17 de septiembre de 2021, 15:37:26
Mundo

AL SUR DE TARIFA, AL NORTE DE ESPARTEL


En Marruecos se impone un cambio (I)



Sí, Marruecos quiere cambiar de imagen. “A fondo”, si las circunstancias del presente y la herencia del pasado lo permiten; pero quiere cambiar “cuanto antes”.

Lo quieren el Rey y el Majzen. Por consenso un tanto inerte, lo quiere también la agotada partitocracia que se fue constituyendo en la segunda mitad del siglo pasado; y por no pecar de diferentes, lo avalan otras instituciones del Estado -magistrados, ejército, sindicatos-. Todos parecen aceptar la dinámica de un cambio desde arriba, aunque algunas personalidades puedan allegar sus reticencias corporativas al procedimiento legal y ritmo de implantación impuestos a ese Cambio.

Varias son las fuentes marroquíes impresas, u orales, que últimamente se empeñan con insistencia en afirmar que el cambio de marras no es sino fruto maduro de una voluntad real y política al servicio del pueblo, y que se ha venido gestando en el último decenio. Esta inflexión tiene bastante de quiebro improvisado

La propuesta de este enfoque tiene los visos de ser, a todas luces, uno de los frecuentes montajes del poder que dentro, o fuera, del mundo árabe se repiten con alteraciones de valor sólo adjetivas. Veamos.

Es cierto que el difunto Hassan II también intentó, desde arriba (como no podía ser de otro modo), conceder al país más de un marco constitucional del que siempre salía reforzado el Trono, frente a las aspiraciones de todos los partidos políticos que nacieron durante los años de lucha por la independencia (1945-1956) y de construcción del Estado postcolonial (1956-1990). A lo largo del decenio de los años 70, el Trono se afianzó constitucionalmente, pero también en el marco de la “Realpolitik”, frente a sus adversarios istiqlalíes y socialistas. Se afianzó, dígase alto y claro, contra viento y marea -golpes de estado como el “putsch” que tuvo lugar en la residencia palaciega de Skhirat, por no abundar en otras intentonas que expresaban no tanto el descontento de parte de las fuerzas armadas reales (FAR) como las aspiraciones de mando que acariciaron ciertos oficiales marroquíes de alto rango (cuyo espécimen más difundido -a propósito- fue el general Ufkir)-.

El entorno económico internacional y el pobre desarrollo material de Marruecos, no coadyuvaron entonces a esclarecer el futuro panorama de un país norteafricano que nunca había sido indiferente a Francia y España por razones históricas concretas; como por otras razones, Marruecos no le era indiferente, en plena guerra fría, a la Alianza del Atlántico Norte. Ni tampoco a Estados Unidos, desde que Roosevelt eligió Casablanca para iniciar la contraofensiva bélica y diplomática contra las potencias del Eje.

La crisis del Sahara occidental vino a proporcionarle a “Nuestro Amigo el Rey” (título de la aguda diatriba “versus” Hassan II que publicó Gilles Perrault) una oportunidad dorada para reafirmar la monarquía constitucional, aunque de derecho divino (según el profesor Mohamed Tozi). Sin embargo, embridados finalmente todos los resortes del sistema por el Trono, Hassan II -“el Unificador”- no dejó de hacerle guiños de factura “constitucionalista” a sus miembros más irreductibles: elementos inconformistas del tándem istiqlalí-socialista, berberistas, militantes de una izquierda “entreverada”, y ya -al final de los años 80- a las formaciones sociales de corte islámico.

Antes de su desaparición, Hassan II volvió a practicar la política del poder supremo abriendo, empero, algunos canales de comunicación participativa, entre los que cabe mencionar los amagos revisionistas de septiembre de 1992 y diciembre de 1996. No es que el Trono flaqueara, sino que el Rey se sentía enfermo de muerte. Ni debía dejar a su heredero un espacio de actuación irrespirable, ni convenía deslizarse por la pendiente de concesiones entreguistas a la partitocracia del sistema. Se me ocurre recordarle al lector, sobre estos momentos de fin de reinado, el “Testimonio” de Abdallah Laroui y el estudio del profesor Lamghari, ambos muy jugosos. Por ello, el Trono accedió a que el socialista Youssoufi encabezara el postrer gobierno de la etapa hassaní del Marruecos contemporáneo. De esta manera, controlando las iniciativas de transformación verídicas (algunas) o fingidas (muchas de ellas), el Trono entraría en el siglo XXI como el eje vertebrador de Marruecos.

Ni la partitocracia -hoy ya tan desprestigiada- ni el ejército -sometido al Monarca, su general en jefe- ni otras instancias, lograrían alterar la ecuación descrita.

En la segunda parte, le seguiremos la pista a los orígenes inmediatos del Cambio en Marruecos que se aproxima a velocidad de crucero.
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