23 de septiembre de 2021, 7:12:18
Opinión


A la caza del gazapo (histórico) (1)

José Manuel Cuenca Toribio


A la vista del estado de la sociedad española actual, acaso las personalidades de mayor relieve –femeninas o masculinas, tanto monta y tanto da en orden a la realización de la empresa- de la vida pública debieran ser aquellas que se encargaran, respectivamente, de la dirección general de los asuntos médico-asistenciales, de los educativos y de los del trasporte así como los concernientes a la imagen de la nación. Es decir, del hoy más candente y decisivo y del ayer más trascendente y perentorio cara a la continuidad de su historia.

Naturalmente, tan arbitrística palingenesia es de uso exclusivo de la farmacopea del cronista; y no hay, por ende, peligro alguno de su “socialización” o extensión más allá de su cuarto de trabajo. Sin embargo, el cuarto también de estos macro y tentaculares organismos o supra-ministerios si se ofrece muy ocasionado a que sus reflexiones conecten con la realidad y aporten algún provecho al quehacer colectivo por la suma importancia de la materia abordada.

Es ésta hodierno de tal latitud que el coordinador de los trabajos destinados a detectar y corregir los errores factuales cometidos en la reconstrucción o referencia del pasado por muchas de las plumas más descollantes de la cultura española de nuestro tiempo sería a no dudar el hombre o la mujer más ocupados del país, con una tarea ímproba sobre sus espaldas. Noche y día pasarían en vela, procesando los miles de gazapos recogidos por sus colaboradores en su incesable venación por todos los territorios y áreas de la rica y densa historia nacional. Ante lo gigantesco y hasta descomunal de la labor encomendada, tanto él o ella y los miembros de su nutrido equipo habrían de empezar su hercúleo esfuerzo por delimitar el campo de actuación tan sólo a los escritos de firmas consagradas por el valor de ejemplaridad inherente a sus publicaciones. En caso contrario, en el diluvio universal de letra impresa que nos inunda y en el aún más devastador que, de modo inminente, nos amenaza en el vasto universo de Internet, naufragaría toda empresa animada de tan noble y necesario propósito como el indicado. Las equivocaciones y yerros en las descripciones y alusiones históricas no son, en un plano de mínimo rigor intelectual, sólo perniciosas en sí; sus efectos se muestran letales en los análisis e interpretaciones del pasado, que, al margen de su sagacidad y penetración, han de fundamentarse en el conocimiento más acribioso de los procesos gestados por los hechos de las generaciones antepasadas. Tales tesis y argumentaciones pueden remontar lo más alto que se quiera; pero ineluctablemente han de asentarse sobre un firme terreno evenementielle, como se decía, de modo despectivo, en la célebre Escuela de los Annales, del trabajo de los estudiosos “positivistas”, apegados al dato y medrosos o incapaces de ir más allá de sus fronteras. ¿Su Majestad el dato, pues? Cansinamente se repetirá, ante la insistencia de los defensores a ultranza de la “teoría”, en manera alguna. No hay que plantear dilemas ni antagonismos en paisajes serenos y bien despejados. La teoría será siempre la capitana, como deseaba Leonardo. Mas sin cultivar con esmero la pedagogía de la recolección de noticias de absoluta fiabilidad, de la información pulcra y del conocimiento de impecable verificación, poco o nada se podrá avanzar en la reconstrucción fidedigna de la vida de las generaciones que nos precedieron. Así, al menos, se intentará probar en un próximo artículo.
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