24 de enero de 2020, 7:45:05
Opinion


Actos sin ideas, e ideas sin actos

Juan José Laborda


Vivimos una época que está enterrando las ideas de los siglos diecinueve y veinte. También en política. La “fe” en la ciencia para organizar las sociedades humanas se ha disuelto. El caso más notable de esa quiebra del “cientifismo”, lo encontramos en el “socialismo científico”, la versión “marxista-leninista” de una política que podía pronosticar la evolución humana, como lo hacían la astronomía o la química en sus campos respectivos. Las previsiones del futuro que hicieron las autoridades de aquella dogmática político-científica, sabemos a dónde nos condujeron. Errores pintorescos, sino hubiesen creado tanta opresión. Con la dialéctica de Hegel, el espíritu iba avanzando hacia el reino definitivo de la Justicia y de la Libertad. No era un proceso lineal, sino contradictorio, pero que sería siempre inexorable. Los marxistas-leninistas habían puesto el espíritu hegeliano de pie. Entonces, aparecía el agente material, descubierto por la ciencia exacta de la sociedad: el proletariado, que traería la revolución necesaria (con el sentido determinista del idealismo alemán). Después, los chinos maoístas encontraron en los campesinos, y no en los obreros, el espíritu de la revolución universal. Hace unos días, una encuesta hecha en Francia, país donde diversos marxistas-leninistas y maoístas obtienen bastante apoyo electoral, mostraba que el Frente Nacional, el partido de extrema derecha, era el preferido entre los votantes pertenecientes a la clase obrera clásica.

Ya no sirven los antiguos pretextos sobre “la astucia de la razón”, o lo que George Sabine calificó, con acierto, hace muchos años: “la paradoja de la libertad”: la supresión temporal de la libertad, con “la dictadura del proletariado”, se justificaba con la esperanza de la llegada cierta de un Estado perfecto, y de una humanidad nueva.

Habrá que reconocer la valentía y la penetración intelectual de personalidades como Eduard Bernstein (1850-1932), el social-demócrata revisionista alemán, o entre nosotros, Fernando de los Ríos (1879-1949), el ministro de la Segunda República. Fueron capaces de remar en sentido contrario que sus partidos, y sus propuestas para conseguir la Justicia sin poner entre paréntesis la Libertad, los convierten en referentes para quienes son socialdemócratas, pero también, para los que profesan otras ideologías que aprecian las libertades individuales.

Después de la Segunda Guerra Mundial se hicieron reales las ideas de Bernstein, De los Ríos y otros muchos. Fue posible un Estado con Justicia y que mantuviese la Libertad. Se construyeron Estados del Bienestar o Estados del pacto social-democrático, el modelo estatal que se acercó más a esos ideales en toda la historia de la humanidad, según Ralph Dahrendorf. No fueron obra exclusiva de los socialistas democráticos, sino resultado de un acuerdo con otras corrientes políticas y sociales. Al fin y al cabo, se basó en las ideas económicas de John M. Keynes, y éste no era un socialista. Con la crisis petrolera de 1973, el consenso se rompió, y esa fórmula política entró en crisis. Las ideas que llegaron entonces eran las de los rivales académicos de Keynes: Friedrich Hayek (1850-1932) o Milton Friedman (1912-2006). Se conocieron como “liberalismo económico”, y el debate que ocasionaron vitalizó las democracias de aquellos años.

Con la crisis económica actual el liberalismo económico ha perdido su antigua solvencia y prestigio. En Europa, autores como Stéphane Hessel y José Luis Sampedro, o en América, Paul B. Farell, han resaltado la hipocresía de un sistema económico que hace cada vez más ricos al 1 por ciento de la población, mientras el 99 por ciento de los jóvenes europeos y americanos sienten que vivirán cada vez peor. Las grandes ideologías de nuestro pasado inmediato se encuentran sin teoría, sin ejemplos y sin modelo. Y no los habrá nunca más a escala nacional, ámbito donde, paradójicamente, se refugia la política anticuada de nuestros días. El caso de la Unión Europea es patético. Obama, por fin, se dispone a apoyar las causas democráticas en el mundo. Anuncia un “Plan Marshall” para las revoluciones árabes. Los americanos, una vez más, son más ágiles que los europeos.

En la Puerta del Sol se hallan acampados “los indignados”, los que piden ¡Democracia ya! La advertencia que hizo Karl Marx sobre las Cortes de Cádiz de 1812, sirve para interpretar esta realidad: “Actos sin ideas, e ideas sin actos”. Esa es la situación general de las sociedades occidentales. “Los indignados” no se parecen en casi nada a las concentraciones de Egipto y Túnez, salvo sus métodos de relación con la red, y su dependencia de los medios de comunicación. Si hubiese una conexión política entre esas dos manifestaciones de malestar social, tal vez se empezase a cambiar “el sistema”: los actos se justificarían en alguna teoría lógica y universal. Quién la tenga tendrá asegurado el futuro.
El Imparcial.  Todos los derechos reservados.  ®2020   |  www.elimparcial.es