21 de septiembre de 2021, 4:09:06
Los Lunes de El Imparcial

crítica


Ramón María del Valle Inclán: Narrativa completa


Ramón María del Valle Inclán: Narrativa completa. Edición e introducción de Darío Villanueva. Espasa. Madrid, 2010. 2 vols. 2.112 páginas. 60 €


En un país cuya cultura se mece a golpe de aniversario y otros vientos ajenos al arte extraña el caso del éxito de Valle. La vitalidad de la obra del autor de Luces de Bohemia no proviene tanto de que ahora se cumpla el 75 aniversario de su muerte, sino de la valía de este escritor total; total por la renovación que efectúa de la escena teatral, por sus tanteos poéticos y, lo que aquí nos ocupa, por la extraordinaria altura de sus novelas, como demuestran estos dos gruesos volúmenes que atesoran la Narrativa completa del autor arousano.

La edición del académico Darío Villanueva, destacado especialista valleinclanesco, ofrece con razón y perspicacia la imagen de este Valle total, para el cual reivindica un tratamiento distinto, como ha venido pidiendo desde hace tiempo el elegante profesor en otros libros y artículos más técnicos. En un certero prólogo, colofón de antiguas publicaciones suyas, sitúa a Valle en órbita del modernismo internacional, distinto de ese modernismo hispano que se atribuye a Rubén Darío, y donde el escritor gallego revela su talla definitiva, a la par de las principales figuras coetáneas de la literatura: James Joyce, Faulkner, Kafka o Thomas Mann.

Se dice que la novela es género de madurez y sin embargo Valle fue un excelente novelista desde su juventud. La crítica lo ensombreció durante años por esa gran creación del esperpento, con la que se pretendió achicarlo al convertirlo en el producto más refinado del tipismo español. Por arte de birlibirloque se mostraba un Valle representante de la literatura carpetovetónica más acendrada cuando en realidad era y es, no arriesgo al decirlo, un clásico universal. Lázaro Carreter y después Darío Villanueva, entre otros, lucharon por corregir esa imagen limitada del escritor.

Empecemos por decir que Valle fue un escritor profesional. Zola fue el primero en emancipar al artista del mecenazgo profesionalizando la escritura, y en España Galdós marcó rumbo. Toda la obra de Valle refleja a las claras la precariedad del escritor profesional; ahora bien, su genialidad hizo de la necesidad virtud. Sin duda el imperativo de vivir de lo escrito marca el intrincado laberinto textual de su obra, en la cual nada se pierde, todo se recicla con un nuevo matiz, aportando inéditos significados. Así, los cuentos de la primera época, por ejemplo, resurgen en las Comedias Bárbaras y estas a su vez en La guerra carlista en un “continuo tejer y destejer de sus textos”. De este tipo hay multitud de ejemplos ya que Valle imita y no inventa; y a veces copia, fundamentalmente así mismo. Fue un escritor sin par que vivió para la literatura y en la literatura; de hecho, tuvo nombramientos oficiales que nunca cuajaron en su acusada personalidad pespunteada con ribetes decimonónicos: catedrático de Estética de las Bellas Artes, director de la Academia Española de Bellas Artes de Roma, conservador del Patrimonio Artístico Nacional o presidente del Ateneo de Madrid, donde con su característico ceceo creó su propia tertulia. Incluso, y aun de forma fantasiosa, Max Aub soñó sucederle en el sillón “i” minúscula de una ficticia Academia Española de la Lengua, a cuyos integrantes llamaba “esos cabrones del cotarro académico”.

Valle publica en diversas cabeceras sus primeros bocetos literarios (Café con Gotas en Santiago, La Ilustración Ibérica en Barcelona o El Globo en Madrid). En 1892 viaja a México donde publica cuentos y narraciones breves en distintos periódicos, que de vuelta a Pontevedra y previo aliño, volverá a utilizar. Su primer libro, Femeninas (1894), con prólogo de Manuel Murguía, narra “Seis historias amorosas” que, aun con diferencias de fondo, hacen recordar los Amores del italiano Carlos Dossi, recientemente traducida y publicada en España. En aquella primeriza novela aparecen ya personajes constantes en el futuro universo narrativo del gallego: la Niña Chole o don Juan Manuel Montenegro. Tras esta redacción, Valle se presenta al Madrid de las tertulias de principio de siglo con algunas notas de la futura configuración de su propio personaje: barbas “de chivo” (Ruben Darío dixit), melena inculta, lentes quevedescas, capa española y botines blancos de piqué. La culminación de Valle como personaje de sí mismo alcanza clímax en el famoso altercado de la tertulia del Café de la Montaña, en 1899. Allí y por disputar con Manuel Bueno, un sentido bastonazo incrusta un gemelo del puño en su muñeca izquierda. La amputación forzosa tras la infección y gangrena, remató la función pues nunca renunció a ser un personaje de su propia obra. De tal episodio folletinesco el gallego sacó un rédito literario no escaso: recordemos ciertos episodios de la Sonata de invierno o su querencia por compararse con Cervantes. Todo ello delata a las claras cómo lo primero que a Valle interesa es crear su propia imagen para después proyectarla y diluirla en su obra. Actitud tan literaria y estética será muestra de todo el mundo artístico de este genial escritor.

