5 de diciembre de 2019, 16:46:06
Opinion


Legados para una encrucijada

Darío Roldán


En octubre de 2011, se elegirán nuevas autoridades en una elección con inesperados contornos. Uno de ellos, de dimensión psicológica y política, deriva del impacto que el legado de dos muertos tiene en los dos principales candidatos pero también en los dilemas a que ese legado los confronta.

Néstor Kirchner murió en octubre de 2010, dejando viuda a la actual presidente quien conserva ostensiblemente el duelo por su marido. Su desaparición suprimió la sucesión alternada entre él y su esposa, pergeñada para evitar el síndrome del pato rengo, y forzó la candidatura de Cristina Fernández. Raúl Alfonsín, ex-presidente, falleció en marzo de 2009, abriendo la carrera presidencial de su hijo. Para consolidarla, Ricardo Alfonsín viste y habla como su padre. Con su muerte, la República perdió uno de los cuerpos que la habían “encarnado”. Un confuso sentimiento social, que unió tristeza y vacío frente a su desaparición confirió a la figura de Ricardo una relevancia pública tan inesperada como inmerecida que impulsó su candidatura. Ambos –Cristina y Ricardo- fueron ungidos candidatos sin buscarlo y adquirieron una deuda con quienes lo hicieron posible. Por ello, la comprensión del legado que ambos transmitieron es capital para analizar uno de los resortes esenciales que orientarán sus decisiones. A pesar de pertenecer al ámbito privado, la cuestión reviste una dimensión política.

Raúl Alfonsín se empeñó en convertir al radicalismo en un partido social-demócrata. Inscribió al partido en esa orientación internacional, se rodeó de intelectuales que suscribían a ella y pronunció un discurso programático para fundarlo. No pudo cumplir con su designio, pero siempre persistió en que ése debía ser el destino del radicalismo. Ese es su legado. Ahora bien, Ricardo Alfonsín se encuentra en una disyuntiva puesto que ese legado limita el progreso de su candidatura. En efecto, el radicalismo parece tener más para ganar girando hacia el centro-derecha. Por ello, acordó con un candidato de centro-derecha en la provincia de Buenos Aires al precio de romper una alianza de años con el partido Socialista. La reciente elección de su compañero de fórmula –un economista de origen peronista- ha corroborado esa línea. Al reorientar a su partido hacia el centro derecha, Alfonsín parece renunciar al legado paterno.

No obstante, ese legado quizás no sea ideológico sino político. Si Alfonsín triunfó en 1983 fue porque captó una parte del electorado peronista. Así, su legado político es que el triunfo electoral exige dividir al peronismo y aliarse con una parte de él o, al menos, capturar una parte de sus votos. ¿Ha nacido, entonces, un nuevo político pragmático de las cenizas de quien surgió a la política como el hijo del padre? Si es así, este líder pragmático debe enfrentar un considerable desafío: impulsado por algunos importantes dirigentes opuestos a la nueva reorientación, el partido ha comenzado a crujir en sus entrañas. Algunos dirigentes se han apartado y han reconstruido la alianza con el partido Socialista, siguiendo el legado de Raúl que el propio Ricardo deshizo para consolidar su candidatura y darle una oportunidad al partido en las próximas elecciones.

Desde su elección en 2003, Kirchner se propuso construir una alternativa de centro izquierda, que “superara” al peronismo. Reformó la Corte, disciplinó diputados, atrajo gobernadores y construyó una relación tan inestable como beneficiosa con el sindicalismo. En suma, reforzó la autoridad presidencial para prescindir del peronismo tradicional. La fórmula Cristina Kirchner-Julio Cobos fue su consolidación. No obstante, la exitosa revuelta agraria que debió afrontar en 2008 lo obligó a recomponer sus vínculos con el peronismo. ¿Revisión táctica, claudicación o reconocimiento de la relación de fuerzas? No lo sabremos nunca pues Kirchner murió, legando, como Alfonsín, un fracaso que se reveló en la derrota electoral que sufrió en 2009.

Cristina parece haberse impuesto la doble tarea de superar el fracaso de Néstor y de recomponer lo que el kirchnerismo interpreta como la derrota de los ’70. Para ello, debe ganar las próximas elecciones. No obstante, el apoyo que ha concitado entre las agrupaciones juveniles y sociales no basta. Debe, también, aliarse con quienes espera “superar”: intendentes y sindicalistas, es decir, el peronismo tradicional. Cristina enfrenta así un dilema: cumplir con el legado de construir una nueva fuerza política exige consolidar lazos con quienes querría romperlos. Peor aún, el desprestigio de algunos de estos indeseados pero imprescindibles aliados quizás le enajene el voto de los sectores medios, indispensable para triunfar con holgura en las elecciones. Ello es imprescindible puesto que el legado sólo podría consolidarse si la victoria es seguida de una reforma constitucional que garantice su permanencia más allá de los escasos y últimos cuatro años para los que la elección la habilita. He ahí el fondo de la cuestión: si triunfa, podría refundar un régimen. Si es derrotada, el kirchnerismo habrá desaparecido. Allí, entonces, reencuentra el verdadero legado de Néstor: la política es jugar a todo o nada.

Ambos candidatos enfrentan una verdadera encrucijada: cumplir con el legado ideológico los limita políticamente; adoptar la política conducente a realizarlo implica negarlo en lo inmediato. Algo más los une: ninguno puede prescindir de una forma de vínculo con el peronismo.
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