16 de junio de 2019, 14:36:54
Opinion


¿Brindis por la desigualdad: Mujeres decoradoras, “Hots” y “Buenas”?

Mariana Urquijo Reguera


Mientras leía las columnas dedicadas al Día de la Mujer trabajadora escritas por mis colegas colaboradoras en este diario digital, podía leer también, en el menú de la derecha de sus palabras, frases como “Mujeres Más Buenas” o “Mujeres Hot Solas”. Espero que no haga falta aclarar de qué se trata ni explicar cómo funcionan los algoritmos de google para insertar publicidad según el bueno del buscador ha sido programado para combinar estratégicamente ciertas palabras y sus correspondientes campos semánticos, y que por ello, no tiene culpa de nada.

Esa combinatoria y este estado de opinión ha sido realizada en una cultura por personas de carne y hueso que actúan según parámetros de asociación que se supone comparten los millones de usuarios a los que va destinado el contenido de la publicidad. La disputa sobre el rendimiento de estos espacios publicitarios entra en el debate feminista de la misma manera que estas colaboradoras que declaran que la lucha comienza por firmar la paz entre mujeres y por rechazar las políticas de discriminación positiva, porque el esfuerzo individual lo puede todo.

En otra parte de este periódico leo que cuando Rajoy gane las elecciones su mujer se aprestará a redecorar La Moncloa, y de forma legítima, claro que sí, aunque estemos en crisis, ya que así lo han hecho todas las mujeres de todos los presidentes. Y si ella no se anima, ¡que contrate a un decorador! Pero que ponga su toque femenino en el hogar,… eso siempre. Y ¡ay!¡ que ganas de llorar que me entran al leer estas opiniones!

Ante tales posturas, mi feminidad se ha puesto a flor de piel y me ha empezado a picar como una dermatitis aguda que solo se explica por una reacción de tipo nervioso: muy nervioso. Muy histérico si se quiere… cosas de mujeres.

En este estado de excitación no puedo pensar, así que recurro inmediatamente a dos de mis “fuentes” (que las colaboradoras de opinión también tenemos de eso). Y conversando, charlando, compartiendo, mi cabreo recula y mis neuronas ordenan el contenido. No es que estemos de acuerdo mis fuentes y yo, pero desde luego, a ninguna nos parece tan fácil tomar partido y a todas nos parece complicado esto de Ser, y no digamos esto de ser ‘mujer’.

Me impresiona una frase que me dice mi fuente número 1. Esta fuente es diplomático o diplomática, según el que la nombre. Es una de las poquísimas mujeres de carrera diplomática de este país. Ella duda, no sabe si las políticas de discriminación positivas son buenas o no, pero sabe de su minoría cuantitativa y tiene una frase grabada a fuego en su memoria; una profesora de derecho de la Universidad de Burdeos dijo algo tal que: ‘hay que cambiar la foto para que cambie la mentalidad’. Yo suspiro. Porque estoy con la profesora de derecho y porque aunque parezca terrible, los seres humanos somos así de simples. La foto va antes que los argumentos.

La conversación deriva de forma natural hacia una imagen. El 23 F de hace 30 años la imagen del Parlamento hoy nos choca porque está vacía de mujeres. Cuando lo que observemos de la realidad no sea la cantidad de personas de un sexo u otro que aparecen en una sala, en una Asamblea, en un Consejo de Ministros y Ministras o de un cafetín, ese día seremos iguales, pero mientras tanto, hay que ser conscientes de que la historia no la ha hecho un cúmulo de anónimos individuos que han luchado por sus derechos. Ni en el movimiento de los trabajadores por su igualdad con los capitalistas ni en el de las mujeres por sus derechos.

Las leyes muchas veces no hacen sino constatar cambios en la sociedad. Pero a veces las leyes también promueven cambios. Primero la ley y luego la realidad. Porque como bien dijo Kant, hay que atreverse a ser mayor de edad y para abandonar la minoría de edad se necesita de las garantías y el fomento del estado y de la sociedad. He ahí las leyes de discriminación positiva y el resultado de la lucha por la igualdad.

Siguiendo a mi fuente 2, me llama la atención sobre si esta sociedad española, sumida en una crisis demográfica que está haciendo repensar el sistema de pensiones y el mundo laboral, si se ha planteado alguna vez la posibilidad de asumir los costes de reproducción de la propia sociedad.
Las mujeres asumen los gastos del embarazo, de la crianza, de su desgaste físico, de su inversión de tiempo. La sociedad habla de la maternidad como un hecho de individuos que lo asumen libremente. Pero esa reproducción es necesaria para el propio sustento de la sociedad. Y sin embargo, todo ese trabajo, ese esfuerzo, esa inversión hecha por las mujeres no se ve, no se visibiliza, no se cuantifica, en resumen, no se valora.

Ver, valorar y pagar son una cadena de significados y significantes que hablan de la realidad, de su cadena de valor. No se trata de números, si no de personas que luchan, sufren y viven en desigualdad porque la propia estructura y la lógica social es desigual con los varones que con las mujeres. Si esa idea no pregna en nuestra sociedad como acicate para el cambio, ¿cómo vamos a esperar que se entiendan y apliquen las políticas de igualdad?
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