18 de junio de 2021, 20:41:22
Opinión


Japón: el dolor, los desastres y la literatura



En 1212, un japonés, Kamo no Chomei, escribió un librito llamado “Hoojoki”, traducido por Jesús Carlos Álvarez Crespo en el año 1998 como “Un relato desde mi choza” por primera vez al español, y publicado por Hiperión. El libro se tradujo antes al inglés por Donald Keene en 1976 en una preciosa edición cosida a mano en papel “masa” japonés en la Banyan Press.

El libro cuenta de forma autobiográfica el retiro de Kamo no Chomei a una choza tras vivir cuatro desastres: el incendio de Kioto de 1177, el tifón de 1180, la hambruna de los años 1181 y 1182 y el terremoto de 1185. Pertenece al género de los “sooshi” o libros de impresiones, entre los que también se incluye el delicado “Libro de la almohada” de la poetisa Sei Shoganon, y el “Tsuredzureguza” de Yoshida Kenkoo. “Un relato desde mi choza” es un libro de respuesta a la vida y a sus desastres, una reflexión real sobre los límites de la naturaleza y el ser humano, un reflejo del achicamiento del alma la búsqueda de lo real en el interior, que en nuestra tradición viene de Heráclito, Séneca y desemboca en la búsqueda de la descansada vida de Fray Luis de León.

El libro de Kamo no Chomei se abre con un párrafo de obligada memoria: “Fluye incesante el río y su agua nunca es la misma. La espuma flota en el remanso, ora formándose, ora disolviéndose, permaneciendo efímeramente. De igual forma sucede con el hombre y sus moradas en la Tierra.”

Más adelante, habla del paso del tiempo: “Las mansiones se desvanecen para ser sustituidas por otras más pequeñas. Así sucede también con sus moradores. El lugar en sí no cambia, ni tampoco la muchedumbre. Y aun así, de las veinte o treinta personas que un día conocí, apenas quedan una o dos.” y del paso de los seres humanos: “Una casa y su dueño son como el rocío, que se concentra en los pétalos del dondiego de día: ¿cuál de ellos se descavenecerá antes?”

Hablando del hambre, comenta: “¡Había tantas visiones que rompían el corazón...! En las parejas de amantes, aquél cuyo amor era mayor, era el primero en morir. Se reprimían y daban la exigua comida al que más querían.”

Y de los elementos naturales: “De los cuatro elementos, el agua, el fuego y el viento son la causa de grandes calamidades, pero la tierra no suele traer catástrofes tan a menudo.”

De las personas: “Si dependes de alguien, acabas por pertenecerle. Si te haces cargo de otros, serás esclavo de tu propio afecto y devoción. Si te adaptas al mundo, se sufre mucho. Si no, te vuelves loco. Y viene entonces la pregunta: ¿Dónde y cómo podría vivir?, ¿dónde encontrar un lugar para descansar un poco?, ¿y cómo dar paz pasajera a nuestros corazones?”

Kamo no Chomei dio pregunta a esta respuesta en su sexta década, construyendo con sus propias manos una chocita de nueve metros cuadrados, “como un viajero que levantara un tosco refugio para una noche, como un viejo gusano de seda tejiendo el último capullo”. Comenta: “El hecho es que a medida que me hago más viejo, mis casas son cada vez más pequeñas”. Allí vivía con un “koto” y una “biwa”, un instrumento de cuerda y una flauta, y tres cajas negras de piel, una para poesía, otra para música y otra para transcripciones de obras religiosas. Cuenta que en primavera “las glicinas se rizan cual olas”, en verano oye a los cucos, en otoño el canto de las cigarras, y en invierno “la nieve se amontona como el pecado de los humanos y se derrite en señal de expiación”. También, “cuando no estoy de humor para los cánticos, ni deseo leer los sutras, puedo escoger el descanso u holgazanear si quiero. Aquí nadie me lo impide, no hay nadie ante quien avergonzarme”.

Pasa así más de cinco años. De vez en cuando, juega con un niño que le visita. “Como no me mezclo con la sociedad, mi apariencia no importa. Mi comida, aun siendo escasa, sabe a gloria”. Una de sus últimas reflexiones es: “Buda nos enseñó que no debemos tener apego a las cosas y, sin embargo, la forma en que adoro esta choza es pecado en sí misma. Estar apegado a la tranquilidad y a la serenidad debe ser igualmente un impedimento.”


La sencillez, la aceptación de la naturaleza --sea bella o terrible--, el desapego, la inocencia, la compasión, la serenidad, la búsqueda inquebrantable de la verdad interior, el deseo de seguir el propio camino aceptando al otro y sin querer dañarlo, la aceptación de los propios errores, todo eso está en Kamo no Chomei, en el relato desde su choza. Y está en los japoneses que ahora hacen colas en los supermercados derruidos sin protestar ni intentar adelantarse, en su silencio ante la bofetada de la naturaleza, en su aceptación del sufrimiento, en su no buscar culpables externos ni criticar al de arriba o al de al lado, en su despedirse de los muertos con un simple “nos veremos en el más allá”.
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