24 de septiembre de 2021, 20:53:22
Opinión


Catalunya, Catalunya, über alles I

José Antonio Ruiz


Que la ganadora de Gran Hermano 12 afirme con la rotundidad dogmática de un catedrático emérito que «no hay ningún país en la Península Ibérica», hasta puede resultar una anécdota surrealista, tierna y descorazonadora reflejo del daño irreparable que ha hecho la LOGSE entre la fauna poligonera de analfabetos iletrados, cuyo ADN lleva camino de declararse genéticamente incompatible con la razón y la lógica, extenuados como parecen estar tras interminables sesiones de fornicación y despioje, tal cual el homo antecessor de Atapuerca.

Pero que el Par-lamento de Catalonia se haya prestado gustoso a hacerle la ola radiola al aforado Juan Laporta a la hora de someter a referéndum una moción declarativa del derecho irrenunciable del pueblo de Cataluña a la autodeterminación, suena, puestos a comparar, más esperpénticamente ridículo todavía que el alarde intelectual de la susodicha, que casualmente ha venido a coincidir en el tiempo con la publicación de la narrativa completa de Valle Inclán. Políticos sin luces…, de Bohemia.

Bajo la jaima del oasis, a lo que se ve, Jordi Pujol, tan partidario de las auto-entrevistas como «Rubalcaba sin ti, faisán, no soy nada», sigue ejerciendo de redactor jefe de la Catalunya uniceja, a pesar de los cuatro lustros transcurridos desde que Arcadi Espada, emulando a Indiana Jones, descubriese los restos fósiles del Jurásico totalitario de pinganillo. Sólo así se entiende la salida del armario político, a lo Luis XIV, del President, que ha esperado a su jubilación para declararse furibundamente independentista, recurriendo como coartada para justificarse ante el IMSERSO al chusquero argumento de que España «va a jodernos». ¿No será justo lo contrario, o sea, que como escribe Salvador Sostres, «el catalanismo político no quiere la independencia, sino tocar los huevos»?

Si Convergencia y Unió estuvieran unidos por una copulativa en lugar de separados por una disyuntiva, lo menos que podrían hacer es ponerse de acuerdo, pues mientras Artur Mas se declara tan soberanista como Carod Rovira y Puigcercós juntos, Durán i Lleida se desmarca como Kojak del sarpullido secesionista arguyendo que no está por otra labor que no sea la del federalismo asimétrico Hotel Palas Mahou 5 estrellas.

La Hispania de Don Pelayo ridiculizada por Juan Goytisolo, es pura vanguardia comparada con el grotesco país de porteras en el que se ha convertido esta España en Lethal Crisis identitaria, nación polisémica, reinventada a la luz crepuscular del trigémino zapaterino, dogma trinitario, que ya no sabe muy bien si es una, trina o ninguna.

Se están ganando a pulso un teletipo preventivo, vía motorista, de la Comisión Europea, donde se les conmine a que dejen de decir gilipolleces, pues no está Europa para más experimentos balcánicos. Ya no cuela el cuento ni en el Harward International Review, aunque encargue sus artículos sobre los conatos secesionistas en Scotland y Catalonia a un señor como Mario Dumont (Beyond Yes and No, May 6, 2006) que es todo menos imparcial, ejerciendo como lo hace de co-fundador del partido Action Démocratique du Québec y de miembro de la Asamblea Nacional.

Doy por hecho que entre los Vips de su club de fans se encuentra Carmina Chacón, ministra de la Guerra (de Afganistán y Libia), otrora pacifista con pegatina de la señorita Pepis, que tras su feliz maternidad, recobrada la forma física, se ha marcado una pirueta de la insumisión al ardor guerrero, y le está cogiendo el gustirrinín a lo de pasar revista a la tropa. Al tiempo, si algún día consigue ser la candidata del PSOE a la presidencia del Gobierno, acabará cantando el torito bravo de El Fary en el mitin electoral de Vistalegre.

Lo que no tengo yo tan claro es que el nacionalismo se cure viajando, pues con la de viajes que lleva dados a Madrid, el senador del PNV con fijación anti juancarlista Iñaki Anasagasti sigue teniendo muchas más cosas en común con un independentista escocés, galés o flamenco, que con un español del madrileño barrio de Chamberí, por quien llegado el caso un nacionalista catalán o vasco puede llegar a sentir displicencia o hasta inclusive aversión.

A los nacionalistas catalanes parece como si, como consecuencia de una mala caída del caballo percherón, se les hubiese parado el reloj de faltriquera en el 36, de manera que hoy siguen identificando a España con el tardo?franquismo y al enemigo de Cataluña con el sentir de un pueblo encarnado en el ente abstracto y vituperado del Estado español. Claro que también para los ultranacionalistas alemanes, Napoleón, El Ogro de Ajaccio, aún sigue vivo, suspirando por France, l’armée et Joséphine.

Statu quo inamovible. La burguesía catalana cabe toda en el Gran Teatre del Liceu, como la oligarquía de la Ciudad Condal a finales de la década de los cuarenta, que se acomodaba en su butaca de hierro colado, apoyaba su privilegiada posición social en la baranda de terciopelo granate, y entonaba el Cara al sol antes de recrearse con Wagner. Eran entonces otros tiempos, cuando el catalán Alfredo Mayo, galán y actor fetiche del cine español del Generalísimo, se había convertido en símbolo del Régimen, en un hombre de Raza; y cuando La Absoluta, dirigida por Ricardo Zamora en plena ofensiva de la División Azul, vestía de azul y blanco, y antes de comenzar el partido los jugadores, alineados en el centro del campo, saludaban a la grada con el brazo extendido en alto.

Hoy, pocos de estos seudo-demócratas orgánicos pueden decir lo que Josep María Flotats le reveló, en confianza, a Casimiro García Abadillo: que su padre lo envió a estudiar al Liceo Francés de Barcelona porque era el único sitio donde no se cantaba el Cara al sol por las mañanas.
Claro que si pasa lo que pasa, es porque en Cataluña, como en cualquier otro punto de la latitud terráquea donde haya señal de vida periodística, política o marciana, siempre habrá periodistas dispuestos a hacer méritos para engrosar el Coro de las esclavas de Borodin, y políticos tan drogodependientes de la loa, que hasta el Gloria in excelsis Deo de Vivaldi, y no digamos el Laudamus te de Poulenc, les sabrá a poco.

En la memoria colectiva que algún día será olvido sigue presente el escándalo oculto del barrio inmigrante (asimilable al ”maqueto” tan largamente vituperado por Sabino Arana) de El Carmelo, secuestrado a la opinión pública con la complicidad de los medios de comunicación afines, o sea, de prácticamente todos (excepción hecha de los insignes miembros de la «caverna mediática»), que hicieron la vista gorda cuando se desplomaron varios edificios como consecuencia de las obras del Metro, y que seguidamente fueron los mismos que aplaudieron a rabiar la aprobación del proyecto de Estatuto en el acto de exaltación pueblerina que tuvo lugar el 30 de septiembre de 2005 en el Parlamento de Cataluña, en medio mismo de una orgía inenarrable de vivas a la «Nación Catalana Libre», por parte de diputados, cronistas de cabecera y ujieres. Como cortados por el mismo patrón, todos al unísono se pusieron a cantar Els Segadors como si fuera el alirón. Y por encima de todas las voces destacó la de Joan Laporta, convertido en vicetiple, que ha cambiado el Elefan Blau por el caballo de Sant Jordi, y dispuesto parece estar a brindarnos inolvidables tardes de gloria.


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