14 de junio de 2021, 4:54:23
Opinión


En Marruecos se impone un cambio (II)

Víctor Morales Lezcano


En mi última visita a Rabat, he llegado al convencimiento de que los levantamientos populares de Túnez y Egipto acaecidos entre enero-marzo, amén de ciertas advertencias hechas a las Casas reales de Jordania y Arabia Saudí durante la mitad del año que llevamos ya sobre las espaldas, han contado bastante a la hora de impulsar el cambio desde arriba en la sociedad marroquí.

Más allá del sentido común y de supervivencia “lampedusiana” que demuestran tener los sistemas arraigados, y por encima de la labor de pedagogía que ciertos cenáculos políticos y jurídicos franceses y estadounidenses hayan ejercido cerca de Mohamed VI, lo cierto es que en el Reino de Marruecos no se han llevado a cabo reformas de altos vuelos para maridar con acierto tradición y modernidad. Es decir, conservación de lo mejor de la herencia recibida y limpieza vitalizadora de las vías que conducen a un futuro que, en amplia medida, es ya tiempo presente.

Defiendo aquí y ahora mi hipótesis de interpretación del proceso de reformas constitucionales en el Marruecos de 2011. Mi estancia en Rabat no ha venido sino a consolidarla. Todo el imprevisible capítulo de sacudidas políticas abierto en Túnez y Egipto, no hace mucho, ha sido generador de varias inducciones dramáticas en el seno de no pocos países del mundo árabe. Es bastante probable que haya impulsado también a Mohamed VI (“el Rey Audaz”, como vienen apelándole no pocos medios marroquíes y también extranjeros) a liderar la transformación del Estado, la inmersión de Marruecos en una trayectoria de democratización progresiva. El pueblo y el país marroquíes merecen el esfuerzo pendiente de emprender.

Creo también ver con claridad la importancia que ha tenido en Marruecos la eclosión del Movimiento contestatario del 20 de Febrero (20-F). Se trata de una eclosión de protesta callejera contra las promesas oficiales de buena y equitativa gobernanza, nunca cumplidas; de protesta contra el abuso de poder, nunca atajado por los dispositivos de ley, existentes, sin embargo. No pretendo decir que el Trono no viera con anterioridad a la eclosión del 20-F “las orejas (puntiagudas) al lobo”, aunque es posible que no llegara a calcular la amenaza que tantas calles, plazas y explanadas repletas de “indignados” podría entrañar para el Régimen. No cabe duda de que Mohamed VI tomó buena nota entonces de lo que estaba pasando en la calle - e incluso de lo que podría llegar a ocurrir si no se procedía también a desactivar las protestas del ala islamista encarnada por Benkirán (PJD) y por Nadia Yassín (Asociación “Justicia y Beneficencia”)-. Una vía demócrata y socialista fresca y renovada, tampoco escamotea sus críticas a la operación en marcha.

Es de esta manera, a tal contraluz, como se entiende mucho mejor el discurso real del 9 de marzo, la rápida formación de la Comisión consultiva para la revisión constitucional, la amnistía conferible a los presos políticos: casi todos ellos islamistas de rigor, con inclinaciones yihadíes comprobables como ocurre con Mohamed Fizazi, hoy jeque musulmán aunque ayer fuera competente profesor de Matemáticas. Por no hablar de la puesta en órbita del Consejo Nacional de Derechos Humanos y de tantas otras garantías de democratización forzosa que afectan tanto a la renuncia del Trono a sus centenarias prerrogativas reales como abogan esas garantías por la restitución a las Cámaras del Reino de sus derechos representativos en un clima de libertad de expresión. Ítem más, el poder judicial en Marruecos parece quedar también en libertad de enjuiciamiento, porque sin ello se atentaría contra el “Espíritu de las Leyes”. En la “volte face” finalmente producida en el cambio constitucional marroquí, el poder ejecutivo -con el primer ministro del partido más votado en las elecciones, a la cabeza- pasa a ser el responsable del gobierno de la nación. En el papel, nos hallamos ante un viraje copernicano en la trayectoria reciente de la monarquía alauí (1956 en adelante) hacia árabes y bereberes, judeo-sefardíes y otras minorías inveteradas.

Nos encontramos, por tanto, ante una red de innovaciones constitucionales que ya había anticipado el Trono (marzo-mayo del año en curso) y que éste no ha hecho sino redondear en el discurso pronunciado por el Rey en la noche del 17 de junio. El lema del discurso ha sido “Una Constitución hecha por los marroquíes para todos los marroquíes”.

Dejando aparte el coeficiente de resonancia propagandista que transporta todo mensaje, se puede afirmar que la suerte está echada en tierras de nuestro vecino meridional.

El mismo calendario oficial de acontecimientos catalizadores de la vida política y social de Marruecos, durante los próximos meses, nos lo anuncia olímpicamente: referéndum constitucional a principios de julio; preparativos electorales previstos a culminar en el último trimestre del año 2011; inicio, a continuación, de una legislatura y gobernación del país más estimulantes, más atractivas para una nación que aspira a ser moderna en todos los sentidos del término. Por mucho que le cueste a este país y sea una operación previsiblemente dilatada en el tiempo.

Cierto es que no han faltado observaciones críticas a esta operación constitucional desde su arranque, como se advirtió antes. Proceden, unas, del sector islámico más intransigente que encabeza Benkirán; otras, por el contrario, han emanado de personalidades independientes del mundo universitario. Como botón de muestra, véase el siguiente apunte “Marruecos no reúne las condiciones de una monarquía parlamentaria. Una monarquía parlamentaria requiere una clase política exigente y creíble, unos parámetros inexistentes por ahora”, en frase de Mohamed Tozi.

Personalmente, siento un escepticismo fundamentado hacia lo que desde arriba viene desencadenándose con cautela en Marruecos desde hace meses, y que se hará palpable en el segundo trimestre del año. Me pregunto: ¿no resulta todo el proceso demasiado rápido?. ¿Han contado con reposo suficiente los integrantes de la Comisión consultiva para la revisión constitucional que encabezan prestigiosos juristas marroquíes como Abdelatif Mennouni?. ¿Tendrá el Trono que renunciar a más prerrogativas como exigen algunas voces radicales, aludiendo al artículo 19 de la Constitución que sigue respetando al monarca en su condición de Emir de los creyentes?. Finalmente, cabe preguntarse ¿cómo se harán compatibles, en el nuevo marco constitucional, la secular centralidad político-administrativa del Marruecos sempiterno, con la voluntad manifiesta de hacer de este país una Nación de Regiones Autónomas?

En Rabat, en Palacio, en los medios del Gabinete real se ha hecho de necesidad virtud. En consecuencia, se ha apretado el acelerador de las reformas, aunque no sea menos patente que si no se procede a correr ciertos riesgos implícitos en la operación ahora “en capilla”, el tropel de acontecimientos que sacuden el mundo árabe -y a lo países del Mediterráneo europeo- pueda alcanzar también al “Magreb al-Aqsa”.
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