18 de septiembre de 2021, 23:56:40
Opinión


¿Aceptará nuestra sociedad salir de la crisis?

Juan Velarde Fuertes


He ahí la gran pregunta. Recuerdo que, con motivo del derrumbamiento de las tesis keynesianas vulgares, el profesor Fuentes Quintana un día me dijo: “ Se ha acabado la medicina que era fácil de tomar. Veremos si la gente acepta el agua de Carabaña que acecha”. Y es que tenemos que tomar esa desagradable purga. Tres datos recientes básicamente de la misma fuente. Según el volumen “Cuentas financieras de la economía española. 1980-2010” (Banco de España. 2011), el porcentaje de nuestro PIB por habitante respecto al del Área del Euro, ha retrocedido en 2010 al del año 2005. También, en el reciente “Informe anual 2010” (Banco de España, 2011), respecto a nuestro Sector Público se lee que “la magnitud, naturaleza y composición del recorte del gasto necesario para alcanzar los objetivos marcados, plantean incertidumbres sobre su cumplimiento”. Finalmente, el 21 de junio de 2011, el Gobernador del Banco de España, Miguel Fernández Ordóñez, en su comparecencia ante la Comisión de Economía y Hacienda del Congreso de los Diputados, señalaba: “La economía española se enfrenta a retos considerables…, pero donde la tarea es, sin duda, más acuciante es en el mercado de trabajo. El funcionamiento de nuestro mercado laboral presenta unos rasgos singulares frente a los de otros países, que conducen a que, en etapas de crisis como las actuales, el ajuste se produce fundamentalmente a través de la destrucción del empleo y a que, incluso en los tiempos de bonanza, la tasa de paro se mantiene injustificadamente alta… Dentro del euro, la variable clave para la recuperación de la economía española es la competitividad, y sin una reforma profunda de estas instituciones será muy difícil que la economía española alcance pronto un razonable ritmo de actividad de forma sostenida”.

De todo lo señalado se desprende que nuestra situación exige, en primer lugar, percibir que retrocedemos comparativamente, y que corremos un serio riesgo de permanecer estancados en la producción, con alto nivel de paro, pérdida de la convergencia con las economías más prósperas, muy serios problemas derivados del déficit del sector público, tensiones sociales en torno a las obligadas modificaciones de la contratación laboral, y otras cuestiones, que van desde el intervencionismo económico de las autonomías a la carestía energética, desde la financiación del sistema de pensiones a la realidad institucional económica que frena las actividades empresariales.

Nuestra sociedad se había acostumbrado, en el periodo 1959 a 2007, y sobre todo en la etapa 1994-2007, a rápidos incrementos en el desarrollo económico sin excesivas molestias, salvo en la primera parte de este proceso: recordemos tras el Plan de Estabilización, la emigración al extranjero y la flexibilidad a la baja de los salarios. Además, ha pasado a asumir todas las características que Galbraith señaló para las sociedades opulentas, con problemas adicionales derivados de su masificación. A los economistas esto nos proyecta hacia las consideraciones que Röpke ha hecho de esta realidad, tomando como base, explícitamente, las aportaciones de Ortega y Gasset. Como consecuencia, se rehúye el esfuerzo, por ejemplo en educación o en el ambiente laboral, como prueban los porcentajes altos de absentismo. Se ignora la realidad derivada tanto de las condiciones obligadas para el desarrollo, como lo que ha sucedido para lograrlo, más lo que está sucediendo, en los países de mayor renta.

Si la sociedad se niega a aceptar molestias, tenemos muy cerca la imagen de lo que nos puede suceder. Basta con repasar la historia económica de Argentina para comprobarlo. Desde 1930 emprendió un camino equivocado, y lo que era una tierra de emigración se ha transformado en un país donde se puede escribir, como apareció en un editorial del diario bonaerense “La Nación”, este párrafo: “El último, que apague la luz”. La incipiente marcha a otros países de muy destacados investigadores, profesionales, empresarios, y por supuesto de capitales españoles, o bien movimientos con una base intelectual tan somera como “los indignados” del 15-M, tan vinculados con los “piqueteros” que claman en las orillas del Plata, ¿es preludio de una argentinización española? Es hora de denunciarlo.
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