21 de octubre de 2020, 20:47:25
Opinión


El Marruecos de un historiador

José Manuel Cuenca Toribio


Ocasionado –muy fruitivamente- a escuchar la lectura de las primeras páginas de sus recuerdos -inéditos por el momento-, el articulista ha comprobado una vez más el entrañamiento profundo que del “tiempo del Protectorado” posee el eximio contemporaneísta C. Seco Serrano. Nacido e identificado con la ciudad más simbólica de España, este toledano vio transcurrir su pubertad y primera adolescencia en la zona oriental del llamado entonces –oleada final (pleamar postrera) del colonialismo europeo- “Marruecos español”. Perteneciente a una familia tradicional de militares de lejano ascendiente irlandés, el autor de tantos libros indispensables para el conocimiento de nuestra historia reciente vivió su ilusionada niñez en un mundo de realizaciones y proyectos cara al despegue definitivo del solar rifeño hacia la civilización moderna. El peaje pagado para ello fue, incuestionablemente, muy grande y ensangrentado, pero a raíz misma del término de un quindecenio en extremo duro y belicoso –del Barranco del Lobo al desembarco de Alhucemas- iniciose un periodo saturado de fuerza y creatividad.

Del desván de los genes históricos se extrajeron lo mejor de la muy larga y, en conjunto, positiva experiencia americana, y los españoles habitantes más residentes en el norte de África se adentraron resueltamente, junto con numerosos sectores indígenas, por el camino del progreso material y social de las tierras del Atlas. Una de las figuras más descollantes entre los primeros fue la del joven y reputado comandante D. Edmundo Seco –nada menos que el firmante de su sentencia de muerte diez años después, el propio Franco, haría el mayor de los elogios de su competencia profesional-, quien casi potenkinescamente, pero en este caso de verdad, puso a punto en tiempo record la habitabilidad de lugarejos y aldehuelas sin contacto alguno con la modernidad. Una mañana radiante fue el auténtico deus ex machina del recibimiento en olor de multitudes –no todas ellas deturpadas…- de los reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia en una esplendente Villa Sanjurjo; jornada que acaso marcase la hora cenital del breve pero efectivo ensueño de una, avant la lettre, “alianza de civilizaciones” que tejiera, muy pocos años antes y en la otra zona del Protectorado, Liautey, el mariscal francés seducido por el imantador embrujo del Magreb.

El Protectorado republicano también se benefició del ahincado trabajo del autor del primer libro de vitola académica –acribia y ascesis- sobre la contienda civil y la posguerra dictatorial. Su progenitor fue una de las víctimas más alevosas de un drama cuyo libreto se escribió entre todos. Fidelidad –lealtad personal e institucional a su legítimo superior, el general Renovales, jefe supremo de la Comandancia de Melilla- y envidia –“adelanto un puesto en el escalafón”, fue la respuesta a su inicuo fusilamiento por parte de uno de sus antiguos compañeros-, mezcla, ciertamente, muy española, se dieron cita en la tragedia precipitada sobre una familia hasta entonces modelo de honestidad y limpio españolismo.

Hasta aquí llega la primera entrega de sus recuerdos a los acompañantes de la laboriosa senectud del antiguo catedrático de las Universidades de Barcelona y la Complutense. Salvo los de una intimidad acreedora al máximo respeto, los pasajes más vívidos y trementes son los iluminados por evocación del paisaje y los hombres y mujeres de un Marruecos que drenó las energías más nobles de un tramo de la historia atravesado de idealidad y esfuerzo. En el “revival” desencadenado por el gran éxito mediático de una novela ambientada en aquel tiempo y lugar, se verán remecidas las vivencias más intransferibles de un historiador al que la memoria colectiva nacional debe una amplia suma de reconocimiento, a la fecha impagada.
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