13 de noviembre de 2019, 1:31:53
Los Lunes de El Imparcial

reseña


Don DeLillo: Punto omega


Don DeLillo: Punto omega. Traducción de Ramón Buenaventura. Seix Barral. Barcelona, 2010. 160 páginas. 17 €


Don DeLillo ha escrito una novela de frases cortas, de pensamientos a fogonazos. Tal vez el estilo conciso y supuestamente transparente responda al carácter científico del título. “Punto omega”, en la acepción de Teilhard de Chardin, describe el punto más alto de la evolución de la consciencia, considerándolo como el fin último de la misma. Una vez que sabes esto, dispones de más información pero no ayuda a una mejor comprensión del libro.

La novela está estructurada en torno a dos temas: la contemplación por parte del protagonista, Jim Finley, de la obra Psicosis 24 horas de Douglas Gordon en el MoMA de Nueva York y el viaje al desierto de Finley para rodar las declaraciones de Richard Elster sobre la guerra de Irak. La contemplación de la obra en el MoMA abre y cierra el libro. El viaje al desierto es el corazón de la novela, donde nada sucede como se había previsto, donde la película se aparca porque la desaparición de la hija de Elster, Jessie, obliga a dejar de lado todo lo demás.

Decía que son frases cortas, metafóricas las más de las veces: “Yo quería una guerra haiku. Una guerra en tres versos” (pág. 43), o hablando de la etimología de la palabra rendition: “Francés antiguo, francés obsoleto y tortura por poderes” (pág. 48). El estilo narrativo se asemeja a flashes descritos desde diferentes momentos, observando la escena de nuevo desde otro punto de vista. Disiento de las reseñas en las que hablan de esta novela como un libro sobre la guerra de Irak. No es así, el trasunto podría haber sido cualquier otro. En Punto omega, en realidad, no se habla de desiertos ni de videoarte, sino que se trata de una reflexión alambicada sobre el tiempo. Creo que es el aspecto más relevante de la novela, cuya trama no resulta especialmente interesante ni atractiva, pero sí sus reflexiones en torno al tiempo y la vida. Hay muchas alusiones que podría citar, pero terminaré con una de las que me parecieron más sugerentes: “…Todo consiste en tiempo, tiempo tonto, tiempo inferior, la gente mirando el reloj y otros artilugios, otros recordatorios. Esto es el tiempo que se vacía de nuestras vidas. Las ciudades se construyeron para medir el tiempo, para apartar el tiempo de la naturaleza” (pág. 62).

Por Mayte Ortega
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