecho, sobradamente promulgado. Solo falta la acción, no… -sin más- el voto, sino aquello que lo posibilita: el ser social preocupado por el ambiente, por el lugar de su asomo o floración, la topo-logía, el decir del lugar que posibilita, favorece y alumbra la existencia, el nombre de la casa (“oikos” griego), el espacio de alumbramiento, reposo, acogida, de la economía familiar.
Y el parlamento de las naciones comienza por la casa de cada individuo. Al problema ya reseñado se une, más bien dentro de él, como una plaga, la merma de energía potencial del país al afectar el paro al cuarenta por ciento de su población joven. Una virtud del análisis consiste en revertir el rostro aparente de las figuras gramaticales -la relación horizontal del sujeto al predicado en la frase enunciativa- y descubrir la atribución oculta que favorece ese orden vigente. El paro juvenil de España es la reversión profunda de su potencia predicativa.

Nada mejor que un ejemplo para ilustrar esta malformación democrática de nuestra convivencia. Pedimos en este momento, al amparo de la crisis árabe, ayuda económica a ciertos países de la zona no afectados directamente por las reivindicaciones democráticas. Y lo hacemos para subsanar y reponer el déficit sangrante que nos acucia por carencia de energía y empuje propio, limitado prácticamente al albur del turismo, la principal fuente de riqueza en España, y por sobrada malversación del bien público. Al mismo tiempo, asesoramos políticamente a algunos dirigentes árabes con el aval de la transición política realizada en España al instaurar la Monarquía parlamentaria desde y frente a la dictadura franquista.

Entre uno y otro gesto media un vacío evidente. ¿Cómo mendigamos dinero del petróleo al cabo de treinta años vividos en convergencia democrática si el sistema resulta modelo de exportación incluso para estos países removidos por una conciencia tardía de la Historia? ¿Mendigar con el señuelo de una forma carente de contenido? Consuelo del pobre… de espíritu, que es el fondo de la crisis real que empobrece a los pueblos.

Y con la petición, la venta del producto mortuorio, la armas. España es uno de los principales países exportadores, directo y mediado, de técnica y maquinaria bélica a Oriente Medio. He aquí otro ejemplo que añadir a la frivolidad política.

Puertas adentro, todo este vacío banal de la realidad del lenguaje vigente en el discurso público se resume en el desasimiento de inteligencia creadora por parte de los representantes y líderes sociales, especialmente los del Gobierno, pues les toca a ellos la iniciativa y ejercicio práctico del poder delegado. El espectáculo se recrudece en vísperas de elecciones y deja al descubierto con más nitidez los trucos del trueque antes mencionado, como el velamiento del problema crucial con desvíos de la atención inducida por regulaciones domésticas colaterales, a veces de menor calado. La carencia de proyección creativa se advierte en el recurso al descrédito de otro u otros partidos políticos como argumento máximo de la formación propia y de la oferta pública al resto de los ciudadanos. Se olvida que estos pagan por igual, aunque voten diferentemente, a unos y otros parlamentarios, sean del partido que fueren. La base de la democracia es la alternancia política. Y cuando una formación en ejercicio del poder da señales y sólo crea pruebas de abandono, pérdida de crédito, empobrecimiento, paro generalizado, galopante, ya no representa al resto de los ciudadanos, ni siquiera a sus compromisarios políticos.

Esta situación se vuelve peligrosa. Expone a cualquier aventura inducida por las circunstancias o pretexto aparente, cuando en realidad se trata de mantener el ejercicio público del poder ya no representativo, hecho además avalado por las encuestas sociológicas, siempre relativas, cierto, pero contrastables con adecuada evidencia social. Se impone entonces el cambio, bien a costa de la propia formación política cuya confianza le otorgó en su día el pueblo, bien, lo más lógico cuando concluye un ciclo legislativo, convocando elecciones para que hablen los ciudadanos. Arrastrar la situación con la expectativa de un atisbo de mejora, de la ayuda externa, mendigada, del azar que depare la revuelta del norte de África, o del cese una vez más declarado de hostilidades terroristas, sigue siendo peligroso.

España no merece esta situación de inquietud institucional y de espectáculo político carente de sustancia arraigada en bienes y valores públicos. El carnaval de las ofertas políticas está apartando de su escenario a la sociedad civil en que se apoya. Ha integrado en sus equipos de imagen a la prensa, sindicatos y técnicos comunicativos, de tal modo que el espacio público de la pantalla política trocea, en función de los partidos, los rostros de la noticia y los focos de información opinada. Quedan escorados, si no barridos, el resto anónimo de la población, el pueblo que decide con su voluntad quién o quiénes han de representarlo.

Este problema, también acuciante, de abandono o barrido de la sociedad civil desde la política, se une, como semblante suyo implícito, al principal ya reseñado, el descrédito e involución de valores humanos. Flagrante a este respecto resulta la voluble inclinación del intelectual adherido antes a la parte que al todo, en continuo ejercicio de metonimia, sinécdoque y homología retórica. Pura filfa deshilada.

Desde tal consideración, el poder sigue ejerciendo sus atributos con modos y tiques de “memoria histórica”, como se dice actualmente, pues los caminos, métodos, convergen en función del poder mismo. Y los usos y abusos de tal convergencia se exponen cada día con menos embozo. Uno de ellos es la manipulación sofisticada del tejido docente y del empleo público. No interesa una formación crítica, lúcida, capaz de aplicar, desde el lenguaje, la reflexión y el cálculo -gramática, filosofía y matemáticas-, el análisis revelador, creativo. Tampoco importa, por ello, el funcionario competente, bien formado, analítico, capaz de formular alternativas sagaces, creadoras. Se buscan clones, bocas sumisas, sonrientes, carátulas.

Es hora de que hable el pueblo y responsabilice su voz en las urnas.
El Imparcial.  Todos los derechos reservados.  ®2020   |  www.elimparcial.es