20 de noviembre de 2019, 20:44:08
Nacional

paso cambiado


Zapatero no acierta ni cuando rectifica



Siete años de discurso antinuclear de Zapatero. Y cuando gira en redondo, acuciado por la penuria de una España en crisis irrefrenable, se encuentra de bruces con el absolutamente inesperado segundo gran accidente nuclear de la Historia: Fukushima. Más de dos décadas de paz nuclear desde Chernobyl se vienen a quebrar apenas dos semanas después de que nuestro Gobierno pasara de su infantil “Nuclear no, gracias”, a “Nuclear, qué remedio”.

Ahora, Zapatero no sabe cómo recomponer la figura. Retomar el discurso antinuclear no sería creíble. Y, además, él y su Gobierno ya han concluido (y legislado) que algunas energías renovables, como las fotovoltaicas, eran un camelo pasto de especuladores, ineficientes, carísimas y sólo útiles para la propaganda demagógica que se puede pagar sólo en tiempos de bonanza.

Pero tampoco puede refugiarse el Gobierno en el estatus energético basado en el petróleo y el gas, máxime cuando la tierra de sus productores está temblando en lo político más aún que Japón en lo físico.

Resultado: la máxima perplejidad. Y la solución, la que Napoleón decía que se empleaba cuando no se quería hacer nada: crear una comisión. En este caso, demostrar una gran actividad para revisar lo que está revisado hasta la saciedad, la seguridad de las centrales. Por ejemplo, con el estudio del impacto de un eventual tornado. Como lo oyen: un tornado letal sobre Garoña o Cofrentes.

Es estúpido explicar que en esa eventualidad pasaría exactamente lo mismo que se suponía que podría pasar hace un año. Nada, salvo que el tornado fuera de tal magnitud que su agresión contra le central sería una nimiedad en relación a su impacto destructor.

Obviamente, si un tsunami de veinte metros recorre toda Castilla y engulle Madrid, a lo mejor afecta a una Central en Guadalajara. Si otro tsunami inunda Barcelona, tal vez afecte a Vandellós. Pero no se puede gobernar con la hipótesis de los efectos para España de la destrucción de España, porque la consecuencia supera a la causa. Vamos, que importa una higa por qué la Península Ibérica ha desaparecido de la Tierra, una vez que esto (lógicamente improbable) se haya producido.

Por lo tanto, lo lógico y no demagógico es aguantar el tipo. Si queremos superar la Edad de Piedra, en la actual coyuntura de necesidades energéticas (cuando hasta los ecologistas necesitan electricidad para denunciar la generación de esa electricidad) o aguantan nuestros Gobiernos y sociedades a pie firme con el mix entre la nuclear, la gasística, la petrolífera, la combinada y la renovable, o podemos volver a reunirnos con velas sobre los manteles, viajar en tartanas y bajarnos películas de la red por medio de ábacos. O, en el plano menos festivo, podemos paralizar las transacciones económicas mundiales, el desarrollo tecnológico, las comunicaciones y la información.

Naturalmente, las necesidades de progreso tienen peajes. Y conviene el mayor celo protector dentro de lo humanamente posible. Pero aquí no hay más cera que la que arde, por muchos bandazos que den los Gobiernos, desde Zapatero a Ángela Merkel. Lo que pasa es que a los dos les ha pillado Fukushima con el pie cambiado.

En el caso del español, para un momento de lucidez que había tenido en la Legislatura al mantener la imprescindible energía nuclear española, viene un tsunami y le deja sin relato. Está claro que no le sale una, ni a derechas ni a izquierdas.
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