23 de enero de 2020, 1:26:48
Opinion


Los bares electivos

Mayte Ortega Gallego


La escena se repite con cierta insistencia: llegas a una terraza en Madrid, te sientas en donde puedes y comienza el combate. El primer asalto lo emprendes tú porque el camarero no suele venir a tu terreno y te acercas a él. Hola, dices tú y con suerte gira la cara y te dice ¿Qué te pongo? A lo que tú replicas: ¿Tienes una carta? y él te la alarga de mala gana… pensando que habrá segundo asalto desgraciadamente. Siempre pierde por K.O. el cliente o eso veo últimamente. Estoy parodiando, generalizando, elevando la anécdota a categoría pero empiezo a sentir cierto maltrato en los bares madrileños. Se ha establecido una clara posición de inferioridad para el cliente, que finalmente, azares del destino, es el que paga la cuenta. No estoy hablando del consabido “el cliente siempre tiene la razón” porque el cliente puede ser un estúpido y armarte un cisco si la cerveza no presenta el grado de temperatura esperado. No es eso.

La percepción del maltrato se ha convertido en un “trending topic” entre la gente habitual de las terrazas. ¿Será que sobra demanda y a través de un comportamiento mezquino nos quedaremos sólo con los muy fieles y pertinentes? Puede que éste sea el razonamiento de algún encargado de bar. Yo ya estoy fuera. Más gente empieza a sentirse fuera.

Lo que espero es que al sentarme en una terraza, dado que me van a cobrar siete veces el coste de la cerveza, el valor añadido que me hace pagar el sobreprecio aparezca por algún lado. Por ejemplo, una tapa. Últimamente me he encontrado estas respuestas más típicas del teatro del absurdo que de un camarero. Ante la petición del cliente de unas patatas fritas, aceitunas, no steak tartare, el camarero contesta: no ponemos tapa, no tenemos nada más (en un restaurante con más de veinte platos en su carta…) o ha cerrado la cocina. Un sketch de Gomaespuma podía haber tenido menos gracia, si no fuera porque las respuestas del camarero son ciertas.

El sector descontento aboga por publicar una contra-guía “100 bares a los que no debes ir antes de morir”. Seguro que el colectivo sufriría el chantaje y la adulación por parte de los citados en la guía. No. Seremos fieles a nuestros “bares electivos” los que nos trataron bien simplemente porque cuidaban al cliente, le ponían algo de comer reconocible y no le ponían un dedo de vino en una copa de 20 cm de altura.
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