27 de noviembre de 2020, 17:19:22
Mundo

tribuna


Libia o las insuficiencias de la ONU con las dictaduras



La “operación armada” contra Libia ofrece alguno de los aspectos significativos de la política internacional de nuestro tiempo. En el momento en que escribo este artículo –cuando el Congreso la autorizó-, los aliados occidentales, que lograron el mandato del Consejo de Seguridad de la ONU, empiezan a darse cuenta de sus limitaciones y de sus consecuencias.

Es bastante evidente que Camerón, Sarkozy, Zapatero, Berlusconi o Merkel, cada uno por sus motivos, adoptaron una estrategia con Libia que se explicaba por sus condicionantes nacionales. No se planificó casi nada en el suntuoso almuerzo que Sarkozy ofreció el domingo en París. Dos días después, las tensiones entre los aliados evidencian que no se había previsto mucho. Ahora se discute sobre si la OTAN debe asumir, o no, el mando de las operaciones, y en ese punto, italianos y alemanes son especialmente puntillosos (por razones, obviamente, internas). Pero también se comprueba que esas operaciones armadas no son virtuales: mueren personas, incluso niños, y además, ¿cuánto tiempo será necesario para conseguir sus objetivos?

¿Y cuáles son esos objetivos? La resolución del Consejo de Seguridad de la ONU autoriza a establecer un espacio aéreo que defienda a los rebeldes libios de los ataques de Gadafi, pero no prevé la intervención militar por tierra; la resolución del Consejo, muy genéricamente, habla de devolver al pueblo libio su soberanía.

¿Son alcanzables con lo aprobado hasta ahora? Parece problemático. Derrotar a Gadafi no será tan fácil como derrocar a Ben Alí y a Mubarak en Túnez y Egipto. Para empezar, fueron los dos pueblos los que lo consiguieron, sin demasiada ayuda de las potencias europeas. Si los occidentales, por prudencia, han convenido (en la resolución del Consejo número 1973) excluir cualquier “ocupación” del territorio, ¿estará la Liga Árabe dispuesta a entrar en Libia si los bombardeos no consiguen que los rebeldes den la vuelta a la situación política y de poder militar? Cada día que pase sin un avance notable, las críticas por la operación aumentarán. Internacionalmente, Rusia y China, con el acompañamiento de los emergentes, Brasil, India, etcétera, incrementaran sus presiones (dirán que no se puede dejar el asunto en manos de Irán, Venezuela, Cuba, y demás “Estados gamberros”).

Internamente, las opiniones públicas son extremadamente volubles: si los medios de comunicación empiezan a mostrar la cara del conflicto, con bajas propias, o de la población civil ¿cuánto tiempo resistirán sus gobiernos en la actual tesitura? Aparecerá un pacifismo entre la derecha europea –Alemania e Italia, en estos momentos-, y entre la izquierda, un neocomunismo encontrará en “la paz” un hipotético caudal electoral.

Está bastante claro que el precedente de Iraq está gravitando sobre el caso libio. Los neocon europeos –y su versión barroca española: Rajoy- aprovechan la ocasión para argumentar que Libia es lo mismo que Iraq. Se ha reiterado hasta el agotamiento que ahora la ONU ha aprobado las operaciones militares. ¿Y qué importa?, señalan los escépticos del multilateralismo y del derecho internacional. Casi todos somos escépticos sobre las Naciones Unidas (y sobre nuestros Estados democráticos), pero eso no quiere significar que se prescinda del Derecho, sino que queremos que se desarrolle aún más. Los que defienden la actuación de Bush, Blair y Aznar se parecen a los que propugnan que se linche a los delincuentes, en lugar de que sean detenidos por la policía y la Justicia. El que no funcionen bien los Estados ¿autoriza que cada cual se defienda por su cuenta? Pues eso significa la autorización del Consejo de las Naciones Unidas.

Sin embargo, la ONU tiene insuficiencias. El mundo es distinto a como fue en 1945 y en 1989. Con el colapso de la Unión Soviética, y el final de la guerra fría, cambiaron muchas cosas. Francis Fukuyama habló entonces del triunfo universal de la democracia liberal. Si esto es así, las Naciones Unidas se encuentran afectadas. Como la guerra es “un ilícito internacional”, cualquier actuación armada necesita de la autorización de la ONU para que sea legítima. En la primera guerra contra Saddam Hussein, se obtuvo esa autorización: porque Iraq invadió Kuwait. En la segunda, se intento convencer a la ONU que Saddam podía atacar a otros países con “armas de destrucción masiva”. La ONU no se creyó aquella patraña. Hoy la Libia de Gadafi no suponía una amenaza para los Estados próximos o lejanos. Pero para su pueblo era más que una amenaza: era la tiranía puesta en acción. Las opiniones públicas miraron a sus gobiernos para que ayudasen al pueblo libio que aspiraba a la libertad. En ese momento se cambiaron los paradigmas. En lugar de defender a los Estados de un ataque exterior revolucionario, ahora, las Naciones Unidas se encuentran defendiendo una revolución interna para cambiar un gobierno dictatorial. Ni hay doctrina, ni procedimientos. De algo de eso se debería haber tratado en el almuerzo de París. El gran cambio en el mundo árabe ayudará a cambiar las Naciones Unidas. Hasta entonces, sufriremos las consecuencias de la improvisación y de la falta de un Derecho Internacional apropiado.
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