3 de marzo de 2021, 6:47:54
Opinión


Lo que se nos viene encima

Juan José Solozábal


En las desternillantes (y maravillosas) memorias de Fernando Savater hay un episodio en el que el escritor se pasea con un amigo nacionalista por la Concha. En un momento determinado ambos se paran y el amigo le dice a Savater, señalando la bahía: Nos quieren quitar esto. Pero, ¿qué dices?, hombre de Dios cómo te van a quitar esto, ¿a dónde se lo van a llevar?. Creo que Savater no pudo con el desconsuelo del amigo nacionalista que temía que el despojo de los de fuera, acabara por fin consumándose con el arrebato de la bahía.

El sentido patrimonialista del nacionalismo le lleva a atribuir a la colectividad determinados rasgos que en realidad no son propios de la nación, sino creados por los individuos que a ella pertenecen, en virtud de posiciones ideológicas o culturales particulares. Un nacionalista ignora este origen concreto de los rasgos con que se representa el conjunto asumiéndolos, por el contrario, como rasgos fijos e indiscutibles en su evidencia. Tal actitud esencialista consuma una unidad inescindible entre el objeto propio del pensamiento, esto es la nación o la sociedad específica de que se trate, y las características que le confiere la ideología nacionalista.

Si se discuten los trazos identificables con la nación, que el nacionalismo afirma apodícticamente, se niega la nación. El triunfo de las tesis no nacionalistas en la nación se considera, por los nacionalistas, como un proceso antinatural y desustanzializador que equivale en cierto punto a la sustracción territorial, que la imaginación calenturienta del paseante donostiarra amigo de Savater, veía como perfectamente posible.

Yo también me veo afectado por el síndrome del paseante nacionalista de la Concha. También a mí me cuesta creer que San Sebastián deje de ser identificable con una ciudad, con una patria, que no sea la del cosmopolitismo, la educación, el pluralismo, las buenas maneras. Temo no reconocer en el futuro el sitio liberal que pujaba por la supresión de las aduanas en el interior, frente a la Provincia, celosa de las ventajas fiscales del orden foral. Veo renacer quizás la contraposición de San Sebastián y la Provincia en los años treinta del siglo XIX , que apuntaba don José Mugica en su Carlistas, Moderados, Progresistas. San Sebastián, 1950. “Guipúzcoa en el antiguo régimen, San Sebastián proteccionista. Guipúzcoa librecambista. San Sebastián, liberal y progresista; Guipúzcoa, absolutista”.

En mi deambular por la ciudad de este fin de semana he visto un pasquín, sucio y desabrido, en el que en proclama reaccionaria se presume de la existencia de “mil razones para parar un tren”. Si nos tomamos en serio el aviso no es difícil de presagiar una política municipal identificada, como en la caverna del siglo XIX, precisamente “contra el ferrocarril”. Claro que ello no es nada comparado con la advertencia que alguien ha hecho, al parecer, sobre la presencia en San Sebastián de los miembros de la familia real, que son “seres” a los que, se dice, no se quiere ver. Habrá que recordar que tales “seres”, como ciudadanos amparados por la Constitución, disfrutan también de sus derechos correspondientes de libre movimiento y que como titulares de funciones asimismo reconocidas en la Norma Fundamental pueden ejercerlas en todo el territorio nacional. O será mejor recordar la estrechísima relación de la capital donostiarra con la familia real española, de la que existe constancia evidente en tantas calles, plazas o monumentos de la ciudad. La deferencia de San Sebastián, sabido es , con la familia real se patentizó de manera extraordinaria cuando, con ocasión de la Revolución, en 1868, la provincia retardó su levantamiento hasta que Isabel II , a la sazón de veraneo en San Sebastián, no hubiese, por Irún, abandonado el territorio nacional.

Señor, Señor, ¿qué hemos hecho para merecer esto?.
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