15 de diciembre de 2019, 18:13:47
Opinion


Libia: razones e ideales internacionales

Juan José Laborda


Mientras esperamos la reunión de la Liga Árabe para que ésta adopte alguna postura sobre Libia, el debate de los europeos ha llenado el espacio institucional de cierta confusión. Los Estados Unidos, con cierta razón, manifiestan que esa parte de África es prioritaria para Europa, mientras que ellos se ocupan de otras regiones inestables: Baréin, Afganistán, Iraq, Irán o Palestina.

La decisión de la Unión Europea, el viernes 11, tuvo el inconfundible estilo del pacto diplomático: se acordó que Gadafi no es interlocutor, y sus adversarios, agrupados en torno al Consejo Nacional para la Transición, fueron consideraron “interlocutores válidos”. El primer ministro británico, Cameron, y el presidente francés, Sarkozy, habían representado posiciones audaces antes de esa reunión.

Propusieron reconocer a los rebeldes como gobierno legítimo de Libia. La canciller alemana, Ángela Merkel, adoptó una actitud más legalista: se reconocen Estados y no gobiernos, y se mostró escéptica con la decisión común, y advirtió que Europa no podía verse envuelta en una larga guerra civil. Algo recordaba a la doctrina de la “no intervención” con el conflicto bélico español en 1936.

Merkel ahora puede recordar la postura que Jacques Chirac mantuvo con la invasión de Iraq, acordada entonces por Bush. En esta ocasión el presidente francés, Sarkozy, está alineado con los británicos. Cameron, hasta cierto punto, es una continuidad con la postura que tuvo Blair interviniendo en Iraq. ¿A qué se debe tal persistencia en el Reino Unido? A las razones derivadas de su pasado colonial en la zona, se añade el recuerdo de Margaret Thatcher, derrotando militarmente a los dictadores argentinos en 1982. Aquél acontecimiento, en mi opinión, influiría decisivamente en la política exterior británica (y en general anglosajona). Esa actitud intransigente con los déspotas mundiales recordaría a Winston Churchill, el héroe democrático luchando solo contra el fascismo europeo. Con una diferencia que viene de “la memoria colectiva”: Thatcher obtuvo después un triunfo arrollador en las elecciones. Y en el lado norteamericano, la imagen de Roosevelt venciendo al mal hitleriano, era un reclamo para que Bush se dispusiera a acabar con Saddam Hussein. Y en este juego de espejos del pasado, el camaleónico Nicolás Sarkozy, se ha despegado de la herencia de Chirac: Francia se apunta a forzar la legalidad internacional, saltándose a las Naciones Unidas si fuera necesario. El presidente francés intuye que la opinión pública irá por ahí; y de paso está encantado de que los socialistas franceses se encasillen como defensores de la ONU: aparecerían como aliados de los alemanes, en otra escandalosa versión de “no intervención” (si Gadafi masacra a los resistentes, por ejemplo, en Bengasi).

Todo esto ocurre porque el sistema internacional de las Naciones Unidas tiene serias deficiencias. La Carta de San Francisco de 26 de junio de 1945, aunque era idealista con situaciones políticas como la de la Rusia de Stalin, podía exigir a los Estados unos formales acatamientos a su articulado. Por ejemplo, la España de Franco no fue admitida porque no respetaba los Derechos Humanos de la Carta. Sin embargo, el 15 de septiembre de 2009, el embajador libio, Alí Treki, presidió la Asamblea General de la ONU, gozando de un amplio consenso (ahora ha vuelto para sustituir al anterior, que se pasó a los rebeldes).

Charles Krauthammer, un comentarista norteamericano, ha provocado una polémica intelectual porque ha escrito que lo que sucede en los Estados árabes da la razón a Bush y a “su agenda de la libertad”. Tienen razón los que han criticado a Krauthammer porque esa “agenda” sólo sirvió para liquidar a los enemigos de los americanos –Saddam fue el ejemplo-, pero no dijo nada acerca de gobiernos igualmente despóticos (como el de Gadafi, al que Condolezza Rice visitó con gran despliegue diplomático). Krauthammer ha sido calificado por varios periodistas europeos como un “neocon”, y esa característica no parece ser cierta. Aparte de haber trabajado con políticos de la más ortodoxa línea “liberal”, es decir, de izquierdas, como Walter Mondale, Krauthammer sostiene tesis en relación con el aborto, las células madre, la pena de muerte, el medio ambiente y el darwinismo que están en la clásica línea de pensamiento progresista norteamericano. Su punto de vista favorable a la doctrina de “la agenda de la Libertad” ¿no expresa el hastió ante una ONU que se ha desviado de sus ideales democráticos a causa de los intereses geoestratégicos?

Y esto nos sitúa delante de las hipocresías internacionales. Para muchos de los gobiernos árabes, un cambio en Libia les da vértigo. Otro tanto le pasa a Netanyahu con la posible democratización de Egipto. Veremos lo que acuerda la Liga Árabe. Nunca como hoy se necesita una acción multinacional para defender la libertad de esos pueblos, y sin embargo, nunca hubo más complicaciones para que la ONU cumpla con sus ideales (y la Unión Europea con sus grandes normas legales).
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