27 de septiembre de 2021, 10:09:33
Opinión


José de Arteche

Juan José Solozábal


José de Arteche (Azpeitia,1906-San Sebastián,1971) es una figura cardinal en la cultura vasca de la posguerra. Sin duda fue, en primer lugar, el aglutinante de la generación de 1950, un grupo de personalidades espléndidas (Azaola, Michelena, Caro, Santamaría) que llevó a cabo en las condiciones más ásperas una obra intelectual de gran alcance. De todos estos personajes, pero también de autores que se movían en el entorno, así Tellechea o Arocena y otros, ofrece testimonio con frecuencia en las columnas o recuadros, que publica en la prensa del tiempo, especialmente el periódico donostiarra, La Voz de España, después recogidos en libros separados, y que resultan capitales para hacerse una idea de la vida cultural vasca de la posguerra. Quizás entre ellos merece mencionarse De Berceo a Carlos Santamaría, una serie de retratos esmerados que Arteche presenta no sólo de nombres destacados de la vida pública vasca, sino de oscuros, aunque representativos, tipos del País, o al menos, como gusta matizar Maite Echenique, de la Guipúzcoa del momento.

Si consideramos a Arteche, ahora individualmente, separado del grupo que él emplastaba, como escritor, podemos hacerlo fijándonos especialmente en su condición de dietarista, sin menospreciar sus estudios biográficos o sus ensayos, así su interesante monografía sobre el jansenista hendayés, Saint Cyran, propuesta, como se indica desde el mismo título, de caracterología vasca.

La intención de este recuadro de hoy es fijar la atención, sobre todo, en el diario que Arteche redacta contando sobre el terreno su experiencia inmediata sobre la guerra civil en El abrazo de los muertos. Este libro, hay que decirlo ante todo, no es el relato de una victoria, sino la constatación de una tragedia. La casualidad ha querido que coincida el momento de redacción de estas notas sobre Arteche con la lectura de un artículo, Retorno sentimental de un catalán a Gerona , La Vanguardia, 10, 2, 1939 que Josep Pla escribe, recién acabada la guerra, relatando la situación de Cataluña en ese momento: las páginas de Arteche, contra las de Pla, no reflejan exultación alguna, llaman a la reflexión sobre los errores de todos que han conducido a la tragedia y proponen ya como objetivos nacionales la reconciliación y la enmienda.

La reconsideración del Abrazo de los muertos puede hacerse en varios planos. Podemos entenderlo como una crónica de guerra, Arteche hizo la contienda, por cierto como Martin de Riquer, en un batallón requeté, y el libro refleja con bastante exactitud las vicisitudes bélicas en los frentes del País Vasco, caída de Bilbao, Aragón, entrada en Barcelona, y campaña en Levante y Castilla la Mancha. El relato abunda en descripciones horrorosas y traslada con verdadera fuerza expresiva los efectos de bombardeos, ataques a cuerpo descubierto, y ejecuciones, que escandalizan en todo caso y con independencia del bando perpetrador de tales episodios. “Por todas partes, cadáveres y más cadáveres; sus bocas desmesuradamente abiertas parecen aspirar con ansia la lluvia que cae implacable”.

El libro es un testimonio incómodo de algo que suele pretenderse ocultar o disimular: la guerra del 36 fue asimismo un enfrentamiento civil entre vascos: son múltiples las referencias que Arteche aporta de la composición vasca de los efectivos del bando nacional, así se da cuenta de encuentros de Arteche con paisanos azpeitarras, o se refieren los encargos que Arteche recibe para atender o visitar a prisioneros (no nacionales) del mismo pueblo o de la comarca. El carácter civil de la guerra, también para los vascos, jugará un importante papel en la división del País durante la posguerra, con efectos que todavía son perceptibles en nuestros días.

El abrazo de los muertos es también un libro de viaje. En medio de la dureza de la vida de la guerra, con la economía expresiva de un diario, Arteche tiene tiempo para describir una bella mañana, o resaltar el encuadre de un pequeño pueblo en la ladera de Levante. Desde luego el joven Arteche ha leído a Unamuno, así puede delatarlo el uso de una expresión bien frecuente de su parte como la de “honduras del alma”. Pero yo veo un eco machadiano en alguna ocasión, por ejemplo cuando nos traslada su emoción, bien patriótica, ante un páramo turolense: “Todo en derredor tiene color ocre; solo al fondo las sierras cruzadas de vetas de nieve tienen el color azul. En cuanto la vista alcanza no aparece una nota jugosa; todo es pardo, áspero, árido, desnudo “ Y concluye conmovido, “No me canso de mirar este paisaje; su propio desamparo lo hace más amable; siento que lo quiero entrañablemente”.

Hay ocasiones en el libro para la reflexión política, así algunos apuntes bien interesantes sobre la propaganda, o la colectivización de las tierras, o la idiosincrasia de la religiosidad española y vasca. José de Arteche sufrió durante la guerra especialmente la desconsideración que en el bando nacional se ofrecía del euskera, que él no solo rechazaba, sino que, en el fondo no podía entender, pues no albergaba duda alguna sobre la españolidad del idioma vasco. “Mi mujer acostumbra a firmar las cartas con el diminutivo vasco Marichu. Le escribo que no vuelva a hacerlo porque eso es subversivo. La carta que recibí ayer de ella tiene el Marichu tachado”. Bien seductor es este matiz foralista (¿o iberista?) de Arteche, “Sin dejar de ser vasco soy capaz de sentirme castellano, aragonés, extremeño, andaluz y portugués al mismo tiempo. Concibo la patria española con toda la fecunda complejidad de sus diferencias”. El apunte concluye en tono de reproche : “Nadie echó en cara a los vascos que fueron en cáscaras de nueces al descubrimiento de América o a dar la vuelta al mundo, que no supiesen castellano”.
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