21 de septiembre de 2021, 3:24:44
Opinión


Japón, tsunami y Estado de Derecho

José Eugenio Soriano García


El maremoto que ha anegado Japón, con su secuela de muertos, desaparecidos, catástrofes, daño, no podrá con los nipones. En vez de lamentarse, han comenzado ya a luchar por su destino, individual y colectivamente. La Bolsa funciona, el Metro también, la distribución de agua y alimentos es un hecho cotidiano. Entierran a sus muertos, con dolor, también con dignidad. No están haciendo del luto general una humillación del archipiélago. El debate nuclear, esto es la polémica sobre la seguridad de la central nuclear afectada por el maremoto y el terremoto, se hace de forma precisa y atendiendo principalmente a las exigencias actuales de seguridad, sin hipérboles ni exageraciones más allá de algún sujeto aislado que siempre tiene que existir.

Es la idea de orden la que está en la base de esta prodigiosa recuperación moral, a la cual seguirá, es seguro, la económica, ambiental, en fin, cultural.

Japón es una vieja civilización, con tradición – algo importante como elemento compactante de la solidaridad social – y que se respeta a sí misma. Me parece de algún interés comentar estos dos puntos y lo que desde la perspectiva del Derecho puede adivinarse que existe detrás de ellos.

La idea de tradición es fundamental. Una tradición no es otra cosa que la aceptación actual de la bondad de la forma habitual y antigua de resolver los asuntos. Implica que una inercia histórica basada en la costumbre y el uso (conceptos ya jurídicos) son fórmulas adecuadas para resolver las cuestiones cotidianas, los problemas de la vida diaria, y, también, los excepcionales. La excepción, la sorpresa, lo inesperado, actúa como una súbita aparición de una realidad traicionera que no podía ni planificarse ni programarse por quien la sufre. Y sin embargo, esa situación sirve para poner a prueba la resistencia moral y psicológica de quien sufre el ataque del desconcierto, del improviso, de lo inesperado. Y tras ese examen, si la respuesta es la apropiada, procede desde luego atender a lo que tu moral y tu preparación habitual, basada en tu tradición, te permite para responder así a una realidad dura, injusta o incluso catastrófica.

Y la idea de respeto a sí mismo, unida precisamente a la tradición, implica un elemento de dignidad, de autoconfianza, de autoestima. Y se basa exactamente en esa tradición, en la aceptación legítimamente orgullosa de tus ideas clásicas, no cambiables por moneda falsa ni por la mercancía averiada de la corrección política. Supone un cierto desafío frente a la invasión forzosa de quienes pretenden sustituir todo el arsenal de conductas y de ideas propias por una importación clandestina y sin pagar aduanas de “ideas- porque- sí”, porque “son las ideas modernas” dicho sea con una autoafirmación complaciente, fatua y sin más autoridad que el autoritarismo violento de quien desprecia lo que ignora. Y Japón, los japoneses, en general, han incorporado una modernidad absolutamente asombrosa y de primera magnitud a un conjunto de tradiciones y usanzas de las que no renuncian fácilmente. Usos y costumbres que, precisamente ahora, les permiten abordar el desastre natural con una entereza y un decoro que es ya la primera muestra de que van a invertir en ellos mismos en capacidad para salir adelante.

Nada que ver con las actitudes plañideras, victimistas, débiles, oportunistas, con las que la gruñona vieja Europa, viene actuando sobre sí misma, y que en la España actual llevan a una negación de sí misma absolutamente demencial y peligrosa.

La pregunta del jurista, ha de ser, entonces, qué clase de Derecho sirve a este tipo de actitudes. Y creo que la clave se encuentra, hoy, en que la idea de orden supone la aceptación de que en toda relación social, incluso en los momentos más dramáticos, el Derecho ha de ser el lenguaje común de todos los afectados. Por eso, el Gobierno japonés confía extraordinariamente en que cuando está ahora impartiendo órdenes e instrucciones administrativas, éstas van a llevarse a término, a cumplirse y con aceptación de miles y miles de ciudadanos que confían en que su Derecho les permitirá construir entre todos un elemento reparador de la injusticia que la Naturaleza ha querido tener contra ellos. Y fácil resulta deducir que todo lo que suponga la reconstrucción se hará mediante normas que en su aceptación inmediata supondrán una clave para conseguir el mutuo reconocer que solo a partir de su añejo y tradicional ordenamiento podrán lograr la definitiva superación.

Fácil resulta augurar – además de desear – que los japoneses saldrán pronto de ésta maldita situación. Que no serán Haití, lleno de corrupción y falta de respeto por el Derecho interno e internacional. Que el sistema de compensaciones funcionará debidamente entre ellos mismos. Que no habrá un oportunista que saque ventaja como buitre de la carroña.

El respeto al Derecho está en la base de la organización social nipona. Ha tenido históricamente también su lado negativo, ya que el principio de lealtad se extremó en términos que desde luego nos parecerían totalmente exagerados por inoportunos (así en la Segunda Guerra Mundial) y también la aplicación interna, doméstica, de ese Derecho con menosprecio al que no era nipón, tuvo consecuencias letales para las relaciones jurídicas internacionales. Éste era el fallo principal de las tradiciones jurídicas niponas: intensa aplicación dentro, exclusión e inaplicación fuera.

Corregido ese grave defecto precisamente tras perder una guerra, los nipones han sabido mantener lo que de excelente tenían en su haber jurídico: costumbre, usanzas, usos y respeto por la Ley.

Ahora, ese Derecho, permitirá también lucir, como el sol que es el símbolo de Japón, y ofrecer, de aquí a poco, un verdadero ejemplo, que servirá para que el resto del mundo aprenda que detrás de un gran país hay un gran respeto por su Derecho.

Confiamos en que la recuperación se haga pues con enorme justicia. Con Justicia, con mayúsculas.
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