14 de diciembre de 2019, 23:04:26
Opinion


Maestro, Maravall

Juan José Solozábal


Leo en la red, proveniente de un periódico que no frecuento, un excelente artículo escrito en recuerdo de don José Antonio Maravall, que ahora habría cumplido los cien años. Justo cuando escribo este recuadro no sé si levantarme e ir a la biblioteca y repasar sus libros (los tengo casi todos) o dejar, quizás, mejor, evocar su memoria. Recuerdo perfectamente su clases, llenas de alumnos ya de cierta madurez, pues el maestro impartía docencia en el cuarto curso de licenciatura, pero no era infrecuente que a las mismas concurriesen otros muchachos aun más mayores, así como discípulos y otro tipo de asistentes.Todos tomaban con diligencia nota del relato que perfectamente hilvanado y completísimo urdía don José Antonio alternando sus consideraciones introductorias o conclusivas con la lectura de multitud de fichas. Las clases me resultaban fascinantes : yo acababa de terminar mis estudios de derecho en Valladolid.

Estaba acostumbrado a que una lección tuviese un objeto acabado, se tratase de una institución o de una figura jurídica concreta, de modo que al terminar la exposición del profesor uno se había hecho una idea de la materia correspondiente, en sí finita o delimitada. Las clases de don José Antonio, en cambio, nunca te dejaban la impresión de que el tema a que se referían estuviera cerrado: lo que el maestro hacía era mostrarte , en relación con el objeto, un panorama todavía sin explorar, cuyas posibilidades de comprensión eran múltiples y que tu debías en aventura personal seguir desbrozando, porque el personaje o el problema, según se mostraba, yacía aún en la oscuridad y la confusión. Se explica perfectamente que este tipo de historiar, que testimoniaba una pasión profesional admirable, convocase a la labor a un buen número de jóvenes que no pudieron resistir la llamada, y que hoy escalafonean una excelente nómina de historiadores.

Escuchaba a Maravall con profundo respeto, igual que lo hacía con otros miembros bien ilustres de aquel claustro de la Facultad de Políticas de la época, que integraban personalidades inolvidables como don Luis Diez del Corral o don Luis García Valdeavellano, el descendiente institucionista, que con otro sabio como don Julio Caro, atendía, según me ha contado alguna vez Manuel Aragón, a los chiquillos de las colonias de verano en Villablino. Maravall había sido discípulo de Ortega, y representaba de algún modo la proyección de su escuela, rigurosa y europea, en los diversos sectores del pensamiento, de la historia en este caso.

Yo diría que de las enseñanzas de Maravall se deducían sobre todo tres cosas. Primero, en el dominio técnico o metodológico, lo que Maravall pretendía era situar adecuadamente la historia del pensamiento como un momento determinado de la historia general, o sería mejor decir, total. Maravall defendía la especificidad del pensamiento pero en un contexto bien amplio y nutrido del escenario correspondiente del pasado. Sustituía, creo, los determinismos sociológicos en que pudiese incurrir el marxismo académico de la época por un examen ordenado y comprensible de la complejidad de la totalidad de cada periodo. Como puede comprobarlo el lector de su Teoría del saber histórico, cuando nos referimos a los supuestos metodológicos de Maravall no lo hacemos solo a su modo efectivo de hacer historia, sino a un modelo propuesto conscientemente para dicha tarea.

En segundo lugar, Maravall creía efectivamente en la realidad de un sujeto determinado histórico que era la nación española, existente antes de la época del nacionalismo, con suficientes rasgos que permiten rastrear hasta tiempos pasados su especificidad .Maravall dedicó mucho esfuerzo a detallar muchos de esos rasgos protonacionales que singularizan a España: se trate de nuestros pensadores políticos medievales, la idea del Imperio de Carlos V, el pensamiento político de Cervantes, nuestro barroco o la Ilustración española.

En tercer lugar, Maravall no entiende nuestra especificidad histórica como casticismo o excepción: ni desea un futuro político para España al margen de Europa ni cree que nuestra formación histórica se explique sin ella. Quien relea su monumental libro Estado moderno y mentalidad social comprobará el empeño de Maravall por insertar plenamente en los procesos de la modernidad europea, se trate del pensamiento o los desarrollos institucionales, la forma política del Estado español.

Guardo finalmente un recuerdo bien personal de don José Antonio Maravall. Un día de verano, allá por 1971, me dedicó con la cordialidad que le caracterizaba, en su piso profesoral de Moncloa, un buen rato de la hermosa tarde y aceptó prohijar el proyecto de lo que finalmente acabaría siendo una tesis doctoral, aunque con otro patrocinio académico. El subtítulo de la investigación propuesta, al menos, era bien maravalliano: El Primer nacionalismo vasco: industrialismo y conciencia nacional.
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