8 de diciembre de 2021, 23:36:50
Opinión


Críticas en la crisis

Juan José Solozábal


Me pregunto si la solución de la crisis política generada por los resultados electorales no se ha llevado a cabo sin la debida consideración de tres factores. En primer lugar, ignorancia del significado nacional de las elecciones locales y autonómicas, que ha subrayado la inevitable trascendencia de las mismas. Es curioso que en un Estado como el español en el que las lealtades territoriales son muy fuertes, sea difícil evitar el significado general o nacional de la discusión política. Podemos decidir sobre nuestros alcaldes o parlamentarios autonómicos, pero al final la referencia con la que actuamos, el juicio que emitimos se hace en clave nacional. Aunque nuestros analistas políticos puedan atribuir al mismo electorado diferentes actitudes según el tipo de comicios de que se trate, la posición política tiende entre nosotros, desde siempre, a fijarse con un rasero nacional. No hay que recordar que fueron unas elecciones locales en la Monarquía las que trajeron la República del 14 de abril en 1931 y que durante nuestro siglo XIX se admitía la existencia de un “poder municipal” que legitimaba la intromisión política de los Ayuntamientos, que frecuentemente la ejercían mediante la presentación de las llamadas Exposiciones, verdaderos fulminantes políticos en ocasiones.

Si esto es así, en segundo lugar, resulta difícil evitar también en el caso presente el significado que en una democracia tienen las elecciones: cuando los ciudadanos han hablado, ratificando a sus representantes o removiéndolos, están emitiendo un juicio sobre las políticas públicas correspondientes y quienes las proponían, esto es, al fin sobre las direcciones de los partidos políticos correspondientes. Las consecuencias del juicio de los ciudadanos expresado en la votación dependerán de la censura o conformidad que manifiesten, pero deben ser asumidas. No es concebible la democracia sin la asunción de la responsabilidad, que alcanza evidentemente a quienes se presentan a las elecciones, pero además a quienes han propuesto a los candidatos y han diseñado o llevado a cabo las políticas que los ciudadanos han juzgado en las elecciones, esto es, los dirigentes de los partidos políticos. Bien pensado es sobre estos dirigentes, sobre su gestión y programa, sobre lo que se pronuncian los electores. En un sistema democrático no se debe eludir la asunción de la responsabilidad tras un pronunciamiento de los ciudadanos, dado que no hay otro título que el consentimiento popular al ejercicio del poder. Por lo demás las deficiencias democráticas de los dirigentes de los partidos serán, con toda seguridad, castigadas por los electores cuando se presente la ocasión, esto es, en la siguiente convocatoria a las urnas, de manera que el principio democrático de la responsabilidad se impone bien mediante las convicciones éticas de su dirigentes o de acuerdo con consideraciones, por decirlo así, de eficiencia o de índole pragmática.

En tercer lugar, en términos generales, es discutible que una situación de crisis política, que el resultado de estas elecciones habría venido a corroborar, no se aborde mediante la convocatoria electoral. Es cierto que la legislatura puede agotarse, aunque no sabemos a cuánto ascenderá el precio que los socios parlamentarios del gobierno pueden cobrarse, ni si el tiempo parlamentario que resta corregirá el desgaste del partido en el poder o, por el contrario , incrementará su imagen de impotencia, especialmente en relación con la gestión de la crisis económica. Pero si se piensa en términos de política nacional y no de modo exclusivamente partidario, sí que convendría superar un cliché que a mi juicio está infundadamente consolidado y que maximiza hasta extremos poco razonables la estabilidad, identificando la crisis de gobierno con la crisis política. Según lo veo, apostar por la crisis de gobierno, convocando elecciones generales, no es necesariamente reforzar la inestabilidad política, sino todo lo contrario: lo que genera inseguridad política son los gobiernos débiles, que carecen de ideas o que sin apoyo parlamentario suficiente no pueden llevarlas a la práctica. Son estos gobiernos los causantes de la inestabilidad política y su remoción no incrementa la zozobra del sistema, sino al contrario, puede establecer las bases de su recuperación. No sé si es el caso que tenemos tras las elecciones locales y autonómicas de 22 de mayo, pero podría serlo.

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