16 de septiembre de 2019, 6:03:41
Nacional

Outsider


Sigue la indignación



A juzgar por los resultados de las elecciones del 22-M, parece que el Movimiento Democracia Real Ya no ha tenido ningún impacto salvo en aumentar el voto nulo y el voto en blanco, una señal del inconformismo. La abstención se redujo respecto a 2007 cuando muchos analistas suponían que iba a incrementarse. Sería un error, sin embargo, desechar el movimiento.

En febrero escribí una columna con el título provocativo y tal vez profético, ¿Un Tunisami para España? (ver http://www.elimparcial.es/sociedad/un-tunisami-para-espana-78759.html). Era un juego de palabras usado por los egipcios para llamar a su protesta popular en contra de los 30 años en el poder de Hosni Mubarak.

Lo único que me sorprende del movimiento español, un grupo heterogéneo de “ni ni” (jóvenes que ni estudian ni trabajan), profesionales enfadados y hasta pensionistas, pasando por activistas de todo tipo de causas, es que haya tardado tanto tiempo en arrancar y que no tenga más simpatizantes. Dista mucho de las revueltas del mundo árabe, pero en una cosa es muy similar – la sociedad civil, en particular los jóvenes, se esta organizando al margen de los cauces establecidos y con consecuencias imprevisibles.

No faltan razones para estar indignado, en particular los jóvenes adultos cuya pasividad hasta ahora ante su panorama desolador siempre me ha sorprendido. La tasa de desempleo de menores de 24 años en España es de 46%, más del doble de la Unión Europea y duplica el de la tasa general de desempleo en España. Los universitarios han doblado su tasa de paro en tan sólo tres años y muchos de los que han encontrado un empleo están sobrecualificados para el puesto. La gran mayoría de los más de 2 millones de personas que han perdido sus puestos de trabajo en los últimos tres años tiene menos de 35 años.

Llama la atención que en los primeros tres meses de este año emigraron al extranjero 14.108 españoles, el 30.4% más que los que abandonaron el país en el mismo periodo de 2010, según la estimación de población del Instituto Nacional de Estadística (INE). El año pasado se había registrado un descenso respecto del primer trimestre de 2009.
No es una cifra dramática, pero sí demuestra que más gente están, como dice la expresión inglesa, “votando con sus pies.” No es casualidad que mis dos hijos de 30 y 28 años, educados en España hasta los 18 años, trabajen en Londres y Berlín desde hace varios años.

Con una economía que crece lentamente, una altísimo nivel de desempleo y una tasa de inflación preocupante (España es el líder europeo en el índice de miseria que se calcula como la suma de los índices de desempleo e inflación) y un clase política desacreditada e incapaz de ponerse de acuerdo mínimamente sobre cómo resolver los problemas, la indignación no va a desaparecer a raíz de la aplastante victoria del Partido Popular. Incluso podría aumentar, dado que la ideología dominante del movimiento es de izquierdas, aunque, no pidió el voto para ningún partido, ni Izquierda Unida, por estar sus simpatizantes hartos de todos los partidos.

Igualmente indignante es el despilfarro de las administraciones autonómicas en obras públicas emblemáticas, como, por ejemplo, el aeropuerto de Lleida (95 millones de euros), uno de los menos usados (dos vuelos regulares semanales); el aeropuerto de Castellón (150 millones de euros) con pistas sin aviones porque carece del permiso de Fomento; el Campus de la Justicia en Madrid con un edificio abandonado hace un año y la Cidade de Cultura en las afueras de Santiago, concebido en 1999 y aún sin terminar (más de 148.000 metros cuadrados han consumido 400 millones de euros).

El muy interesante y reciente informe sociológico, “Pulso de España 2010” (Biblioteca Nueva), demuestra que los ciudadanos creen profundamente en el sistema democrático, pero no en la forma actual de hacer política.

Tres de cada cuatro españoles (78%) califican de forma negativa la situación política del país: el porcentaje más elevado de los últimos dos decenios. A modo de ejemplo, en 2002, con ocasión de la controvertida participación de España en el conflicto iraquí, este porcentaje no pasó del 47%. Y en los meses previos a las elecciones de 1996 (es decir, en la hasta entonces peor crisis de popularidad de un Gobierno socialista) no pasó del 62%. Tras la primera victoria electoral de Rodríguez Zapatero bajó hasta el 37%. Ahora, ya en la recta final de su segundo mandato, el porcentaje de españoles que evalúa negativamente la situación política nacional se ha más que duplicado, hasta alcanzar el reseñado 78%. Este nivel sin precedentes de descontento político ciudadano se debe a una doble pérdida de confianza: en el Gobierno y en la oposición. Una situación inédita: nunca, antes, desde la muerte de Franco en 1975, Gobierno y oposición habían empatado en cuanto a nivel de desapego suscitado en el conjunto de la sociedad. En otras palabras, los políticos están considerados parte del problema y no los protagonistas de soluciones.

El Movimiento 15-M ha renunciado a convertirse en un partido político y participar en un sistema que considera podrido. Pero esto no significa que no pueda ser una organización política y ser influyente si no se pone utópico.

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