25 de septiembre de 2021, 17:55:46
Opinión


México: fuerza y debilidad del espontaneísmo

Carlos Arriola


Nunca ha sido fácil comprender los meandros de la vida social, mucho menos conocer los oscuros laberintos de la política. Por consiguiente, no debe extrañar que los partidos y los políticos sean mal vistos, desde siempre criticar la política resulta fácil; buscar con que sustituirla, imposible: “La política, contra lo predicado por la cultura de la calle, busca imponerse contra los impulsos primarios de los humanos y racionalizar sus conflictos, aceptar al contrario y, a través de la representación, generar una legalidad y una legitimidad.” (Rafael Segovia).

Sin representación organizada no hay democracia que funcione en una sociedad de masas, pero quien habla de organización habla de oligarquía, escribió R. Michels en su famoso estudio sobre el partido socialista alemán, hace un siglo. Y ésta es tan sólo una de las muchas contradicciones que afligen a las sociedades modernas, contra las que protestan los desempleados, los migrantes y tantos otros grupos excluidos o parcialmente marginados que expresan su indignación contra todo y contra todos. Reacios a la organización, estos grupos espontáneos, y en ocasiones no tanto, raramente cambian algo sustantivo que vaya más allá del derrocamiento de alguna figura; hablan mucho de democracia y derechos humanos, poco de salud, educación o empleo, y nada de acción política organizada. La denominación “movimiento ciudadano” suscita adhesiones múltiples pero efímeras.

El expresidente Vicente Fox, desde el inicio de su gobierno (2000-2006), se propuso crear una “Alianza Ciudadana” como sustituto de los partidos políticos a fin de que el común de los mortales participara en la “cruzada” contra la delincuencia, preparara el Plan Nacional de Desarrollo y elaborara el proyecto de una nueva Constitución. ¡Menudas tareas para el hombre de la calle! El rechazo foxista a los partidos y su incapacidad para entender la política desembocó en el vacío de poder, en la parálisis gubernamental y en el latrocinio, todo envuelto en la tontería y la frivolidad.

Su sucesor, Felipe Calderón, no lo ha hecho mejor; adolece del mismo problema: su incapacidad para gobernar por falta de oficio político, a pesar de sus pretensiones de firmeza en la lucha contra el crimen, en particular contra el narcotráfico. Su firmeza aparece a los ojos de muchos como necedad y para otros como una forma fallida de legitimar su cuestionado triunfo electoral y el fracaso de sus promesas de campaña, la principal “ser el presidente del empleo”. Al sinnúmero de fallos y desaciertos hay que añadir el intolerable clima de violencia, con actos de barbarie impensables hasta hace poco.

A los gritos de “No más sangre”, “Basta ya”, y “Estamos hasta la madre” (mexicanismo ambiguo, suma de todos los males y de todos los bienes), el escritor Javier Sicilia, cuyo hijo fue asesinado, convocó a una marcha silenciosa de 80 km (de Cuernavaca, Morelos, a la capital del país) que logró movilizar a un importante número de personas para cambiar “el enfoque militarista y la estrategia de guerra” que ha dejado cerca de 40 mil muertos. (El conteo que llevaban algunos diarios fue suspendido y no se proporcionan cifras oficiales). Muchos de estos muertos sólo cometieron el error de encontrarse en el lugar y hora equivocados, “error” que algunas autoridades han tratado de corregir, presentándolos como narcotraficantes. El escándalo ha sido mayúsculo.

La marcha congregó a familiares de las víctimas, a miles de personas y algunas organizaciones sociales. Los dirigentes plantearon seis puntos: “Verdad y justicia; fin a la estrategia de guerra y asumir un enfoque de seguridad ciudadana; combate a la corrupción e impunidad; combate a las ganancias del crimen; atención de emergencia a la juventud y acciones efectivas de recuperación del tejido social, y democracia participativa, mejor democracia representativa y democratización de los medios de comunicación.” Como puede verse algunas demandas son muy concretas y otras muy abstractas; unas son objeto de reformas legislativas y otras de educación cívica.

Con su habitual falta de tacto, el presidente Calderón defendió su política, primero en un mensaje televisivo y después en la ceremonia oficial conmemorativa de la batalla de Puebla (5 de mayo) contra el ejército francés. En esta ocasión sostuvo “vamos a ganar porque tenemos la razón, la ley y la fuerza”, y añadió: “las tropas no van a retroceder, ni bajaremos la guardia”. Después de la concentración del domingo 7 en la que los manifestantes pidieron que se fuera Calderón, éste cambió de actitud y se dijo dispuesto a dialogar con los organizadores de la marcha.

Bastó este ligero signo amistoso, que aún no se concreta, para que las discrepancias afloraran entre los líderes de la “sociedad civil”, tanto sobre los fines como acerca de los medios. Para una respetable madre de un secuestrado muerto resultó inadmisible la presencia de sindicalistas y el violento lenguaje contra el presidente Calderón y la clase política, aunque más que violento fue soez en algún orador. Para otra señora, igualmente respetable, es necesaria “la participación activa de todos en acciones muy concretas como barrer la calle hasta fiscalizar que la autoridad cumpla con sus responsabilidades”.

Otros líderes más sensatos, como Emilio Álvarez Icaza, plantearon el tránsito del espontaneísmo a la institucionalidad: transformar el entusiasmo de una marcha en un movimiento, aunque no especificó sus fines. Estos dirigentes también condicionaron el posible diálogo con el presidente a que fuera público y en Palacio Nacional. Calderón respondió en forma indirecta: comparando (modestamente) su propósito de vencer con el de Winston Churchill, sostuvo que su estrategia era “combatir por mar, tierra y aire”. Difícilmente el presidente modificará el rumbo tomado, ya que se aferra a él como único tema, ante la falta de resultados en otros ámbitos. Cambiar el rumbo requerirá algo más que espontáneas pero justificadas marchas del dolor y la indignación.
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