26 de enero de 2020, 5:00:05
Opinion


El día después



Estas semanas se está celebrando en las universidades norteamericanas el Commencement day, el C-day. Para alguien no acostumbrado a las costumbres anglosajonas, el Commencement day es el día en el que se dan los títulos universitarios a las promociones que acaban. En su aspecto estético, el Commencement day se caracteriza por una fiesta en la que alumnos y profesores visten togas negras y birretes --los alumnos con una banda del color de su universidad, y los profesores con el de su alma mater--. Se suele celebrar al aire libre, en terrenos de cesped con carpas blancas, y aparte de bebidas más o menos espirituosas (menos que más) se suelen comer fresas con nata o sin ella, ese hábito tan inglés que los aficionados a Wimbledon conocerán bien. Los colores son pues el verde, el blanco y el rojo, y el habitual azul en todos su tonos. Los días suelen ser primaverales y grises en los campus del Este, azules en los del Oeste, y las copas de los grandes árboles se mecen suavemente sobre los estudiantes que se gradúan en señal de despedida. El ambiente es distendido, las familias y amigos ven a los estudiantes cuando son llamados a recibir sus diplomas, y al final se lanzan los birretes al aire, en un gesto alegre y esperanzado: se acabó la universidad, comienza la vida. (¿No recuerdan algo así los varones que hayan hecho la mili, el rito ibérico más iniciático ya extinguido?)

Porque aunque pueda parecer desconcertante para algunos, lo que se celebra no es solo el final de la universidad, sino el comienzo de algo diferente, de la vida real, de esa cosa indefinible asociada a la búsqueda del trabajo y la supervivencia, al posicionamiento claro con respecto a la pareja, al dominio de la rutina y de la cotidianeidad; al contacto con esa anguila burlona que llamamos vida; ese paseo sinuoso lleno de encuentros y desencuentros, de fracasos y de éxitos, y a menudo de incomprensión, de falta de significado. El acto del comienzo es un rito de paso en el que se celebra la salida de una vida muy segura a otra llena de incertidumbres. No es solo haber aprobado o haber sacado buenas notas, haber conseguido un título con más o menos honores. Es dejar de ser lo que se es para pasar a ser algo diferente. Y es para todos.

En el Commencement day, aparte de la entrega de diplomas y la fiesta subsiguiente, hay siempre un discurso. El discurso lo suele dar alguien eminente, y es todo un género literario en sí mismo. Obama, por ejemplo, este año ha hablado ya (sin pena ni gloria retórica); hablará su mujer en otra universidad y tras ellos una lista de hombres y mujeres ilustres repartidos por toda la geografía norteamericana entre los que este año abundan los afroamericanos. Sobre los discursos, existe una literatura exegética. Hay recopilaciones, y los propios oradores citan en ocasiones discursos anteriores. Se suele comenzar siempre con una anécdota personal. Luego, con una breve alegoría. Seguramente ningún discurso ha alcanzado la popularidad que tiene el que dio David Foster Wallace en Kenyon College en 2005. En él, Wallace, ese escritor amado por Zadie Smith, hace una defensa de la compasión y la conciencia como arma principal de desarrollo personal y social. Partiendo de dos peces que se encuentran en el agua, pasa a afirmar algo muy simple: lo importante no es lo que se aprende, sino lo que se elige aprender. Más relevante que uno mismo y que los conocimientos que uno acumula es el proceso, la relación con la realidad. Un contacto que no acaba nunca y que ni siquiera comienza en el Commencement day; aunque sí es este día un punto de inflexión. Wallace aboga por el anti-intelectualismo, y aconseja a los “graduandos” que vivan una vida con conciencia lo más plena posible, que eviten la vida inconsciente, el recurso al hábito, al “es que yo soy así” o a la imitación del medio que les rodea. Les recomienda humildad y autocontrol. En resumen, lo que hizo D. F. Wallace fue atizarles a los estudiantes y a las familias de Kenyon College con un discurso budista, casi zen. Y su discurso se convirtió en uno de los clásicos de "moreintelligentlife.com" , por ejemplo.

En España el año académico universitario acaba ahora. Resulta que este es un país en el que la universidad no ha logrado crear ritos. Al menos ritos validos, comunes. Hay un final de curso que celebran los rectores con algunos profesores, y hay exámenes finales y pruebas de selectividad que no celebra nadie. Pero no hay ninguna fiesta común, no hay discursos de salida ni de entrada en la vida, no hay consejos ni advertencias para los protagonistas, los estudiantes. Hay solo un gran vacío. Un vacío que se sigue pareciendo al que Baroja reflejó en “El árbol de la ciencia”. La intelectualidad española odia los ritos, siempre que no correspondan a premios u honores concedidos a ellos mismos. Y muchas veces por ellos.

Dos peces van por el agua. Se encuentran con uno más viejo, que nada en dirección contraria. “¿Qué tal el agua?” les pregunta el viejo. “¿El agua?” responden los dos jóvenes, “¿qué es eso?” Wallace afirmó: “El verdadero valor de la educación real no es la cantidad de conocimiento sino algo tan simple como la conciencia. Conciencia de lo que es real y esencial, de lo que nos rodea y que siempre es lo más oculto”. Así que tenemos que repetirnos sin cesar: “Agua es esto”, “Esto es agua”. Para D. F. Wallace, la verdadera libertad se encuentra en la atención, la conciencia y la disciplina; en “ser capaz de preocuparse de verdad por los otros y por un millón de asuntos triviales y nada sexis que llenan cada uno de nuestros días. [...] La alternativa es la falta de conciencia, la actuación ciega, la carrera de ratones, el constante tormento de sentir que se ha tenido y se ha perdido algo infinito.”

Un banco de peces celebra el final de curso. El orador invitado --un pez escritor-- inicia el relato de una alegoría: “Dos estudiantes españoles se encuentran con un español más viejo. ‘¿Qué tal la vida?’ les pregunta el mayor. ‘¿La vida?’ responden los estudiantes, ‘¿qué es la vida?’.” Los peces que escuchan el discurso del orador ríen al imaginar a dos estudiantes españoles rodeados por la vida y sin saber qué es. Luego el orador les recomienda a los peces que se gradúan que se repitan a menudo: “La vida es esto”, “Esto es la vida”. Consejos para estudiantes carentes de ritos. Buena suerte.
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