11 de diciembre de 2019, 7:58:19
Opinion


En la Feria del Libro con Gurb



Sé que no es muy común pedir prestados personajes literarios a un autor, pero el otro día le pedí a Eduardo Mendoza que me prestara a Gurb. Todo el mundo sabe que Gurb es un extraterrestre que cayó en Sardanyola con su jefe en una nave espacial. Su objetivo era tomar contacto con las formas de vida de la zona sin llamar la atención de la fauna autóctona. Para ello, Gurb tomó la forma de Marta Sánchez, y su jefe la del conde-duque Olivares. Tras algunas peripecias, decidieron mandar la nave al espacio exterior y quedarse en Barcelona. Mi objetivo era obtener un informe de la feria similar al que el jefe de Gurb escribió sobre Barcelona. Como yo recordaba toda la historia, decidí llamar a Eduardo.

--Oye, Eduardo, ¿me prestas a Gurb?
Eduardo, que es muy cervantino y comprende los réditos de lo apócrifo, me respondió enseguida:
--Claro. ¿Para qué lo quieres?
--Para la feria --le respondí.
--Eso está hecho. Le encantará ir.

En tres días tenía en casa una pesada caja que me despachó en camioneta un profesor de universidad de Bellaterra reconvertido en repartidor. Bajo el brazo llevaba un libro, “¡Indignaos!”. “Lo leo en los semáforos”, me dijo, “me relaja”.

Yo abrí la caja encantado. Dentro estaba Marta Sánchez vestida con un traje de faralaes. Enseguida me di cuenta de que Eduardo se había equivocado de Feria. Le llamé.

--Eduardo, que no es la feria de Sevilla, que es la del libro de Madrid.
--Vaya, lo siento --me dijo-- ya sabes que aquí en Barcelona eso de feria suena a bailoteos. Pues va a ser difícil convencerle a Gurb de que se quite el traje...
--Déjame a mí, le dije.
--Suerte. Pero recuerda que a Gurb le gusta comer libros. De todas formas, tengo que ir a firmar este fin de semana. Nos veremos.

Esto último me inquietó, pero lo cierto es que no me quedaba otra. Eduardo estaba por el momento en Barcelona y yo quería ir con Gurb a la Feria para tomar contacto con la fauna local. Opté por la única estrategia que conozco desde niño: la insistencia. Me costó todo un día convencer a Marta Sánchez de que no íbamos a ninguna caseta de baile, de que debía quitarse aquel traje y de que íbamos a ver libros. Al final, después de vencer las naturales suspicacias, lo logré. Me tuve que tapar los ojos mientras se cambiaba. Cuando los abrí, tenía ante mí un amasijo de barritas de aluminio y circuitos integrados. A su alrededor, en el suelo, estaba el traje de faralaes rojo y blanco. Lo aparté enseguida, por si acaso.

--Tienes que tomar la forma de alguien más discreto.
--¿De quién?
--Vamos a una feria de libros.
--Entonces me convertiré en escritor.
Gurb miró su catálogo y en tres segundos se convirtió en Cervantes.
--Eso no es nada discreto-- le dije, pero no hubo manera. Quería ir de Cervantes y así salimos de casa.

En la feria hacía un calor agobiante. Ríos de personas subían y bajaban entre las casetas. Ante mi sorpresa, nadie parecía reparar en Cervantes. Por los altavoces, anunciaban firmas de multitud de gente en multitud de casetas. A Gurb, es decir, a Cervantes, le gustaba repetir los números y los nombres.

--¿Para qué son estas colas? --me preguntó Cervantes.
--Para que les firmen sus ejemplares --le dije.
--Yo también quiero firmar.
--Para eso tienes que ser un escritor actual.
--¿Y qué es un escritor actual?
--Uno que está vivo, --Cervantes me miró con cara indignada-- ...y que acaba de publicar un libro.

En un segundo, Gurb se había metido en una caseta. Era de una editorial famosa, y allí estaba firmando un escritor actual. Frente a él, había una cola interminable. Gurb se sentó a su lado e imitó todos sus movimientos. Cogió una pila de libros y la puso frente a él. Eran Quijotes, de la edición de Rico. Empezó a firmarlos. El escritor actual lo miraba molesto.

Nadie hacía cola delante de Cervantes. Yo me acerqué y cogí un ejemplar firmado. Luego, vino el personal de la caseta y lo echaron con cajas destempladas. Cervantes comenzó a correr entre la gente. Yo corría detrás de él, sin saber qué era más absurdo, si gritar “¡Gurb, Gub!” o “¡Cervantes, Cervantes!”. Lo perdí. Caminé entre la muchedumbre, con los brazos caídos y arrastrando la lengua por el suelo. “Sin noticias de Gurb”, pensaba, o “Sin noticias de Cervantes”. Me regalaron un gorro de paja, tres bolsas llenas de catálogos con una ilustración incomprensible y una pelota hinchable de color naranja. Cuando estaba a punto de darme media vuelta, vi un alboroto en una caseta. Solo, en medio de un montón de libros destrozados, estaba Cervantes. O Gurb. Jirones de papel le caían por los mofletes. Dos miembros del Samur le increpaban. La multitud lo miraba indignada. La caseta era de una editorial de éxito, o de autores de éxito. Pensé “Cómo se haya comido al autor, la hemos liado.”. En ese momento, apareció Eduardo. Al verlo, Cervantes, o Gurb, pareció calmarse.

Eduardo se adelantó, le dio la mano y los dos desaparecieron Feria arriba. ¡Qué poder el de Mendoza! Yo me quedé con mi gorro, las bolsas de catálogos y la pelota hinchable. Gurb o Cervantes me habían superado. No pensaba pedir prestado un personaje literario nunca más. Entonces recordé que en una de las bolsas tenía la edición del Quijote firmada por su autor. Son las cosas de la Feria. Mañana llamaré a Eduardo para que me mande el informe de Gurb. Si es que no se lo ha prestado a nadie más.
El Imparcial.  Todos los derechos reservados.  ®2019   |  www.elimparcial.es