25 de enero de 2020, 13:14:50
Opinion


Indignados con y sin razón



La tónica general de las marchas de “indignados” que ayer se sucedieron por toda la geografía española tuvo como denominador común su discurrir pacífico, lo cual es una buena noticia. Atrás quedan los deplorables sucesos a las puertas del parlamento autonómico catalán la semana pasada, jaleados, dicho sea de paso, por muchos de los manifestantes de ayer domingo. Unos manifestantes que expresaban su malestar por la crisis económica, discrepaban con el pacto del euro y llamaban a la movilización para una próxima huelga general.

Están en su derecho. Podrá estarse de acuerdo o no con sus reivindicaciones, pero siempre que éstas se expongan en forma y manera procedentes, en democracia no hay nada que objetar. Máxime cuando algunas de las demandas formuladas por este tipo de colectivos pueden tener su parte de razón. No la tienen, sin embargo, desde el momento en que utilizan tácticas mafiosas como medio de expresión. No la tienen cuando monopolizan sin autorización previa lugares públicos y los ocupan como propios, perjudicando el devenir cotidiano de negocios y transeúntes. Y no la tienen, en suma, cuando afirman que los políticos no les representan. Todo lo contrario, la esencia misma de todo sistema democrático es la función de quienes han sido elegidos como legítimos representantes a través de las urnas. Unos cuantos miles de descontentos en toda España no pueden imponer su criterio a los más de veinte millones de ciudadanos que votaron en las últimas elecciones generales. Si no están conformes, que constituyan una fuerza política nueva donde se recojan sus demandas y que participen; basta con registrarse en Interior. Pero que no se arroguen algo que no les pertenece: el poder de decidir por todos.
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