La novela Epitalamio (Historia de amores) de 1897 ofrece a Valle crédito como escritor en Madrid, introduciéndole en la vida literaria de la capital, en sus revistas y en sus tertulias, aunque el éxito todavía le resulta esquivo. En aquellos años inicia su colaboración en este suplemento literario, “Los Lunes” de El Imparcial, donde precisamente publicó por entregas la que sería más tarde, ya en 1902, su primera novela de empeño, Sonata de otoño; las memorias amables del marqués de Bradomín, un don Juan “feo, católico y sentimental” como define con exactitud la nota introductoria que facilita pistas de lectura. Sonata de otoño se suma a la radical apuesta literaria que supone el año 1902 en España con la publicación de La voluntad, de José Martínez Ruiz –futuro “Azorín”–, Amor y pedagogía de Unamuno y Camino de perfección de Pío Baroja. Ese mismo año redacta un breve artículo titulado “Modernismo” en el que supo diferenciar el modernismo hispánico, legado de Rubén Darío, del ambiente europeo de principios de siglo cuyo modernismo internacional pretendía “refinar las sensaciones y su intensidad”. Después vendrían el resto de Sonatas, empapadas de los mitos y leyendas que atesoró de su familia linajuda y su tierra gallega y emigrante en las que se sirve de las lecturas emprendidas. Valle siempre escribe literatura de la literatura para, en este caso preciso, “ficcionalizar” una autobiografía ya en sí literaria, sirviéndose de los hallazgos de sus narraciones cortas anteriores.

En varias revistas presentará anticipos, variantes, muestras de sus trabajos futuros, como Flor de santidad. Historia milenaria. En 1907 casó con la actriz Josefina Blanco y, poco después, tras un estudio de excombatientes de guerra y conocer el escenario navarro ven la luz Los cruzados de la causa, El resplandor de la hoguera y Gerifaltes de antaño, que conforman el ciclo narrativo de “La guerra carlista”. Poco tiempo después acompaña a su esposa de gira por Latinoamérica. A su vuelta publica La Lámpara maravillosa, abstruso tratado de estética que significativamente hará presidir sus Opera Omnia. Este complejo libro resulta una suerte de “ejercicios espirituales” del escritor, como bien los denominó. Imbuido en un ambiente esotérico Valle reflexiona con lucidez sobre cuestiones estéticas generales y sobre su propia obra.

En la Primera Guerra Mundial visita como testigo ejemplar el frente de Verdún, comisionado por Prensa Latina y El Imparcial, periódico donde a modo de folletín publicará La media noche. Visión estelar de un momento de guerra (1917) y En la luz del día. Ambas presagian la creación de género tan novedoso como el esperpento, aquella deformación objetiva de la realidad; y que redondeará más tarde en Luces de Bohemia, del que por cierto y a modo de homenaje todos los finales de marzo sus lectores nos reunimos por el Madrid más castizo reproduciendo el alucinatorio y noctámbulo recorrido de Max Estrella.

Años más tarde, tras su segundo viaje a México, esta vez por invitación oficial del presidente de la República, publica la novela Tirano Banderas. Allí retrata la caída del régimen del tirano Santos Banderas. El uso de una “metáfora impresionista”, el novedoso tratamiento del espacio y el tiempo, el perspectivismo narrativo o la compleja amalgama de textos refundidos, de escritores mexicanos coetáneos, por ejemplo, convierten a esta en una de las novelas mejor trabadas del siglo, cumbre de la prosa valleinclanesca. En ella se encuentra un proverbial uso de la lengua, española e hispánica pues funde distintas variedades regionales para sugerir la unidad dentro de la variedad, fundamento de nuestra lengua que ahora sugiere la RAE. No en vano Unamuno redactaría en enero de 1936 una hermosa y aguda despedida a Valle Inclán que llevaba por título “La lengua de Valle Inclán”. Fue un “escritor deslenguado” como bien dijera Juan Ramón Jiménez; y concienciado, añadiríamos, porque “cada palabra suya era una lengua”. La muerte deja inconcluso el magno proyecto de El ruedo ibérico, que resulta mucho más que una parodia burlesca de los Episodios Nacionales de Galdós. En tal fresco peninsular ansiaba dar una visión literaria con pespuntes esperpénticos de la historia española desde el reinado de Isabel hasta sus días.

Todas estas novelas se recogen en esta flamante edición aderezada con la presentación de Darío Villanueva donde explora, entre otros aspectos de relieve, los significados de la simetría compositiva de las obras de Valle. Como el barbudo escritor reconoció en carta, “…desde hace bastantes años, antes de escribir un libro trazo un plano que pudiera decirse gráfico. Busco el equilibrio de las partes, como hacían los viejos pintores”. Este escritor adelantado a su tiempo reclama hoy los lectores que la incomprensión pasada le birló. En los inicios del siglo pasado, agotado el modelo realista y superado el decadentismo, surge este novelista total más allá del casticismo reductor y por encima del primor del estilo con el que siempre se le caracterizó. Proveniente de Eça de Queiroz, supera la decadencia de D’Annunzio, se empapa de la elegancia de Carlos Dossi y el dandismo del aristocrático Barbey d’Aurevilly para situarse como uno de los mejores escritores españoles e internacionales del anterior siglo. Y en estas apretadas líneas, prescindiendo de otras posibilidades, apuntamos exclusivamente al Valle novelista… Solo por eso, y sin contar con su excelso teatro, resulta ya uno de los baluartes de nuestras letras.

Por Francisco Estévez
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