17 de junio de 2021, 10:30:13
Opinión


Situación crítica

Rafael Núñez Florencio


El examen del pasado desde la perspectiva profesional me ha hecho escéptico respecto a los análisis coyunturales en un triple sentido: primero, por ser lo más obvio, la falta de distancia o, lo que es lo mismo, la excesiva proximidad que, en contra de lo que podemos pensar en un primer momento, nubla la mirada con los inevitables prejuicios o los no menos insoslayables intereses personales. En segundo lugar, la falta de equilibrio analítico, ya sea en el sentido de cargar las tintas en un sentido catastrofista (de la que tenemos en nuestro país desde el regeneracionismo clásico una larga tradición), o bien en el sentido contrario de negar una realidad incómoda, en la senda de “tranquilos, aquí no pasa nada”. Recuerdo en este aspecto que una de las cosas que más llamó mi atención del impresionante libro de Saul Friedländer sobre el Holocausto (El Tercer Reich y los judíos, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2009) fue que en pleno proceso de persecución masiva muchas asociaciones hebreas seguían recomendando calma, en el convencimiento de que las aguas volverían a su cauce por sí solas. Y, en tercer término, constato que no hay nada más risible que la lectura de los análisis prospectivos que se hicieron en el pasado: cuando el ser humano trata de predecir el futuro, por mucho que se revista de ropajes intelectuales, suele equivocarse más que “el hombre del tiempo” o, peor aún, desbarra hasta el ridículo. Todo ello, en fin, me lleva como señalaba al principio a tentarme la ropa y, por si acaso, situar mi propia opinión sobre el presente en la actitud cauta de quien se percibe transitando por una zona de arenas movedizas.

Y digo todo lo anterior, casi poniendo la venda antes de la herida, porque me reconozco -como muchísimos de mis compatriotas- ante la tesitura de pronunciarme por imperativo cívico ante una situación que estimo crítica para mi país sin caer por ello en la desmesura o el toque a rebato. Las apreciaciones anteriores, por más que nos llamen a la prudencia, no pueden bajo ese pretexto desembocar en un retraimiento pusilánime, cuando no directamente en una inhibición cobarde. Creo no exagerar lo más mínimo al escribir que España vive uno de sus momentos más críticos de las últimas décadas. Entiéndase bien, crítico no tiene por que significar horroroso, ni trágico, ni siquiera dramático. En contra de lo que señalan no pocos agoreros, no vamos a desaparecer como nación, ni estamos en puerta de ninguna guerra civil como en el pasado, ni se va a hundir nuestro sistema de convivencia, ni peligra el régimen democrático, ni están en juego nuestras libertades ni, por supuesto, vamos a ser apartados del escenario político europeo. Hasta me atrevo a decir que nuestro nivel de bienestar, de prestaciones y servicios sociales, aunque se puede ver drásticamente reducido en un futuro no muy lejano, va a sobrevivir sin grandes cambios cualitativos a las turbulencias actuales.

Por decirlo claramente, no son las coordenadas objetivas las que marcan en esta ocasión -desde mi punto de vista, claro está- los términos del problema. Hemos estado en peor situación en muchos momentos del pasado, y me refiero al pasado inmediato, no a la Edad Media. Hubo situaciones muy difíciles, por ejemplo, en la transición, y no una ni dos, sino varias. Éstas sí que fueron dramáticas, e incluso pudieron serlo más todavía. Entonces sí que el país tenía menos recursos para salir del atolladero y, pese a todo, no el “milagro” como dicen algunos, sino el arreglo, el siempre difícil arreglo pudo ser posible. Aun después, ya en la fase democrática, hemos transitado por etapas complicadas, en algún aspecto más incluso que la actual. De hecho, una vez pasados los malos momentos, puede sostenerse que, como pasa en la órbita individual, también a escala colectiva la resolución de las sucesivas crisis termina suponiendo un fortalecimiento del cuerpo social, del país en su conjunto. Dos cosas, por tanto, deben quedar claras: lejos de mí cualquier aspaviento impostado al hablar de crisis y, no menos importante, nada más ajeno a mis intenciones que extremar el diagnóstico dibujando un estado calamitoso de cosas. Por el contrario, reitero mi convencimiento de que tenemos más medios que en otras ocasiones para remontar el vuelo.

¿Qué es lo que hace entonces tan delicada esta coyuntura? Aunque yo mantenga que lo específico en este caso no es la naturaleza de los problemas presentes, es obvio que éstos existen y no constituyen precisamente un tema menor. No es cuestión de detallarlos ahora, primero porque están en la mente de todos y, segundo, porque son de una complejidad que desborda el marco de un mero artículo de opinión. Conviene sin embargo trazar un esquema mínimo para dejar bien sentadas las cosas: hay que distinguir la crisis económica que azota al mundo desarrollado, y a la zona euro en particular, de la específica crisis hispana, que tiene caracteres peculiares y algunas expresiones de señalada gravedad como el desempleo, el modelo de crecimiento y la falta de competitividad. Siendo de una innegable gravedad la circunstancia económica en su doble vertiente, nacional e internacional, no debe hacernos perder de vista que en el caso español está solapando o eclipsando a una no menos grave crisis del régimen político.

La Constitución del 78, que puede ser juzgada en términos más o menos benevolentes, ha dado de sí todo lo que podía. Su prolongación y, sobre todo, su interpretación y aplicación en determinados supuestos por el gobierno Zapatero ha dado lugar a una situación poco menos que insostenible a medio plazo para la salud de una sociedad democrática y para el establecimiento de una administración territorial eficiente. Por citar sólo dos ejemplos al alcance de cualquiera, la voracidad de los partidos políticos ha dejado en mera teoría un principio básico del Estado de Derecho, como es la independencia del poder judicial; y la aprobación del Estatuto de Cataluña, mucho más trascendente para el entramado institucional que la polémica participación de los aliados etarras en los órganos de poder local, alimenta la espiral centrífuga que se viene arrastrando desde hace años hasta extremos difícilmente soportables, no ya desde el punto de vista formal, sino incluso desde la perspectiva meramente instrumental de la gobernabilidad cotidiana.

Estamos en una situación crítica, decía al principio: a la crisis económica mundial y la específica de la zona euro, debe añadirse la crisis del modelo productivo español y la del sistema político con el que nos hemos ido arreglando en las últimas décadas. Crisis puede también significar oportunidad. Oportunidad de cambio, de corregir errores, de mejora en definitiva. Pero he aquí dónde está la especificidad o, dicho sin ambages, la gravedad de la hora presente. No se ve en parte alguna quién o quiénes podían acometer esta tarea, que no es ciertamente fácil. Desahuciado el gobierno Zapatero, estigmatizado por su nefasta gestión el partido socialista, muchos quisieran creer en la única alternativa posible aquí y ahora, la que representa el partido conservador. No está claro: ante una labor que exige una determinación casi revolucionaria, el Partido Popular parece haber apostado por la tibieza, las medias tintas y el doble rasero, disfrazando de prudencia lo que más parece apocamiento, que no es lo que más se precisa en este difícil trance. Y ello sin contar lo que bien podríamos contabilizar como contagio de muchos de los vicios socialistas, como el anquilosamiento, el sectarismo y la falta de democracia interna. No se ve aquí y ahora, como diría Wittgenstein, “la salida del mosquitero”. No es que lo diga yo, es que lo piensa el conjunto de la sociedad española, según señalan las encuestas. De ahí que cunda el pesimismo, no porque los problemas no tengan solución, sino porque no se atisba nadie capaz de arreglarlos.
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