8 de diciembre de 2021, 5:30:48
Opinión


Respetar el honor

José Manuel Cuenca Toribio


Cuando el bicentenario de la guerra de la Independencia va cansinamente adentrándose en su ecuador –el duro presente acapara atención y energías en un país intelectual y culturalmente anémico-, ciertos rasgos de la fisonomía de la conmemoración semejan revestir un carácter ya definitivo.

Entre ellos, quizá ningún se perfila acaso con mayor fuerza que el de celebrar el acontecimiento en clave de modernización. Según tal enfoque, la ominosa invasión napoleónica y el subsiguiente levantamiento nacional abrieron las puertas a la primera experiencia constitucional, que dejó atrás la España obscurantista del absolutismo y la situó en onda con los estados política y socialmente más avanzados. En el más resonante y aplaudido mediáticamente de los discursos pronunciados en torno a la evocación de la contienda por el titular de la Corona, la heroica resistencia de un pueblo inmolado en defensa de su libertad y creencias religiosas e ideológicas quedaba relegada a una nota a pie de página y caracteres menores en la interpretación políticamente correcta del conflicto antifrancés.

En los días de la Comunidad Europea y en los que, más desiderativa y propagandísticamente que en la realidad del día a día, se abaten fronteras y aproximan estados y cancillerías, es claro que será universalmente bien recibido todo lo que implique aproximación entre pueblos y gobiernos de un continente atormentado en los últimos siglos por continuos enfrentamientos. Pero, obviamente, ello en nada autoriza a la deturpación y al olvido de la verdadera historia de sus gentes e instituciones. No hay, en el tema que ahora se relata, razón alguna para validar ni siquiera mínimamente la versión “modernizadora” del alzamiento popular y, en términos reales, unánime de los españoles contra un megalómano sin escrúpulos. Rara interpretación, en verdad, la que glorifica o, al menos, legitima un oprobioso dominio militar como instrumento para la implantación de un estado de derecho. Antes de la invasión la monarquía española no era jurídica ni estructuralmente más reaccionaria que ninguna otra del continente, y Fernando vivía en una luna de miel con su pueblo, a la que resulta aventurado poner límites cronológicos o imaginar que no hubiera desembocado, en la aceleración del tiempo histórico que indudablemente se produjo al advenir la contemporaneidad, en la trayectoria seguida por las restantes monarquías que se acomodaron al sistema parlamentario.

No se vista a un santo para desnudar a otro. El gozo por vivir en una democracia no ha de llevar a la deturpación de un capítulo de nuestro pasado escrito con sangre y dignidad. Las numerosas carencias de la España de ha doscientos años y las muchas autosuficiencias de un tiempo pródigo en extender patentes de solvencia moral e histórica no pueden llevar al silencio o al olvido del conmovedor sacrificio de toda una colectividad. El propio “Capitán del siglo” así lo reconoció en sus fecundas meditaciones de Santa Helena al afirmar que los españoles de aquella hora decisiva se comportaron “como un pueblo con honor”…
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