17 de octubre de 2019, 23:26:46
Opinion


Vargas Llosa en la Feria del Libro

Enrique Aguilar


Finalmente, gracias a la intervención de Cristina Fernández de Kirchner que frenó el intento de un grupo de intelectuales afines al gobierno para disuadir a los organizadores, Mario Vargas Llosa pudo pronunciar su discurso como orador principal de la 37° edición de la Feria del Libro de Buenos Aires, en un acto que tuvo lugar al día siguiente de su inauguración, seguido por una entrevista abierta a cargo del gran periodista y también escritor Jorge Fernández Díaz.

Frente a un auditorio colmado que desbordó la sala Jorge Luis Borges al punto de volver necesaria la habilitación de pantallas gigantes en el exterior, el encuentro no provocó ningún incidente y entre los asistentes sorprendió la presencia de la presidenta de la Asociación Madres de Plaza de Mayo, Hebe de Bonafini, quien departió unos minutos con el laureado escritor.

Cada párrafo del discurso, que Vargas Llosa propuso titular “La libertad y los libros”, merece ser leído con detenimiento no sólo por su factura literaria sino principalmente por su mensaje, tan perdurable como significativo en un contexto donde el derecho al disenso y a la libre expresión de las ideas son vapuleados a diario por quienes pretenden servir de este modo a la causa del pueblo. Los libros, nos dijo, “representan la diversidad humana”, un espejo que retrata como ninguno otro la pluralidad de tradiciones, lenguajes y mitos que habitan nuestro mundo. Y, sin embargo, es también gracias a los libros como llegamos a descubrir, por debajo de ese paisaje variopinto, una común humanidad, “una identidad recóndita sobre las diferencias y distancias que la historia ha ido forjando entre razas, pueblos y culturas a lo largo de los siglos.”

Vargas Llosa resaltó asimismo cómo los libros nos enriquecen y nos vuelven más imaginativos y críticos de un mundo al que querríamos ver transformado conforme a nuestros sueños. Se comprende, pues, que históricamente hayan suscitado la desconfianza y la censura de “los enemigos de la libertad” y de quienes, creyéndose poseedores de la verdad, “han sembrado de odio y violencia zigzagueante el curso de la civilización”. Por eso, concluyó, “defender el derecho de los libros a ser libres es defender nuestra libertad de ciudadanos”.

Ojalá este lenguaje prenda en nosotros y presida nuestros reclamos. Porque no es tan fácil recobrar libertades que han sido cercenadas, como tampoco lo es entusiasmar en su nombre a sociedades divididas entre la indiferencia de unos y la exclusión de muchos otros que, porque nada tienen, carecen de la mínima posibilidad de ejercerlas. Aún así, Vargas Llosa nos recordó que la antorcha sigue encendida y que sólo requiere de brazos para portarla.
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