18 de septiembre de 2021, 9:45:50
Opinión


Demasiada falsedad

José Manuel Cuenca Toribio


La vida social se alza sobre un bien arquitrabado sistema de valores convenidos, verdades a medias y convencionalismos intocables. Desde muchos siglos atrás ha sido así en los lugares de civilización. Sociólogos e historiadores debaten para establecer cuál fue su causística en la Europa moderna, fijando de ordinario en costumbres religiosas las razones principales del fenómeno. En España, como es bien sabido, resulta habitual responsabilizar a la Inquisición los motivos últimos de numerosos comportamientos y hábitos hipócritas y engañosos.

Tal vez sea ajustada a realidad dicha atribución. Pero en sus manifestaciones hodiernas, en una comunidad tan absolutamente secularizada como la hispana, no es el caso que nos detengamos en rastrear muy río arriba de nuestro pasado la raíz fundamental del hecho. Su análisis más apresurado detecta ya de entrada su sobredimensión respecto de las colectividades más próximas por geografía e identidad. Hay demasiada tarea para detenerse en aquilatar etiologías y orígenes. Por doquier, la vida nacional se encuentra empedrada de mixtificaciones, engaños y falsedades. Algunas son, ciertamente, de obligado y casi inexcusable cumplimiento en ámbitos como los de la alta política secular y eclesiástica –también, en ocasiones, en la “baja”…-, las sumidades mediáticas, las cumbres académicas o las cimas financieras –las recientes memorias del más famoso banquero del paso de los años ochenta a los noventa del siglo precedente constituyen una muestra insuperable de lo expuesto. Con ello, cabría con alguna dosis de cinismo, se cuenta; lo que, sin embargo, se presenta como inimaginable es la extensión de la circunstancia de que hablamos por casi todas las capas sociales. Lejos, muy lejos quedan los franciscanos y deliciosos consejos del autor de La bien plantada acerca de la obra bien hecha. No es ya que en los trabajos y los días del país las chapuzas y desmañas estraguen el laborar cuotidiano de millares de operarios, sino que en el corazón mismo de instituciones y organismos respetables y básicos para el normal desenvolvimiento de la actividad pública, semeja haberse instalado un mecanismo infernal de falsía y trampantojo.

De modo que, v. gr., el ingenuo lector, confiado en el marbete universitario de no pocas obras, acudirá presuroso a las páginas de estudios de titulación excitante o rigurosa –maridadas en ciertos casos…-, para sumirse de inmediato en desolación más o menos profunda. El atractivo y hasta sugestividad de intitulaciones y presentación formal da vado en el texto a trascripción de ponencias de elementalidad sonrojante, fruto de “puestas en común”de equipos de estudiosos con mayor vocación viajera que gusto por la investigación. Extraído, evidentemente, de la experiencia más familiar al articulista, el anterior ejemplo se multiplica hodierno en la mayoría de las áreas humanísticas, con secuelas cada vez más difíciles de soportar por el cuerpo social. El sucedáneo, la apariencia y la mentira no pueden acumularse indefinidamente sobre la andadura de un pueblo.

El dramático problema de la baja productividad, erigido en la actualidad en el más inquietante quizá para las elites económicas y gobernantes, no es, bien mirado, sino la cara más sombría del aquí glosado. El rendimiento material es indispensable cara al desarrollo de la nación; pero aunque, a las veces, se haga arduo entenderlo, el moral lo es igualmente en la misma línea de trascendencia presente y futura. A los efectos, una cruzada cívica en pro de la autenticidad, con el consiguiente desinflamiento de globos artificiales en todos los panoramas, rebaja de estaturas abultadas por la silicona del elogio mercenario y supresión de postizos, tendría asegurada el aplauso del núcleo de la sociedad española, aún, por fortuna, sin necesidad de respiración asistida para su estimulante funcionamiento.
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