15 de septiembre de 2019, 11:48:11
Sociedad

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Inmigrantes: romper algunos tópicos



Ninguno de los grandes países de Europa ha pasado como España en tan poco tiempo de ser país de emigración a ostentar la tasa de extranjeros más elevada, tanto en lo que se refiere a población total como a población activa en el mercado de trabajo. Y, en contra de lo que piensa mucha gente, este fenómeno no ha ocurrido a costa de la pérdida del empleo de los trabajadores españoles, especialmente los menos cualificados.

El fenómeno esta muy bien explicado y claramente escrito en un reciente y interesante documento de Joan Elias, publicado por el área de estudios y análisis económico de La Caixa, que es de lectura obligatoria para los que creen lo contrario, en particular partidos xenófobos, como la Plataforma per Catalunya (PxC), que logró 66.000 votos en las recientes elecciones municipales.

Entre 1998 y 2008 España absorbió 4,5 de los 10 millones de nuevos ciudadanos extranjeros residentes en la Europea de los Quince, es decir casi la mitad del total. A 1 de enero de 2011, la población extranjera residente en España representaba el 12,2% de la población total (5,7 millones de personas) en comparación con el millón escaso (923.879), el 2.3% en 2000. Cuando Franco murió en 1975 había solo 165.000 extranjeros residentes en España incluyéndome a mí.

El intenso flujo migratorio coincide con un descenso del paro de los trabajadores nacionales (una tasa de solo el 7% en 2007 en comparación con el 21% hoy), con un aumento de sus tasas de actividad y con una elevación general de sus salarios. De hecho, a partir de finales de los años noventa la carencia de trabajadores autóctonos en determinados sectores de actividad y el avance de sectores intensivos en mano de obra (el sector de la construcción, en particular) requirieron la incorporación de trabajadores extranjeros, pese al aumento de las tasas de actividad de los nativos.

La mitad de los nuevos empleos creados entre 1995 y 2005 fueron ocupados por extranjeros, que han pasado de representar el 4% de los afiliados a la Seguridad Social en 2001 a más del 10.5% a finales de 2010.

La mano de obra extranjera se ha dirigido a actividades generalmente de bajo valor añadido, cubriendo puestos de trabajo de nivel y rango inferiores al de la población nacional y con contratos temporales.

Con las debidas cautelas por la dificultades de medición del fenómeno, Elias estimó que el crecimiento medio de la economía española entre 2000 y 2008, que fue del 3.3%, se hubiera situado en el 1,7% en ausencia de inmigración. La afluencia de extranjeros contribuyó a reforzar el ciclo expansivo de la economía española. En otras palabras, si no hubiese existido la válvula de la inmigración, las tensiones del mercado del trabajo hubieran sido elevadas, en términos de costes, e incluso habrían imposibilitado el fuerte crecimiento de la economía española en la primera década de este siglo.

La población de origen inmigrante ha tenido también un impacto positivo sobre el erario público, según otro informe de La Caixa (“Inmigración y Estado de bienestar en España” de Francisco Javier Moreno Fuentes y María Bruquetas Callejo). Los autores dicen que los datos disponibles muestran que el balance fiscal entre su contribución al erario público y el coste de las prestaciones y servicios sociales que reciben resulta claramente favorable a las arcas del Estado. No existe evidencia empírica alguna que apunte a una relación entre el volumen de los flujos migratorios y la intensidad de la protección social garantizada. En otras palabras, los inmigrantes buscan renta monetaria y eligen aquellas zonas donde sus probabilidades de encontrar trabajo son mayores, y no donde existe un sistema de protección social más generoso.

La otra cara de la moneda es que desde el inicio de la crisis en España (2008) los inmigrantes se han llevado la peor parte del ajuste del mercado laboral, debido principalmente a la distribución sectorial de su empleo y también por la concentración del mismo en el ámbito de los contratos temporales. La tasa del desempleo de los inmigrantes alcanzó el 32% en marzo de este año, 13 puntos porcentuales más que la correspondiente a los españoles. Se trata del diferencia más elevada de los países de la UE, después de la pequeña Estonia, que en promedio se sitúa cerca del 9%.

La contratación temporal, que había servido de cauce para la rápida incorporación del numeroso contingente de inmigración a lo largo de los años de auge de la economía, en el momento de la crisis se convirtió en el principal canal de ajuste.

Obviamente, la altísima tasa de desempleo ha ralentizado la llegada de inmigrantes y su incorporación a la vida laboral activa, y algunos miles ya en España están regresando a sus países de origen. Hasta ahora el número de estas personas es insignificante, entre otras razones por no ser considerado un fracasado en su país de origen. Los inmigrantes desempleados están sobreviviendo como pueden.

Es más que probable que el elevado paro extranjero con que se ha cerrado la recesión económica perdure en el tiempo. Como bien concluye Elias, “el ensanchamiento del diferencial de tasas de paro entre extranjeros y nacionales corre el peligro de convertirse en crónico si no se adoptan acciones encaminadas a reequilibrar las desventajas que afrontan los colectivos de inmigrantes y evitar la formación de bolsas de desempleo-pobreza-marginación.”

Los estudiantes de origen inmigrante tienen una probabilidad 2,1 veces mayor de abandonar prematuramente los estudios que sus compañeros autóctonos.

Que tomen nota los políticos.

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