17 de septiembre de 2021, 23:45:07
Opinión


Se reproducen por minutos las turbulencias en el mundo árabe-islámico

Víctor Morales Lezcano


No le falta razón a Pedro Martínez Montávez, arabista de razón donde lo haya, cuando comenta que las sacudidas que viene sufriendo el norte de África y -más “in extenso”- el conglomerado árabe-islámico, no es sólo noticia de hoy. Es decir, que las crisis contemporáneas en el orbe árabe-islámico datan de hace un siglo y medio aproximadamente, han conocido varias ediciones y tendrán alguna que otra después de que se remansen las turbulencias del momento actual.

El escenario del desierto libio que se extiende entre Ras el-Ajdr en la frontera de Túnez, y Tobruk, antesala del flanco occidental de Egipto, viene siendo escenario dramático de una sublevación civil y militar contra el régimen del coronel Gaddafi: Bengasi y Cirenaica “versus” la capital de la República y Tripolitania.

Dejando aparte la pugna desigual que se ha entablado entre los contendientes durante los últimos diez días, resuelta con el asedio y toma de las posiciones rebeldes por las tropas gubernamentales, no se debe dejar de subrayar la ambigüedad, frente al conflicto armado en Libia, de instituciones de ámbito internacional, como el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, el G8, la misma Liga de Estados Árabes y los países integrantes de la Eurozona.

Si todas ellas condenan el estilo y procedimiento represor de las tropas gubernamentales, se estima también, aunque no se profiera, que Libia es todo un arsenal energético, depositario de considerables bolsas de petróleo y gas. O sea, que el hemisferio occidental no puede prescindir, en nombre de la justicia universal, del suministro energético con el que el coronel Gaddafi hace rehén a no pocas potencias desarrolladas, aunque dependientes.

El presidente de Estados Unidos encarna antológicamente esta dualidad occidental ante el drama interno de Libia. Porque, y ello está muy claro, en Libia de lo que se trata es de un “conflicto interno” que no se ha resuelto a través de una insurrección popular triunfante, como sí ha ocurrido poco antes en la escenificación popular del Bulevar Bourghiba y de la Plaza de la Liberación cairota.
Al no ser el actual escenario libio un mero calco del tunecino o del egipcio, los “dilemas morales” de Occidente, han iniciado su recorrido habitual por el cuerpo del derecho internacional y de la opinión pública -dos variables que no convergen siempre.-

El decisionismo intervencionista del asesor presidencial, Domilon, aparentemente avalado por la secretaria de Estado americana, encuentra un contrapeso en la cautela (¡indecisión!, proclaman los republicanos más feroces) de Barack Obama ante el capítulo de la confrontación interna que abate a Libia. Y como no hay dos sin tres, las sospechas cruzadas que anidan en Riad y en Washington están intensificando, a su vez, la desconfianza entre saudíes y americanos. Una desconfianza entre aliados que se difunde, subterráneamente, desde el rey Abdullah y el príncipe heredero de Arabia Saudí al entorno palaciego y financiero del país. No gusta demasiado al núcleo petrodólar, el modo como Obama se está enfrentando a las insurrecciones dispersas que suben a la superficie en algunos emiratos del Golfo. Piénsese, por ejemplo, en la isla de Bahrein, en cuyo escenario social el gobierno y los círculos sunníes vienen topándose con las protestas antigubernamentales de la numerosa población chií. La diplomacia de Riad teme, en lo más profundo de su “almario”, que Irán puede capitalizar a la larga esta disensión en aguas del Gofo para beneficio de su inventario regional.
Procede apuntar a que si nos referimos al escenario saudí, es debido ello al peso que tiene la península de Arabia en la producción del combustible que se consume en el mercado internacional, y del americano en concreto. Además del inveterado entendimiento que Riad ha querido mantener con los Estados Unidos desde el inicio histórico de la presidencia de F.D. Roosevelt a partir de 1933.
Si se dañara esta alianza interesada, no sólo repercutiría ello en su tejido histórico, sino que la secuela peligrosa de su debilitamiento, podría afectar al contencioso árabe-israelí, en el que Arabia Saudí -como ha sido el caso de Egipto a partir de 1981- ha jugado un papel de moderador entre Al-Fatah/ Hamas, de un lado, y los diferentes gobiernos de Israel que se han sucedido desde 1967 en Tel-Aviv, de otro.

La situación general que predomina es de incertidumbre e imprevisibilidad. Habrá que seguir de cerca las pistas que emerjan a la superficie en la que se manifiestan los cálculos que hacen los protagonistas principales del período turbulento que se está atravesando en el mundo árabe-islámico.
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