12 de diciembre de 2019, 13:09:09
Opinion


Paquistán- Estados Unidos, aliados contradictorios

Víctor Morales Lezcano


Cuando Barack Obama dio luz verde a las operaciones militares contra la insurrección de los talibanes en Afganistán, ya se subrayó en esta columna, y en más de una ocasión, la importancia del factor paquistaní en otra de las guerras americanas en tierras del Islam. Durante las campañas de 2009 y 2010, el presidente Asif Ali Zardari -su gobierno, su servicio de inteligencia- se ha comportado con una equivocidad que bien puede haber sido calculada; o ser mera traducción de las tensiones internas y externas que sufre un país-clave en el Asia musulmana, como es Paquistán. Doble vecindad arriesgada: con Afganistán convertido en hervidero de frentes, tanto abiertos como crípticos; y con la India a babor -antagonista histórico de Islamabad desde que M. Alí Jinnah y el partido musulmán paquistaní obtuvieron su separación del orbe hindú en que lo encontró subsumido Lord Mountbatten en la toma de posesión del último virreinato imperial de Gran Bretaña durante 1947-1948-.

Recuérdese que la frontera del noroeste de Paquistán, y varios enclaves urbanos y rurales de este país, han sido -y continúan siendo- santuarios de insurgentes talibanes. Es decir, retaguardia aliada de una guerrilla tenaz que desde hará pronto diez años ha causado la más prolongada y costosa guerra de Estados Unidos en la periferia islámica -excepción hecha de la fulgurante campaña contra el régimen iraquí de Saddam Hussein-.

La alianza que George Bush contrajo con Islamabad, hace de ello también un decenio, ha estado sometida a contracciones y estiramientos que impone el escenario fronterizo afgano-paquistaní. En su teatro de operaciones se ventila la voluntad estadounidense de apagar el fuego y furor talibanes, normalizar la situación interior de Afganistán, no obstante el poco crédito que los nativos otorgan a Hamid Karzai, y estabilizar las relaciones fronterizas afgano-paquistaníes.

La relación estrecha que durante un decenio han mantenido el almirante Mike Mullen, por parte americana, y el general Asheq Rayam, del lado paquistaní, revela a las claras lo difícil que resultará culminar nuevos acuerdos entre las dos potencias en liza.

Recuérdese que se está invocando aquí una Región inmensa y socialmente compleja, en la que logró sobrevivir durante siete años Osama bin Laden, hasta su muerte a manos de un comando militar estadounidense a comienzos de mayo de 2011. Más allá de la versión exacerbada que del acontecimiento proporcionó John Brennan, consejero de Obama en temas de contraterrorismo, la nuda realidad es que la imagen gubernamental de Paquistán ha quedado “bajo sospecha” del aliado americano, al haber ¿acogido?, aunque con “mano izquierda”, a la figura-clave de la organización terrorista Al-Qaeda -Bin Laden ha sido el prófugo cuya captura-asesinato se ha hecho esperar un decenio-.

Dejando aparte el reconocimiento de que Estados Unidos burló ¿descontroles/ controles? y atentó contra la soberanía de Paquistán para llevar a cabo la operación “Gerónimo”, a las relaciones entre los gobiernos de Washington DC e Islamabad se les presenta ahora un porvenir inquietante. En concreto, por dos o tres factores de importancia incalculable. Primero, Paquistán es potencia nuclear y esta dotación no es asunto baladí, ni para Estados Unidos ni para el resto del planeta. Segundo, porque Paquistán viene beneficiándose -y no sólo en términos armamentistas- de unas substanciosas y billonarias ayudas de procedencia americana que le permiten practicar el juego de gran potencia en el Asia central. Tercero, y por último, hay la evidencia de una necesidad logística para Estados Unidos en aquella Región: la de asentar sus posiciones allí, no sólo con vistas a culminar la lucha contra la insurgencia musulmana en Afganistán, sino también para poder intervenir en futuras reyertas diplomáticas -por no hablar de las de carácter bélico- entre China y la India, la India y Paquistán.

El sopesamiento de cómo se restablecerá el precario equilibrio diplomático entre Washington DC e Islamabad, después del exterminio de Bin Laden, es dossier de envergadura. Puntos de vista sobre ese porvenir hay varios. Léase el del acreditado Zalmay Khalilzad (consejero en el Centro de Estudios Internacionales y Estratégicos): “Si Paquistán acepta nuestras peticiones, Estados Unidos debería recompensarle, comprometiéndose a una ayuda a largo plazo a través de beneficios mercantiles, programas gestionados por el Banco Mundial y la Agencia para el Desarrollo Internacional de Estados Unidos, así como otros alicientes encaminados a promover el desarrollo y la educación”. Esta avanzadilla semi-oficial del consejero Khalilzad ha sido, empero, matizada con la coletilla que sigue: “Pero si Paquistán se niega a cooperar, Estados Unidos ha de poner fin a su duplicidad”. Duplicidad, en particular, en el terreno de la política afgano-paquistaní, que viene siendo un íncubo para la CIA. Es evidente la precaución oficial de Estados Unidos en el asunto de marras, cuando algunos cerebros del núcleo duro de Al-Qaeda siguen vivos y… escondidos: como Ayman al-Zawahri, Ahmed Mohamed Hamed Ali (lugarteniente de la organización) y Abdelkrim Hussein al-Nasser (cabeza de la rama de Hezbollah en Arabia Saudí).

No es necesario adelantar más ingredientes emotivos al capítulo al-qaedí que la política exterior americana lleva desarrollando en la esfera de la civilización islámica.
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