27 de septiembre de 2021, 11:49:08
Opinión


A la caza del gazapo (histórico) (y 3)

José Manuel Cuenca Toribio


Aliquando dormitat Homerus… Errores, gazapos, inexactitudes todos son fácilmente comprensibles, singularmente para aquellos de sus críticos que no sientan la tentación de aristarcos y para los escritores con una amplia obra historiográfica en la que, indeficientemente, se habrá introducido más de un desliz. Así ocurre, por ejemplo, con el descollante modernista catalán Pere Moles Ribalta, ilustre Presidente de la Real Academia de oBones Lletres de Barcelona y autor de muchos y notables libros. En el que diera a la luz no ha mucho en Madrid (2008), intitulado Del Absolutismo a la Constitución. La adaptación de la clase política española al cambio de régimen, se dice. “La muerte de Fernando VII, a principios de octubre de 1833, precipitó los acontecimientos” (p.14). Afortunadamente, en la p. 281 del mismo libro se lee: “Cuando se crearon los subdelegados de Fomento, el 30 de noviembre de 1833, hacía más de dos meses que Fernando VII había muerto. El último rey absoluto de la Historia de España falleció el 29 de septiembre”.

Desventuradamente no ocurre lo mismo con otro gazapo en el incurre otro miembro destacado del gremio que Josep Pla gustaba de denominar de los lletraferits, popularizando así el vocablo con el que las gentes de la Catalunya de finales del siglo XIX definía a los escritores y plumíferos. Justamente, uno de los más célebres –y también más anti-catalán- de aquella centuria, D. Juan Valera, es el protagonista del desliz a continuación referido. Conforme se sabe, tanto él como su discípulo en letras clásicas y venusianas, D. Marcelino Menéndez Pelayo, tan disímiles en ideas políticas y aun religiosas, se encontraban muy unidos, aparte de por su culto a las Humanidades Clásicas, por la antipatía hacia Dª Emilia Pardo Bazán. Pero el que su repudio por la autora de Los Pazos de Ulloa lo hiciese efectivo desde la huesa madrileña -en que yaciera desde su muerte en abril de 1905- diez años más tarde, fecha en que según D. P. V. –“De Julio Burell a Federico García Lorca. La mujer como anhelo y símbolo social”, apud la obra colectiva Retorno al café de Fornos. Sexquicentenario de Julio Burell (1859-2009). Estudios sobre literatura española, periodismo y política. Iznájar, 2010, p. 77- se opuso a la candidatura de Dª Emilia para la Real Academia Española, resulta manifiestamente inexacto. (Impropiedad reiterada: “Paradójicamente. A aquel rechazo siguió otro acontecimiento no menos interesante. Ese mismo año (1915), el ministro de Instrucción Pública, Julio Burell, designaba mediante un decreto (…) a Pardo Bazán como catedrático de Lenguas Neolatinas de la Universidad Central” (Ibidem).

Mas nunca ha de abandonarse la comprensión. Gazapos de tal índole son, incuestionablemente, fruto de explicables despistes y apresuramientos lógicos y naturales en los profesionales de la pluma, sobre todo, si ésta es abundante y acezante. Actitud, empero, que con ellos ha de adoptarse con menos prodigalidad que con autores ocasionales o advenedizos. Principio y fin de toda disciplina intelectual es el rigor. Debido al carácter de su materia –el comportamiento humano en todas sus facetas-, en la historiografía acaso en mayor medida que en ninguna otra. Algunas sociedades en tiempos de plenitud no lo olvidaron. Por ejemplo, la alemana en tiempos de Mommsen, la francesa en los días de Marc Bloch o la española de Menéndez Pidal y el Centro de Estudios Históricos.

Muy relacionado con los últimos grandes continuadores de los patriarcas de Annales se halla justamente otro prestigioso autor cordobés, el catedrático de Hª Medieval de la Universidad Autónoma de Barcelona, D. J. E. Ruiz-Domènec, con cuyo libro España, una nueva historia (Madrid, 2009, 1.143 pp.) pondremos fin a esta ya larga y algo –o mucho…-enojosa serie de apresurados apuntes. No menos apresurada, ciertamente, ha debido ser la redacción de su obra a juzgar por los incontables gazapos y deslices que se han introducido en un texto, por lo demás, no pocas veces buido y sagaz en varias de sus interpretaciones acerca del proceso de construcción histórica de nuestra patria. Como a su ocasional glosador no le es, por desgracia, muy familiar la geografía de las edades antigua y medieval, se referirá al desgaire a los múltiples y muy variados temáticamente errores factuales que cree estampados en los capítulos a ellas consagradas en el libro mencionado; aun así, empero, el que el reinado de Leovigildo se cronifique entre 572-86, que “Al-Andalus” se identifique “desde el 786 con la mezquita de Córdoba”, o que se situé el fin del Califato en 1027, resulta estridente incluso para los oídos más sordos. En un territorio más frecuentado por la pluma del atrevido escoliasta, el de la época contemporánea, desde la apertura hasta el cierre de su ciclo finalizado por Ruiz-Domènec en 1939, se encuentra empedrado de datos y anotaciones equivocadas, sin que acometamos la valoración de sus análisis y visiones, a menudo muy desinhibidas y en ciertos pasajes hasta eutrapélicas. Algunos botones de muestra (con forzada escasez y economía de espacio así como desabrido o acedo gusto). Fechadas las batallas de Ulm y Austerlitz en 1806 (p.833) y colocada la venida del Emperador a la Península en 1810, se nos informará que su vencedor en Waterloo se alzó con el triunfo sobre las tropas del mariscal Marmont en Arapiles el 13 de agosto de 1812 y tomó Vitoria “el 21 de junio de 1814” (p. 862). Después de esta obertura en la que prescindimos aquí de muchos otros desafinados compases, puede adivinarse sin esfuerzo la continuación. El concierto se erigirá en un continuum de gazapos: alzamiento de Riego (866), Convenio de Vergara (885), década moderada -denominada “época moderada” (p. 889)…, desembocándose en la guerra civil de 1936 sin cambio de rumbo en la pulcritud y meticulosidad cronológicas.

Con la alusión volandera a una exitosa publicación de un afamado historiador profesional, damos término a una tarea guiada exclusivamente por la buena reputación de una labor como la historiográfica que, si bien, hélas, muy menguado hoy su ascendiente social e influjo ciudadano, resulta acreedora, como en tiempos de roborante salud intelectual, a un respecto e incluso, a las veces, a una veneración que solo son alcanzables mediante, d’orsianamente, la “obra bien hecha”.
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