25 de septiembre de 2021, 17:43:18
Opinión


Guerra y diplomacia en el Mediterráneo

Víctor Morales Lezcano


A partir del inicio de la segunda mitad de mayo, hemos seguido todos, con gran interés, el despliegue de la “Mideast Policy” que había sido elaborado previamente por Obama y los círculos americanos relacionados con la política exterior de Estados Unidos que concierne al mundo árabe-islámico. Es decir, particularmente, a la que afecta al marco del Gran Oriente Medio, desde Afganistán a Mauritania, desde Turquía a Sudán, tal y como focaliza la cartografía estadounidense este constructo geopolítico.

Hubo en principio el mano a mano entre Obama y Netanyahu, sostenido recientemente en varias ocasiones, incluida la que tuvo lugar en el escenario del Congreso en Washington durante la penúltima semana de mayo para tratar (de resolver) el conflicto israelí-palestino. Luego ha sobrevenido de inmediato la cumbre del G-8 celebrada en París.

El contencioso entre Israel y Palestina no se despeja con facilidad. Entre otras causas porque su Autoridad política es harto endeble desde que “Hamás” ha logrado hacerse popular en la franja de Gaza bajo la sombra de Khaled Marshal. Al respecto, Jimmy Carter, que fue el 39 presidente de los Estados Unidos, y propulsor de los acuerdos de Camp David en 1978 con el concurso de Menahem Begin y Annuar el-Sadat, ha tenido que volver a recordarnos desde el fondo del pasillo: “la única alternativa de paz viable (en el contencioso), consiste en unas negociaciones inspiradas por la buena fe, aunque su punto neurálgico sigue siendo el mismo de siempre: la voluntad de Israel de retirarse de los territorios ocupados (entre 1949-1967), con la excepción de pequeños islotes (negociables), convenidos previamente con los palestinos”.

El reciente viaje de Obama a Irlanda y Gran Bretaña, estampado de simbólicas visitas, inclusive su recepción en el Parlamento de Westminster, ha hecho recordar, sin embargo, a Itamar Rabinovich (ex-embajador de Israel en Washington DC) que se aproxima el mes de septiembre. O sea, la fecha prevista para la celebración de la próxima Asamblea General de Naciones Unidas. Allí y entonces habrá de votarse el reconocimiento del Estado palestino, en virtud de las resoluciones onusinas -la 212, entre otras-. “¿Qué haremos (todos los implicados) cuando llegue ese día del mañana?”, se ha interrogado Rabinovich, con retórica que sólo consigue maquillar una angustiosa expectativa. La respuesta, en septiembre.

En cuanto a la “primavera árabe” que nutre también expectativas en Túnez y Egipto, Obama, en particular, y el tándem franco-británico de consuno, se han comprometido a pasar de las frases que reclama la galería, al establecimiento de un programa de ayuda financiera que permita revitalizar la decaída economía de ambos países norteafricanos. La Unión Europea ha prometido incrementar su ayuda a los vecinos transmediterráneos con unos 1.75 billones de dólares, pensando especialmente en Túnez y Egipto. Ahora bien, donde parece existir una fisura entre Estados Unidos y sus aliados dentro de la Unión Europea, es precisamente en qué hacer en Libia.

La opinión pública en Europa está demostrando cierta inquietud por la guerra que los Aliados mantienen contra el régimen de Gaddafi en el centro geográfico del Mediterráneo. Veamos la disyuntiva en que se mueve esta opinión.

Desde el momento en que Obama y su entorno de asesores en política exterior no consideran Libia en calidad de país prioritario para la consecución de su política árabe-islámica en el Gran Oriente Medio, Sarkozy y Cameron -con el discreto asentimiento de Alemania y de las potencias unionistas de “menor monta”- sospechan, por su parte, que la opinión pública de sus países está realmente harta de la prolongación de la guerra en Libia. Muy en particular por las consecuencias colaterales de la envergadura que presenta, por poner un ejemplo, el flujo migratorio libio-tunecino en dirección a Italia y Francia. Un supuesto efecto-demostración que ha servido de coartada para que la Europa nacionalista a ultranza haya lanzado una ofensiva contra el espíritu de Schengen.

Gaddafi y sus fieles resisten el asedio aeronaval de las potencias aliadas, aproximándose gradualmente a un final patético, aunque el “Salvador” esté imbuido de la idea de “morir con las botas puestas”. El cerco se estrecha y se cierra para Trípoli -desde Bengasi, desde la Corte Internacional de Justicia en La Haya-, pero el líder libio está decidido a que sobrevenga una alteración del mapa geopolítico del Mediterráneo que le conceda oxígeno y que, a la par, logre paliar la ofensiva de sus adversarios occidentales.

Es probable que la lección aprendida por Estados Unidos en Iraq, entre 2003-2007, sea una segunda causa de la inhibición bélica americana en el escenario de Libia. Es obvio que la primera radica en la poca “dependencia” americana de la exportación de combustible libio; lo que no es el caso de la Unión Europea, de Italia en particular.

Por el contrario, lo que viene sucediendo en Siria -por no hablar de Yemen- no es tan vital para la Unión, aunque sí lo sea para la Casa Blanca, siquiera, al menos, porque Siria (a través del Líbano, y los altos del Golán) es un país adverso a la política ofensivo-defensiva de Israel, en la Región inmediata, y de la que Netanyahu se proclama defensor fervoroso. Además, no hay que olvidar que Obama no ignora el celo velado con que Arabia Saudí actúa con respecto a los escenarios de las “revueltas” siria y yemení. Se trata de dos escenarios en los que Riyad no se resignará a no ser tenido en cuenta, si el “statu quo” en presencia amenaza con ser alterado. Que, con bastante probabilidad, lo será; salvo que se confirme la bipartición del mundo árabe-islámico en un conjunto de países que han iniciado su itinerario reformista, de una parte; mientras que otros tantos se aferran al mantenimiento en el poder de oligarquías de diferente índole, aunque todas renuentes al cambio.
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