14 de junio de 2021, 3:58:24
Opinión


Mabel Salido, poeta

José María Herrera


La poesía no está de moda. Ser poeta en una época en la que la ciencia no deja mito con cabeza ni incógnita sin solución se ha vuelto muy difícil. Dicen que ningún pentámetro puede competir con una píldora de litio. El poeta, defensor de lo mágico, lo sabe, se resiste y pelea, aunque pocos escuchan sus versos.

Hoy, al abrir de nuevo un flamante libro de poemas, La piel del tiempo, el azar me ha impuesto que tropezara con una oración en la que se ruega a Dios que nos permita seguir soñando que somos perdurables. La autora, Mabel Salido, barrunta la posibilidad de que el misterio de la vida sea resuelto un día por todos esos que hurgan en el cerebro intentando sofaldar su naturaleza. ¿Qué será entonces de nosotros?

Revolver con el corazón y la palabra los entresijos del alma mientras se radiografían cada una de sus capas en un laboratorio quizás resulte ya una extravagancia. Antiguamente, cuando el mito era algo necesario y no una amenaza que hubiera que estrangular en la cuna, se admiraba a los poetas. No es casualidad que los últimos poetas populares fueran aquellos que asociaron su voz a la de los oprimidos y los indigentes. Ahora el poeta camina solitario entre las masas anónimas que no sienten hacia él ningún interés y que lo miran como a un inadaptado o a un enfermo que produce terapéuticamente, para desahogarse.

Los poetas evocan con nostalgia y extrañeza el pasado. “Y si no existe un dios –se pregunta Vicente Gallego en un poema dedicado a la música religiosa de Vivaldi- ¿quién inspira en tu canto tan cumplido consuelo,/ extraña melodía de blasfema belleza/ que a los hombres sugieres su condición divina,/ …?” Mabel Salido lo expresa aún más claramente: “!Quién fuera poeta antiguo!/Verter lo que no tiene tiempo/en formas virginales,/mover pueblos enteros/con el poder solar de la belleza, /recrear el mundo/o cultivar el huerto, al descuido de los afanes”.

Muchos de ustedes seguramente no habrán oido hablar del libro de Mabel Salido ni tampoco de ella. ¿Se trata de una poetisa consagrada o de una promesa?, ¿cuántos premios tiene en su haber?, ¿es acaso una autora minoritaria, de culto? Nada de eso. Mabel Salido acaba como quien dice de saltar a la palestra poética, pero lo ha hecho, emulando a Atenea, con toda su impedimenta, cargada de años y de sabiduría, y con la urgencia de quien siente el peso de la edad y su apremio. La piel del tiempo, su último libro, prolongación del primero, Las estaciones, publicado hace unos meses, es una recapitulación sobre la propia vida en un momento en que, “traspuestos ya los años del dolor”, se barrunta muy cerca la hondura del pozo. Trágica, cortantemente, con la desnuda transparencia de quien no está por vivir, sino que ha vivido y conoce lo que ha vivido, sus versos despliegan ante el lector sobrecogido la dolorosa panoplia de sentimientos que acompañan necesariamente a los años (añoranza de los seres perdidos, desvanecimiento de los sueños juveniles, escepticismo antes las cosas del mundo) y lo hace de tal forma que, bajo todas esas amargas capas de dolor, oímos potente la voz firme, cristalina, de quien sabe destilar el oro de los elegidos, la palabra verdadera, sostenedora de almas.

Yo les estoy hablando ahora de esto porque creo que La piel del Tiempo es una obra maestra. Lo creo no porque sea un experto que puede pronunciarse doctoralmente sobre estas cosas, sino porque la he leído tres veces y en ningún momento he tenido la impresión de estar leyendo una obra. Leer poesía y no tropezarse con el poeta es una experiencia extraordinaria. Supongo que esto es posible porque Mabel Salido no almidona sus vivencias para darles relumbrón fonético ni tampoco finge experiencias que no ha tenido ni falta que hace.

En uno de los poemas más bellos del libro, Al borde del milagro, después de hacer un recuento de las clases de versos que hay (los que se escriben para salvar un acontecimiento, los que expresan una emoción, los que surgen de repente y no saben crecer salvo que se los cuide amorosamente), nos explica cuantos tipos de poetas podemos encontrar (desaliñados que escriben como quien se confiesa a un amigo, altivos que sólo versifican para los doctos, poetas emboscados “a la busca del claro/ donde cobrar la pieza/y en la espesura/ abrirla palpitante/ para beber su sangre/ y danzar ebrios de ella”). Su consejo, y ella sí que sabe de qué habla, es prestar oídos a estos últimos y a los otros despedirlos pronto. También es el mío.
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