27 de noviembre de 2021, 8:53:10
Opinión


Tolerancia: se continúa a la espera

José Manuel Cuenca Toribio


Uno de nuestros universitarios de estela más anchurosa, José Antonio Escudero López, en el que las dotes de gestión se equiparan a las intelectuales –descollantes-, creó ha un tiempo el ya prestigioso Instituto de Historia de la Intolerancia. Es muy presumible que el sobresaliente estudioso de múltiples parcelas del pasado hispano pensase, a la hora de su fundación, que el siglo en el que aquél iniciara su marcha proveería de escasa materia a los futuros investigadores del centro.

En tal supuesto, tan noble esperanza se encontró frustrada desde el primer instante. La abundancia de muestras de todo género y condición que, por desgracia, la andadura del pueblo español pone sin límites al alcance de los historiadores no se verá, conforme es fácil comprobar en la actualidad nacional, restringida en el futuro. A lo que es dable advertir al observador más superficial, la vida política continuará en lo porvenir descubriéndose como cantera inextinguible en la temática, en tanto que la cultural no le irá muy a la zaga. Empero, más pesaroso aún es que la propia actividad académica, la desplegada en la que antaño se denominaba Alma Mater aporte de forma incesable los más diversos elementos para la preservación de dogmáticos y fundamentalistas. En el seno mismo de las áreas de más singular consagración al análisis de la intransigencia y el fanatismo como, verbi gratia, las de Hª Contemporánea y Filosofía del Derecho, se erigen a menudo como ostensibles ejemplos de práctica de lo condenado.

Cuando el presente español se halla más turbado por las tormentas desatadas por las campañas electorales y el antuvión de la crisis económica –en el subsuelo profundo de la existencia nacional, allá donde no penetra la propaganda ni la deturpación: más, mucho más de cinco millones de parados-, una porción destacada de la inteligencia se entrega ardidamente al sano ejercicio de otorgar patentes y credenciales de vanguardismo e inmovilismo, progreso y reacción. Dos de las principales universidades del país –una por su legendario pasado y otra por el número de sus alumnos y docentes- se ofrecen estos días como insuperable escaparate de la discordia y, a las veces, del fanatismo, a propósito de unos profesionales del insulto como argumento dirimente de polémicas y contraste de opiniones. En campo distinto al de Clío, en las atmósferas, a primera vista, más serenas de la reflexión de las bases del Derecho, un congreso celebrado en fecha última en la Alta Andalucía se vio escoltado de anatemas y exclusiones impartidas urbi et orbi por los seguidores de las dos más importantes escuelas de la materia en cuestión.

No es, desde luego, muy propicio el articulista a lavar la ropa sucia de su gremio fuera de los recintos de la institución docente. De ahí, que no prosiga la penosa enumeración de los incontables datos de la misma índole de los citados con que se alimenta la crónica cuotidiana de los trabajos y los días de no pocas corporaciones académicas y culturales. El autor clave, el paradigma de la Ilustración –Inmanuel Kant- escribió en una de sus obras maestras -¿dejó de serlo alguna?-, La paz perpetua, que los humanos “han de tolerarse en convivencia”. La virtud civil de la tolerancia se cotiza hoy en gran parte de Occidente a la baja, en su expresión más desmedrada de mero respeto e incluso indiferencia con relación al “otro”. El mismo Kant se mostraba muy reluctante cara tal interpretación, muy alejada de la identificación cordial y positiva con el prójimo que late en la mejor versión del concepto.

Pero en el aquí y ahora de nuestro país, muchos de sus habitantes, anhelosos, están a la espera de una tolerancia incluso tan menguada…
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