10 de diciembre de 2019, 2:09:05
Opinion


Los frágiles tobillos del David

Concha D’Olhaberriague


El David de Miguel Ángel Buonarroti es, sin duda, una de las esculturas más famosas del mundo. Desde hace mucho tiempo, sin embargo, no se puede apreciar con la perspectiva adecuada. En la Galería de la Academia de Florencia, donde está expuesto el original en mármol a partir de 1872, el espacio cerrado, si bien luminoso, no procura la distancia conveniente para contemplarlo desde cualquier punto de vista.

Su inmenso tamaño, superior a los cuatro metros -o a los seis si se mide con el pedestal- delata de forma paladina que el artista lo esculpió para el exterior, y la cabeza y las manos pierden el efecto óptico buscado y resultan muy grandes.

Aunque en un principio se iba a colocar en la parte superior del ábside de la catedral, el pueblo dio su visto bueno al lugar elegido por una comisión formada por Leonardo da Vinci y Sandro Botitcelli, entre otros, la plaza de la Señoría, dando preeminencia así a su significado cívico antes que al religioso.

Actualmente, en este emplazamiento se halla una copia en bronce.

El atlético rey de Israel, a punto de cargar la honda de su mano izquierda con el guijarro que sujeta en la derecha, se tornó en el símbolo más visible de la libertad de la República, presta a combatir con vigor y decisión al enemigo.

El maestro de la piedra viva disfrutaba paseando por las canteras de Carrara de color gris ceniciento veteado, y en el punto sin moldear de la coronilla del David dejó la huella y el vínculo de su origen. Miguel Ángel concebía el arte de esculpir, su faceta artística principal, como si de una auténtica metamorfosis se tratara. En cada bloque yacía agazapada una figura humana a la espera de quien supiera descubrirla y recuperarla.

Buen conocedor de la anatomía humana, el genio renacentista toscano no vacila en inventar un músculo en la muñeca derecha con el fin de realzar el dinamismo, ni le importa curvar la espalda acoplándose a un defecto del material. Al parecer, fue acusado de profanación por los familiares de un difunto tras diseccionarlo con el objeto de estudiar la morfología.

Siguiendo las enseñanzas de los grandes artistas de la Grecia Clásica, cuyas obras le fascinaron en los jardines de los Medici, su David configura un todo admirable e imponente, bello, fuerte y bizarro.

Ningún personaje histórico de la Antigüedad helena encarnó dichos valores mejor que Alejandro Magno, el de cabellera rizada evocadora de su poderío leonino. Y los bucles de David simulan una majestuosa corona natural que enmarca la expresión vigilante de su mirada y caen con prestancia por la nuca, dejando libre el oído atento.

Desde su nacimiento en 1504, tras cuatro años de gestación, el heroico rey bíblico ha tenido que defenderse de múltiples ataques de distinta naturaleza. El primero lo sufrió a los pocos meses de vida. Unos exaltados partidarios de los Medici, con poder en horas bajas en aquel entonces, lanzaron pedruscos contra él al ser trasladado desde el taller al Palazzo Vecchio, en una excursión de cuatro días. Poco después, volvió a ser dañado en un tumulto político, y, ya en el siglo XIX, un dedo de la mano derecha tuvo que serle restaurado.

El atractivo sin par que ofrece a los dementes aquejados de erostratismo fue la causa del martillazo que le propinaron en un dedo del pie a finales de la centuria última.

Los peligros que le acechan en nuestros días se suman a los mencionados. Un informe reciente avisa de la fragilidad de los tobillos de la colosal estatua, restaurados con motivo del quinto centenario hace siete años. El estuco que se aplicó en las microfisuras de los pies y el tronco de laurel donde apoya la pierna derecha se ha abierto parcialmente. Los expertos previnieron más de una vez del perjuicio que iba a provocar la vibración ocasionada por el torrente de visitantes de la Galería.

Hace un par de días leí en la prensa una noticia que me inspiró el presente artículo. Ahora, es el tren de alta velocidad, conocido como TAV en Italia, el que amenaza con desmoronar la obra maestra de Miguel Ángel.

Como si fuera un atleta de carne y hueso, los delicados tobillos de David serán sometidos a una prueba de tecnología puntera, máxima precisión y horrendo nombre: tomografía axial computerizada o TAC. Los resultados dirán si hay lesiones en la gigantesca pieza y qué decisión conviene tomar acerca del túnel ferroviario planeado en las inmediaciones del museo.

En honor a la verdad, yo no renunciaría a proteger al David, ni tampoco a un tren que te permite leer o contemplar el paisaje, pasearte por una ciudad no tan próxima, y volver a tu casa en el mismo día.

Hagamos votos, pues, porque los florentinos disfruten, sin exclusión ni menoscabo, de ambos placeres.
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