7 de diciembre de 2019, 11:10:39
Opinion


Los indignados

Antonio Meza Estrada


El pasado fin de semana caminé entre los grupos de acampados en la Plaza de Catalunya, en el corazón de Barcelona. Jóvenes en su mayoría con la alegría de la convivencia explicaban su protesta pacífica por la falta de oportunidades para egresados de las universidades y trabajo ordinario para quienes inician su vida productiva.

Esa mañana, el consejero de gobierno de la ciudad había dispuesto el desalojo de los pacíficos manifestantes, lo que provocó un enfrentamiento con la policía y varias decenas de heridos, así como el surgimiento de un encono que no había contra la autoridad local.

En la porteña ciudad se vive este fin el desencanto de la deteriorada economía que no beneficia a la gente por privilegiar la estabilidad macro de los grandes indicadores, a la par que se celebra durante el día y la noche el triunfo de su equipo de futbol.

Para un extranjero como es mi caso, conversar con la gente en una protesta no es novedoso, ya que en mi país la inconformidad y su manifestación es algo usual. Al parecer la incomprensión y manejo por la autoridad también es poco afortunada. La diferencia puede ser un poco el motivo.

Las válvulas de escape frente a la crisis operadas en la micro economía pueden ser la llave para entender como en México no se protesta contra la crisis y el desempleo. Y es que tenemos la puerta fácil del auto empleo, llámese empleo informal y que le permite al estudiante, ama de casa o burócrata obtener ingresos que sustituyan el formal mediante ocupaciones no reguladas. Vender todo tipo de productos en la calle, oficina por oficina o hablando con las amistades, puede generar algo para mantenerse, además del recurso de irse a vivir con los parientes que si tienen trabajo y así mitigar el pago de arrendamiento o pago hipotecario y los servicios de la vivienda.

Y la gran válvula que pareciera abrirse y cerrarse al antojo de la economía norteamericana y la necesidad de las familias mexicanas: la emigración. Uno de cada ocho mexicanos tenemos un pariente –por lo menos- allá. A ellos acudimos en busca de préstamos o de abrigo para pasar unos meses y hacer un guardadito para regresar a casa… si es que no se nos cruza alguna oportunidad que, como a millones de compatriotas-, ha terminado arraigándoles en el sueño americano.

Sin embargo, los jóvenes y las familias españolas no pueden hacer lo mismo. A los Estados Unidos no se puede ir porque está muy lejos y además, no tienen esa intrincada y eficaz red de familias que apoyan a nuestros migrantes. Tampoco pueden los españoles optar por el auto empleo o el ambulantaje –ya que éste está reservado para los inmigrantes de África entre otras-. La consecuencia es que la seguridad social da unos cuantos euros para subsistir, pero con un horizonte muy lejano de recuperación, los jóvenes en los treinta, con estudios universitarios y aspiraciones de clase media, entran en conflicto con una economía que no les ofrece opciones.

Por eso están indignados. No están contra el sistema, están contra el mal funcionamiento del sistema. Están contra el envío de soldados a misiones extranjeras mientras en los hospitales se reducen los servicios y se encarecen los costos de la educación.

Paradoja la de este país de gobierno socialista que hubo de tomar las amargas decisiones del capitalismo sin que ello le haya resultado.
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